02-11-2023, 01:47 PM
Aspros decidió ceder y pedirse lo mismo que yo tras ver que no llegaría a entenderse con la camarera. Jolyne tampoco se puso exquisita y se pidió un agua con hierbas. No entendí a qué se refería hasta que caí en la cuenta de que en su pueblo nos llevó a una taberna y se pidió lo mismo. La camarera de allí le sirvió un té, así que eso sería lo que querría, pero estaba bastante segura de que nadie llegaría a esa conclusión. A saber lo que le servían. Yamamura fue el único que no pidió nada. Había sido el más listo de todos, todo tenía pinta de estar asqueroso.
Miré a Aspros cuando me llamó para preguntar si había visto algo por la ventana. Volví a dirigir mi mirada al cristal. Había estado fijándome en la calle, pero no había visto nada fuera de lo normal. —¿El qué? —le pregunté con curiosidad. Tal vez todavía había alguna persona por la calle o algún animal, un borracho perdido o un perro callejero. Aquello alertó a Jolyne, que era bastante supersticiosa. Aunque pusiese los pelos de punta, me gustaba aquel ambiente. Pasar miedo podía llegar a ser divertido, pero era mucho más divertido asustar a los demás. Eso sería mejor que jugar a las cartas.
La camarera volvió con nuestras bebidas. La de Jolyne se parecía de forma muy literal a lo que había pedido: agua con hierbas. Era bastante semejante al agua de los pantanos, pero seguro que se lo bebía sin hacerle ascos. Di un trago a mi bebida mientras miraba alrededor. Me fijé en otra de las ventanas que estaba más alejada y parecía dar a un cementerio. El pueblo no parecía muy grande, tenía sentido que el cementerio se encontrase dentro del propio pueblo. En ese momento, me vino una idea a la cabeza.
—¿Habéis visto eso? —les dije señalando hacia la ventana —. ¿A quién se le ocurre montar un local como este tan cerca del cementerio? Esto me trae malos recuerdos —dije fingiendo rememorar una anécdota de hacía varios años —. Hace cuatro años comencé a trabajar en un bar de un pequeño pueblo que se encontraba a las afueras. Me extrañó que no estuviese en una zona residencial y no era el único. En todo el pueblo no había ni un solo bar, todos estaban a las afueras, pero esto no fue siempre así y la prueba de ello eran los restos de un antiguo bar del que ahora solo quedaban algunos tablones y un terreno vacío en el que nadie había querido volver a construir junto al cementerio del pueblo. Cuando empecé a trabajar pregunté por qué motivo los bares estaban tan alejados de las casas y aún recuerdo con exactitud lo que me dijeron. “No están alejados de las casas, están alejados del cementerio”. Cuando el bar junto al cementerio estaba en pie era un lugar alegre de reunión donde los habitantes del pueblo iban a pasar el rato o ahogar sus penas tras un día duro de trabajo. Un día, debido a un fallo con las cañerías se cortó el agua de todo el pueblo durante unas horas. Era verano y hacía calor, así que el bar se llenó de gente deseando pegar un trago. En el bar había varios tipos de bebida y algunos barriles de agua, pero pronto se agotaron debido a la demanda. El camarero, en un intento por solucionar el problema, recordó que había una fuente en el cementerio de la que salía agua de un pozo cercano y que se solía utilizar para limpiar las tumbas. Rellenó sus barriles gracias a la fuente y pudo seguir sirviendo a los clientes, contentos de poder beber agua fresca. Todos bebían sin parar, un vaso tras otro, ávidos de aquella bebida, con las mejillas llenas hasta tal punto que el agua escapaba de sus bocas en finos regueros que se deslizaban por las comisuras de sus bocas. Incluso el camarero bebió de ella y no pudo parar hasta que una picazón en su ojo le hizo dejar el vaso para rascárselo. Sintió un pequeño bulto bajo su párpado. Continuó palpándolo, esta vez con cuidado y sintió cómo aquella protuberancia se deslizaba hasta la parte superior del lagrimal. Se giró para mirarse en el espejo que había en la pared de la barra. Se aproximó a este para escrutar su ojo con más detalle. Efectivamente, algo alargado se movía y salía de su párpado. El reflejo que el espejo le devolvió fue el de su rostro con varias de estas protuberancias que se agitaban y, en su ojo, un gusano retorcido de piel pálida y viscosa se deslizo por su cuenca ocular hasta salir y caer al suelo. Se volvió a girar aterrorizado, buscando pedir ayuda, pero lo que vio fue peor que lo que cualquiera haya experimentado en sus peores pesadillas. Todos los que allí estaban tenían esos bultos palpitantes en su piel, pero nadie parecía darse cuenta, ni siquiera se percataron de la mirada de terror del camarero, que se quedó completamente mudo observando la escena. Las personas continuaban bebiendo y riendo, sin darse cuenta de que aquellos gusanos estaban luchando por salir y no tardaron en conseguirlo. El camarero vio cómo aquellas alimañas repugnantes destrozaron la piel de las personas para emerger a través de ellas. En ese momento todos se dieron cuenta de lo que pasaba. Los gritos inundaron el bar, gente desesperada rascándose el rostro para quitarse los gusanos de encima, pero solo conseguían rascarse la piel y arrancársela aún más. Eran tantos que no solo comenzaron a salir por el rostro, sino también por todo el cuerpo, por los brazos, las piernas, el estómago.... El lugar se convirtió en un infierno repleto de gente gritando y llorando mientras el cuerpo se les abría para dejar paso a los miles de gusanos blancuzcos que acabaron con sus vidas en ese mismo momento, devorándolos tanto por fuera como por dentro. Más tarde se investigó el caso, los gusanos fueron analizados y se descubrió su origen. Eran los mismos gusanos engendrados a partir de la descomposición de los cadáveres, criaturas insaciables que nutrían de esta carne corrupta. Estaban por todo el subsuelo del cementerio y también en el pozo que daba a la fuente, retorciéndose y esperando la oportunidad de volver a alimentarse de carne humana. Desde aquel fatídico día, nadie volvió a beber de aquel pozo y la gente sentía recelo por los bares, que, ante un posible fallo en las cañerías o simplemente por el hecho de ahorrar agua, podrían verse tentados a abastecerse de esta agua, sobre todo si esta historia se perdía en el tiempo. Los bares se fueron, pero no aquellas criaturas cuya presencia es inevitable en cualquier lugar del mundo que haya visto una muerte, que oculte un cadáver en sus entrañas. Es por ello que las sombras de estos gusanos, criaturas de la decadencia eterna, persistían como un eco lúgubre en los corazones de todos, recordándoles constantemente que algunos horrores nunca descansan y que la muerte puede acechar en los lugares más inesperados, esperando el momento adecuado para emerger y consumir todo lo que toca.
Al terminar la historia pegué otro gran trago de la bebida. Me había quedado sedienta de tanto hablar.
Miré a Aspros cuando me llamó para preguntar si había visto algo por la ventana. Volví a dirigir mi mirada al cristal. Había estado fijándome en la calle, pero no había visto nada fuera de lo normal. —¿El qué? —le pregunté con curiosidad. Tal vez todavía había alguna persona por la calle o algún animal, un borracho perdido o un perro callejero. Aquello alertó a Jolyne, que era bastante supersticiosa. Aunque pusiese los pelos de punta, me gustaba aquel ambiente. Pasar miedo podía llegar a ser divertido, pero era mucho más divertido asustar a los demás. Eso sería mejor que jugar a las cartas.
La camarera volvió con nuestras bebidas. La de Jolyne se parecía de forma muy literal a lo que había pedido: agua con hierbas. Era bastante semejante al agua de los pantanos, pero seguro que se lo bebía sin hacerle ascos. Di un trago a mi bebida mientras miraba alrededor. Me fijé en otra de las ventanas que estaba más alejada y parecía dar a un cementerio. El pueblo no parecía muy grande, tenía sentido que el cementerio se encontrase dentro del propio pueblo. En ese momento, me vino una idea a la cabeza.
—¿Habéis visto eso? —les dije señalando hacia la ventana —. ¿A quién se le ocurre montar un local como este tan cerca del cementerio? Esto me trae malos recuerdos —dije fingiendo rememorar una anécdota de hacía varios años —. Hace cuatro años comencé a trabajar en un bar de un pequeño pueblo que se encontraba a las afueras. Me extrañó que no estuviese en una zona residencial y no era el único. En todo el pueblo no había ni un solo bar, todos estaban a las afueras, pero esto no fue siempre así y la prueba de ello eran los restos de un antiguo bar del que ahora solo quedaban algunos tablones y un terreno vacío en el que nadie había querido volver a construir junto al cementerio del pueblo. Cuando empecé a trabajar pregunté por qué motivo los bares estaban tan alejados de las casas y aún recuerdo con exactitud lo que me dijeron. “No están alejados de las casas, están alejados del cementerio”. Cuando el bar junto al cementerio estaba en pie era un lugar alegre de reunión donde los habitantes del pueblo iban a pasar el rato o ahogar sus penas tras un día duro de trabajo. Un día, debido a un fallo con las cañerías se cortó el agua de todo el pueblo durante unas horas. Era verano y hacía calor, así que el bar se llenó de gente deseando pegar un trago. En el bar había varios tipos de bebida y algunos barriles de agua, pero pronto se agotaron debido a la demanda. El camarero, en un intento por solucionar el problema, recordó que había una fuente en el cementerio de la que salía agua de un pozo cercano y que se solía utilizar para limpiar las tumbas. Rellenó sus barriles gracias a la fuente y pudo seguir sirviendo a los clientes, contentos de poder beber agua fresca. Todos bebían sin parar, un vaso tras otro, ávidos de aquella bebida, con las mejillas llenas hasta tal punto que el agua escapaba de sus bocas en finos regueros que se deslizaban por las comisuras de sus bocas. Incluso el camarero bebió de ella y no pudo parar hasta que una picazón en su ojo le hizo dejar el vaso para rascárselo. Sintió un pequeño bulto bajo su párpado. Continuó palpándolo, esta vez con cuidado y sintió cómo aquella protuberancia se deslizaba hasta la parte superior del lagrimal. Se giró para mirarse en el espejo que había en la pared de la barra. Se aproximó a este para escrutar su ojo con más detalle. Efectivamente, algo alargado se movía y salía de su párpado. El reflejo que el espejo le devolvió fue el de su rostro con varias de estas protuberancias que se agitaban y, en su ojo, un gusano retorcido de piel pálida y viscosa se deslizo por su cuenca ocular hasta salir y caer al suelo. Se volvió a girar aterrorizado, buscando pedir ayuda, pero lo que vio fue peor que lo que cualquiera haya experimentado en sus peores pesadillas. Todos los que allí estaban tenían esos bultos palpitantes en su piel, pero nadie parecía darse cuenta, ni siquiera se percataron de la mirada de terror del camarero, que se quedó completamente mudo observando la escena. Las personas continuaban bebiendo y riendo, sin darse cuenta de que aquellos gusanos estaban luchando por salir y no tardaron en conseguirlo. El camarero vio cómo aquellas alimañas repugnantes destrozaron la piel de las personas para emerger a través de ellas. En ese momento todos se dieron cuenta de lo que pasaba. Los gritos inundaron el bar, gente desesperada rascándose el rostro para quitarse los gusanos de encima, pero solo conseguían rascarse la piel y arrancársela aún más. Eran tantos que no solo comenzaron a salir por el rostro, sino también por todo el cuerpo, por los brazos, las piernas, el estómago.... El lugar se convirtió en un infierno repleto de gente gritando y llorando mientras el cuerpo se les abría para dejar paso a los miles de gusanos blancuzcos que acabaron con sus vidas en ese mismo momento, devorándolos tanto por fuera como por dentro. Más tarde se investigó el caso, los gusanos fueron analizados y se descubrió su origen. Eran los mismos gusanos engendrados a partir de la descomposición de los cadáveres, criaturas insaciables que nutrían de esta carne corrupta. Estaban por todo el subsuelo del cementerio y también en el pozo que daba a la fuente, retorciéndose y esperando la oportunidad de volver a alimentarse de carne humana. Desde aquel fatídico día, nadie volvió a beber de aquel pozo y la gente sentía recelo por los bares, que, ante un posible fallo en las cañerías o simplemente por el hecho de ahorrar agua, podrían verse tentados a abastecerse de esta agua, sobre todo si esta historia se perdía en el tiempo. Los bares se fueron, pero no aquellas criaturas cuya presencia es inevitable en cualquier lugar del mundo que haya visto una muerte, que oculte un cadáver en sus entrañas. Es por ello que las sombras de estos gusanos, criaturas de la decadencia eterna, persistían como un eco lúgubre en los corazones de todos, recordándoles constantemente que algunos horrores nunca descansan y que la muerte puede acechar en los lugares más inesperados, esperando el momento adecuado para emerger y consumir todo lo que toca.
Al terminar la historia pegué otro gran trago de la bebida. Me había quedado sedienta de tanto hablar.
![[Imagen: 8Rsjucn.png]](https://imgur.com/8Rsjucn.png)
