09-01-2026, 05:47 AM
Desde hacía mucho tiempo había escuchado rumores sobre Torino, una isla apartada del South Blue donde convivía una numerosa población primitiva junto a algunas zonas de poblado ligeramente más desarrolladas, concentradas principalmente en el sector este de la isla. Sin embargo, lo que verdaderamente había despertado su interés no eran sus habitantes, sino la información que circulaba sobre la extraordinaria cantidad de plantas curativas y venenosas que crecían en aquel lugar.
Se decía que muchas de esas especies poseían propiedades tan singulares y variadas que incluso los tomos medicinales más recientes seguían actualizándose de manera constante. La revista Med-News publicaba con frecuencia artículos donde se documentaban nuevos hallazgos: hiedras, raíces y plantas desconocidas que ampliaban los límites de la medicina contemporánea.
Ahora que por fin contaba con el dinero suficiente para comenzar a recorrer los mares por su cuenta, había decidido que Torino sería una parada obligatoria para alguien con su devoción por la medicina. Sin perder tiempo, se dirigió a una de las bibliotecas especializadas en botánica medicinal, ubicada junto a una pequeña clínica del pueblo.
Un hombre como él no pasaba desapercibido en un lugar tan pulcro. Su piel morena, el cuello tatuado, el sombrero de copa y el traje adornado con huesos y calaveras, sumados a los anillos y pendientes grabados con símbolos de la cultura vudú, distaban mucho de la imagen tradicional de un médico. Aun así, aquel individuo que parecía salido de un viejo relato de brujos de Nueva Orleans albergaba un amor profundo y genuino por el conocimiento que ese lugar podía ofrecer.
Fue entonces cuando se encontró con ella.
Su piel era clara, casi de porcelana, y contrastaba de forma marcada con el cabello oscuro que caía en largas y densas ondas por su espalda. Sus ojos, de un intenso tono verdoso, resaltaban aún más sobre aquella palidez inusual, otorgándole una presencia difícil de ignorar.
Vestía ropas poco convencionales incluso para una isla tan apartada: telas oscuras ceñidas al cuerpo, adornos verdosos que rompían el predominio del negro en su vestimenta y guantes que ocultaban sus manos. En ese momento se encontraba distraída, disfrutando en silencio de un ramen instantáneo, concentrada en aquel pequeño placer cotidiano al punto de que él dudó durante un instante si debía interrumpirla.
—Disculpa que interrumpa —dijo finalmente, con un tono educado—, sobre todo porque parece que estás disfrutando bastante de ese ramen. Pero no hay mucha gente por aquí, y me preguntaba si es cierto que en este lugar hay una biblioteca especializada en documentar las plantas de la zona.
Acompañó sus palabras con un leve gesto de disculpa, mientras su mirada analizaba rápidamente el entorno. La clínica no parecía especialmente avanzada, aunque la abundancia y diversidad de plantas que la rodeaban dejaban en claro que allí se poseía un conocimiento medicinal considerable.
Se decía que muchas de esas especies poseían propiedades tan singulares y variadas que incluso los tomos medicinales más recientes seguían actualizándose de manera constante. La revista Med-News publicaba con frecuencia artículos donde se documentaban nuevos hallazgos: hiedras, raíces y plantas desconocidas que ampliaban los límites de la medicina contemporánea.
Ahora que por fin contaba con el dinero suficiente para comenzar a recorrer los mares por su cuenta, había decidido que Torino sería una parada obligatoria para alguien con su devoción por la medicina. Sin perder tiempo, se dirigió a una de las bibliotecas especializadas en botánica medicinal, ubicada junto a una pequeña clínica del pueblo.
Un hombre como él no pasaba desapercibido en un lugar tan pulcro. Su piel morena, el cuello tatuado, el sombrero de copa y el traje adornado con huesos y calaveras, sumados a los anillos y pendientes grabados con símbolos de la cultura vudú, distaban mucho de la imagen tradicional de un médico. Aun así, aquel individuo que parecía salido de un viejo relato de brujos de Nueva Orleans albergaba un amor profundo y genuino por el conocimiento que ese lugar podía ofrecer.
Fue entonces cuando se encontró con ella.
Su piel era clara, casi de porcelana, y contrastaba de forma marcada con el cabello oscuro que caía en largas y densas ondas por su espalda. Sus ojos, de un intenso tono verdoso, resaltaban aún más sobre aquella palidez inusual, otorgándole una presencia difícil de ignorar.
Vestía ropas poco convencionales incluso para una isla tan apartada: telas oscuras ceñidas al cuerpo, adornos verdosos que rompían el predominio del negro en su vestimenta y guantes que ocultaban sus manos. En ese momento se encontraba distraída, disfrutando en silencio de un ramen instantáneo, concentrada en aquel pequeño placer cotidiano al punto de que él dudó durante un instante si debía interrumpirla.
—Disculpa que interrumpa —dijo finalmente, con un tono educado—, sobre todo porque parece que estás disfrutando bastante de ese ramen. Pero no hay mucha gente por aquí, y me preguntaba si es cierto que en este lugar hay una biblioteca especializada en documentar las plantas de la zona.
Acompañó sus palabras con un leve gesto de disculpa, mientras su mirada analizaba rápidamente el entorno. La clínica no parecía especialmente avanzada, aunque la abundancia y diversidad de plantas que la rodeaban dejaban en claro que allí se poseía un conocimiento medicinal considerable.
