06-01-2026, 09:11 PM
Bai precedía a Zhang con lenta marcha, midiendo su avance para no alejarse demasiado del viejo mink, cuando, de repente, el eco de aquel caminar lento y torpe dejó de perturbar el sonido de la selva. ¿Se había parado? Bai se paró en seco para escuchar y, al instante, comprendió que su compañero se había quedado atrás.
Aun así se volvió dudosa de sus propios sentidos y descubrió a Zhang absorto en algo que a ella se le había antojado invisible. Desandó el camino, tan sigilosa como pudo, y observó sobre el hombro de él, guardando silencio.
Al ver lo que hacía esbozó una sonrisa sutil.
Jamás habría sospechado que aquel anciano burro albergara una devoción tan delicada por lo botánico. Era hermoso de ver. Sin embargo, al advertir su entrega, Bai optó por concederle todo el tiempo que necesita; se alejó sin ejercer presión, retomando su labor de limpiar el sendero para facilitarle el paso.
El graznido de unas aves se escuchó la distancia. Bai alzó la vista justo a tiempo para contemplar un rastro de plumas esmeralda sobrevolando el dosel arbóreo. Otros reclamos respondieron desde la espesura, agitando las copas con fuerza. Allí, bajo la sombra de los árboles, todo parecía poseer un pulso único, latiendo en sincronía.
—¿Hm?
Un murmullo, casi un susurro con su nombre, la hizo detenerse, pero pronto comprendió que en ningún momento le habían llamado, sino que la presencia de Zhang era lo que había hecho el ruido.
Entonces, en silencio, la birkiniana lo observó acercarse, tratando de descifrar la urgencia en sus gestos. ¿Era un rastro en el aire? Bai forzó sus sentidos, aspirando con intensidad y llenando los pulmones de la calidez selvatica de la zona. Sin embargo, solo percibió el aroma denso y dulce de la resina vieja, pero se sintió en desventaja: su olfato, comparado con la precisión ancestral del mink, era torpe e incapaz de captar los matices que a él parecían dictarle el camino.
Asintió.
Era inútil que ella dijera: de acuerdo. Así que, ese movimiento con la cabeza, fue todo lo que hizo cuando Zhang, tras aproximarse a un tronco cercano, arrancó una lasca de corteza, la examinó bajo la luz filtrada y le indicó que se internara espesura.
La vegetación comenzó a cerrarse sobre ellos como una bóveda de verdosa, asfixiando los últimos vestigios de la luz. El aire, preñado de una humedad densa, parecía pesar en los pulmones, mientras el eco de sus pasos se fundía con el susurro del bosque en una sola nota orgánica.
Bai continuó su avance, despejando la maleza con constancia para facilitarlre el tránsito de Zhang. Sin embargo, al intentar apartar una rama que obstruía el sendero, esta misma cobró una vida súbita y reptante. No era madera, sino una culebrilla; una criatura de escamas frías que, en un momento de miedo, se enredó en su pie con la velocidad de un latigazo.
Bai, que jamás en su existencia había visto un ser así, sintió cómo el corazón le daba un vuelco violento pues, ell animal, tan aterrorizado como ella ante aquella figura titánica, buscó refugio reptando por su pierna en un ascenso frenético. El pánico ante un posible ataque se apoderó de la birkiniana; y antes de que el reptil alcanzara su muslo, lo arrancó de su piel con un ademán brusco y desesperado, arrojándolo hacia alguna parte de la espesura sin aguardar a ver dónde caía.
Debía andar con mil ojos.
Ahora, ya más recuperada del susto, le hizo un gesto a Zhang para que mirase al suelo. Él tambien debía andar con cuidado.
Aun así se volvió dudosa de sus propios sentidos y descubrió a Zhang absorto en algo que a ella se le había antojado invisible. Desandó el camino, tan sigilosa como pudo, y observó sobre el hombro de él, guardando silencio.
Al ver lo que hacía esbozó una sonrisa sutil.
Jamás habría sospechado que aquel anciano burro albergara una devoción tan delicada por lo botánico. Era hermoso de ver. Sin embargo, al advertir su entrega, Bai optó por concederle todo el tiempo que necesita; se alejó sin ejercer presión, retomando su labor de limpiar el sendero para facilitarle el paso.
El graznido de unas aves se escuchó la distancia. Bai alzó la vista justo a tiempo para contemplar un rastro de plumas esmeralda sobrevolando el dosel arbóreo. Otros reclamos respondieron desde la espesura, agitando las copas con fuerza. Allí, bajo la sombra de los árboles, todo parecía poseer un pulso único, latiendo en sincronía.
—¿Hm?
Un murmullo, casi un susurro con su nombre, la hizo detenerse, pero pronto comprendió que en ningún momento le habían llamado, sino que la presencia de Zhang era lo que había hecho el ruido.
Entonces, en silencio, la birkiniana lo observó acercarse, tratando de descifrar la urgencia en sus gestos. ¿Era un rastro en el aire? Bai forzó sus sentidos, aspirando con intensidad y llenando los pulmones de la calidez selvatica de la zona. Sin embargo, solo percibió el aroma denso y dulce de la resina vieja, pero se sintió en desventaja: su olfato, comparado con la precisión ancestral del mink, era torpe e incapaz de captar los matices que a él parecían dictarle el camino.
Asintió.
Era inútil que ella dijera: de acuerdo. Así que, ese movimiento con la cabeza, fue todo lo que hizo cuando Zhang, tras aproximarse a un tronco cercano, arrancó una lasca de corteza, la examinó bajo la luz filtrada y le indicó que se internara espesura.
La vegetación comenzó a cerrarse sobre ellos como una bóveda de verdosa, asfixiando los últimos vestigios de la luz. El aire, preñado de una humedad densa, parecía pesar en los pulmones, mientras el eco de sus pasos se fundía con el susurro del bosque en una sola nota orgánica.
Bai continuó su avance, despejando la maleza con constancia para facilitarlre el tránsito de Zhang. Sin embargo, al intentar apartar una rama que obstruía el sendero, esta misma cobró una vida súbita y reptante. No era madera, sino una culebrilla; una criatura de escamas frías que, en un momento de miedo, se enredó en su pie con la velocidad de un latigazo.
Bai, que jamás en su existencia había visto un ser así, sintió cómo el corazón le daba un vuelco violento pues, ell animal, tan aterrorizado como ella ante aquella figura titánica, buscó refugio reptando por su pierna en un ascenso frenético. El pánico ante un posible ataque se apoderó de la birkiniana; y antes de que el reptil alcanzara su muslo, lo arrancó de su piel con un ademán brusco y desesperado, arrojándolo hacia alguna parte de la espesura sin aguardar a ver dónde caía.
Debía andar con mil ojos.
Ahora, ya más recuperada del susto, le hizo un gesto a Zhang para que mirase al suelo. Él tambien debía andar con cuidado.
