01-11-2023, 09:38 PM
Día 34 de otoño del año 6. Alguna isla del Grand Line
El día había empezado muy tranquilo. Salí de la gran tienda de campaña de la familia y me senté donde a noche había estado la hoguera que habíamos usado para calentarnos del frio que empezaba a hacer por las noches. Debajo de la túnica llevábamos algún poncho, marrón también que nos habían proporcionado los tejedores de la tribu. Yo aún no podía desempeñar ninguna función importante, pero estaba claro que iba a ser explorador, como mi padre, pero de momento, solo me permitían explorar acompañado las islas en las que nos encontrábamos. Según decían, era para ir practicando.
Estábamos en una isla de frondosos bosques, con arboles por todas partes. Como siempre, el grupo de avanzada, que ahora se encontraba descansando, había hablado con los habitantes para avisarles de nuestra llegada y prepararon una zona donde montar el campamento bien alejado de los habitantes locales, para no molestarles. Solo algún miembro se acercaba para comprar víveres que no podíamos conseguir por nuestra cuenta. Eso formaba parte del trato, nosotros gastábamos en su isla, a cambio de poder instalar durante unas semanas, algún mes en rara ocasión, en algún lugar apartado. Después de desayunar un té que me había preparado Dan, la mink liebre a la que le tocaba cocinar aquel día, volví a la tienda. Era temprano, pero tenía muchas ganas de poder explorar la isla a la que habíamos llegado hacía tres días. Fui hasta la tienda de mi maestro, el mink cabra, Morrel y entré sin avisar. Me senté en una silla, al lado de la ligera mesa de estudio del viejo y lo llamé.
-Venga, maldito vago. Es hora de despertarse. Tenemos que irnos
-Hm? Plátypo, que tú no quieras dormir no significa que nadie pueda hacerlo. Dame un rato, que aun estoy cansado.
-Cansado de dormir, vieja cabra. Levanta esas pezuñas de una vez, quiero explorar todo esto.
-“Esto”, como tú dices, lleva tantos años aquí que no creo que se derrumbe por un par de horas, o días, incluso. Dicen que desciendes de Sage, pero él tenía mucha más paciencia que tú.
-Acaso no es la primera hora del día la mejor para recoger deliciosas hiervas? Tenemos que ir antes de que se seque el rocío.
-Con esta vegetación lo complicado va a ser secarlas para fumar.
-Venga, hombre! Vamos, si después de comer vas a volver a dormir. Cuanto antes salgamos ahora, más tiempo podrás dormir luego.
-Eso no funciona del todo así, pero ya conseguiste desvelarme… Sal mientras me visto joven ornitorrinco. No se como haces para salirte siempre con la tuya.
-Sabes que es cosa de los dioses, jeje.
Media hora estuve esperando al caprino. Solo se tenía que poner una túnica, y aún así, había tardado. Fuimos de vuelta a ver a Dan, que le ofreció a Morrel otra bebida. En cuanto acabó partimos hacia una montaña que había al sureste de la isla.
Al pasar por el bosque, la cabra se iba parando cada vez que encontraba una flor de su interés. No era el más fuerte de la tribu, desde luego, pero era muy sabio y sabía un montón sobre plantas. Me enseñó en aquella isla algunas muy importantes, como la ortiga, la salvia, la violeta o la valeriana. A la vez que las recogía y me las enseñaba, iba contándome algunas de las propiedades que tenían, como la valeriana, que te hacía adormecer, o la ortiga, que tenía propiedades sanadoras. Al fin llegamos a la falda de la montaña, la cual era nuestro objetivo. Descubrimos, tapada por algunas ramas de enredadera que la cubrían, una especie de puerta, aparentemente, hecha por antiguos habitantes de aquella isla. Decidimos entrar. A los dos nos podía siempre la curiosidad. Al entrar en la cueva, vimos una sala amplia. Oscura, pero claramente artificial, con grabados en las paredes y columnas retorcidas. Encendimos una antorcha que la cabra siempre llevaba y exploramos el lugar. Había una piedra en el medio y las paredes parecía que habían sido blancas. Tenían una textura rugosa y se desprendía con facilidad. Decidimos pues no tocarlas más. Podríamos estropear todo aquel templo si no íbamos con cuidado. Había más puertas alrededor de la sala, y decidimos entrar en una de ellas. Era una sala pequeña, en la que apenas cabíamos ambos. Estaba llena de libros casi deshechos. Morrel agarró uno, el cual se partió en su mano. La mitad que permanecía en su mano la abrió y pasó las páginas despacio. No había nada de interés. Ni un solo boceto, ni dibujo y un idioma completamente desconocido para nosotros. Dejó caer la otra mitad al suelo, junto con el resto del libro y salimos de la sala. Entramos a otra, más amplia. Era como la mitad de la principal y tenía una mesa central rectangular, de piedra, con nueve sillas también de piedra. En el extremo de la mesa, había una especie de escenario, una plataforma más alta que el suelo con otra silla sobre ella, en el centro. Esta era más grande y parecía más ornamentada. Un esqueleto estaba sentado sobre ese trono, vestido con un pantalón de tela fina, una camisa verde muy desgastada del tiempo. Llevaba puesto también un gorro alto que casi sobresalía por encima del asiento. Apoyado en el reposabrazos, había un bastón largo, bastante normal, la verdad. Con una especie de nudo en lo alto y parecía bien pulido. Morrel comentó que parecían sacerdotes de una antigua religión y que no debíamos tocar nada, pero yo me adelanté y fui directo al bastón mientras mi maestro herbólogo me reprendía y me apremiaba a que nos fuéramos. Sin prestarle atención, subí de un salto a la plataforma y agarrar el bastón. En ese momento, el esqueleto cayó hacia delante. Yo retrocedí un paso y lo miré fijamente. Había caído de rodillas, los brazos extendidos y la cabeza en el suelo. Me estaba haciendo una reverencia aquel esqueleto de un antiguo sacerdote de aquella isla. Morrel estaba boquiabierto. -Ponte la capucha y vámonos de aquí, por favor- Esta vez sí hice caso. Agarré el bastón y salimos rápidamente de la sala. Volvimos al bosque y el viejo sabio me miró con asombro, mientras nos bañaban los rayos del sol de la mañana.
