04-01-2026, 11:18 PM
El hoyo era… inquietante. Demasiado ancho. Demasiado oscuro. La arena deslizándose hacia dentro no ayudaba en absoluto. e incliné un poco hacia delante, ladeando la cabeza, atenta al sonido. Uno. Dos. Tres golpes. Y después… ese último plom hueco que hizo eco desde muy abajo, aunque tal vez no tanto.
— …oh —murmuré para mí misma.
No sabía qué había dicho Bai, pero eso sí lo entendí (o eso creía yo): profundidad. Más de la que parecía tal vez. Cuando lanzó la cuerda, di un paso instintivo hacia delante, como si mi cuerpo quisiera anticiparse a algo que aún no había pasado. La cuerda quedó bien sujeta al árbol, y Bai dijo algo más. Sonaba decidido. Corto. Definitivo. No hizo falta traducción (una vez más, según creía yo).
La vi desaparecer por el borde del agujero, moviéndose con más torpeza de la que esperaba. Fue entonces cuando pensé que tal vez no la estaba entendiendo tanto como creía. Me acerqué aún más cuando su cuerpo se balanceó de forma extraña, cuando la cuerda chirrió, cuando de pronto… La caída. El sonido seco del golpe al llegar al fondo me heló la sangre.
—¡Bai! —exclamé, sin pensar, acercándome al borde del agujero con el corazón en la garganta. Hubo silencio. Demasiado largo. Luego un quejido.
Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo y me llevé una mano al pecho, respirando hondo mientras me obligaba a no asomarme más de la cuenta. No servía de nada caer detrás. De repente un sonido nuevo me hizo callar. Cuando alzó el pulgar, sentí un alivio inmediato… aunque no completo. Nada de aquello me parecía del todo buena idea. Bai atrapó la lámpara y volvió a decir algo, algo que esta vez no me molesté en intentar entender. Así que en lugar de asumir, me giré hacia el resto de la tripulación, alzando una ceja.
— ¿Alguno sabe qué ha dicho Bai? —me aventuré a preguntar, señalando a la propia Bai, o en este caso al agujero—. O que bajemos. O que no bajemos. O que ha encontrado algo terrible. No sé.
Me encogí de hombros, con una media sonrisa tensa y la cola igualmente encogida—. Sea lo que sea, no parece aburrido. ¿Bajamos?
Esperé unos segundos a que alguno dijera algo, atenta al hueco oscuro, con la sensación incómoda de que aquello no era solo una cueva… sino una boca abierta esperando a que todos decidiéramos entrar. Me quedé quieta, con los brazos cruzados, intentando observar algo más allá de la penumbra. Exclamó algo. No parecía en peligro pero la incertidumbre me ahogaba. Pero la piedra no había tardado demasiado en caer. Si los demás no eran capaces de saltar junto a Bai para no dejarla sola, iría yo. Parecía ser que, independientemente de lo que dijesen los demás, yo tenía ya mi decisión tomada.
El hecho de que tan solo bajara Bai me tenía angustiada. Cuando ella cayó, al inicio todo fue silencio en mi cabeza. Cuando ella empezó a exclamar palabras sueltas (o eso parecía), también llegué a pensar que Bai estaba rezando o maldiciendo o narrando una tragedia ancestral de su pueblo. No, eso último requería de muchas más sílabas que las que ella había pronunciado, bastantes más, y por muy diferente que fuese su idioma al nuestro, lo que no iba a ser, es que ella contase toda una tragedia. El caso es que no sabía qué decía. No entendía una sola palabra.
— ¡Chicos! Sea como sea, yo bajo. No pienso dejarla sola en la oscuridad.
Por mucho que llevase una lámpara. Eso la hacía un objetivo más fácil en medio de seres que pudieran estar acostumbrados a la penumbra. No esperé a que ninguno de los demás me parase, incluso tal vez alguno ya se habría adelantado a mis pasos. ¿Quién sabe?
Me agarré a aquella kilométrica cuerda para saltar por el agujero, deslizarme y caer. Por fortuna yo no tuve el problema con chocarme con las paredes, veía espacio de sobra para todos. Ni siquiera me planteé que Bai pudiera tenerlo.
— ¡Todo bien aquí abajo, chicos! —grité a lo alto, en dirección al hueco; después miré al frente, buscando la luz de la lámpara que había encendido Bai—. ¡Bai! ¡Estoy aquí abajo! ¡Voy contigo!
Aunque a un paso bastante más lento. Allí cualquier insecto que pudiera haber, era casi como del tamaño de un pájaro para mí, y a nadie le resulta agradable que un pájaro se choque con él. Pero pronto esos miedos dejaron de importar cuando llegué al gran habitáculo que había encontrado Bai. Había más luz. Un agua tan azul que parecía el mismísimo cielo despejado, acompañado de una hermosa estructura de piedras que lo rodeaban. Mis ojos brillaron fascinados por la imagen que encontré frente a mí. Mi cola se erizó de la emoción.
— ¡Wow! ¿Y si nos quedamos a vivir aquí? —exclamé mientras me acercaba a la orilla del gran manantial que se habría paso frente a nosotras—. ¡O por el momento pararnos a recuperar fuerzas! Estoy segura de que el resto secundará la propuesta.
— …oh —murmuré para mí misma.
No sabía qué había dicho Bai, pero eso sí lo entendí (o eso creía yo): profundidad. Más de la que parecía tal vez. Cuando lanzó la cuerda, di un paso instintivo hacia delante, como si mi cuerpo quisiera anticiparse a algo que aún no había pasado. La cuerda quedó bien sujeta al árbol, y Bai dijo algo más. Sonaba decidido. Corto. Definitivo. No hizo falta traducción (una vez más, según creía yo).
La vi desaparecer por el borde del agujero, moviéndose con más torpeza de la que esperaba. Fue entonces cuando pensé que tal vez no la estaba entendiendo tanto como creía. Me acerqué aún más cuando su cuerpo se balanceó de forma extraña, cuando la cuerda chirrió, cuando de pronto… La caída. El sonido seco del golpe al llegar al fondo me heló la sangre.
—¡Bai! —exclamé, sin pensar, acercándome al borde del agujero con el corazón en la garganta. Hubo silencio. Demasiado largo. Luego un quejido.
Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo y me llevé una mano al pecho, respirando hondo mientras me obligaba a no asomarme más de la cuenta. No servía de nada caer detrás. De repente un sonido nuevo me hizo callar. Cuando alzó el pulgar, sentí un alivio inmediato… aunque no completo. Nada de aquello me parecía del todo buena idea. Bai atrapó la lámpara y volvió a decir algo, algo que esta vez no me molesté en intentar entender. Así que en lugar de asumir, me giré hacia el resto de la tripulación, alzando una ceja.
— ¿Alguno sabe qué ha dicho Bai? —me aventuré a preguntar, señalando a la propia Bai, o en este caso al agujero—. O que bajemos. O que no bajemos. O que ha encontrado algo terrible. No sé.
Me encogí de hombros, con una media sonrisa tensa y la cola igualmente encogida—. Sea lo que sea, no parece aburrido. ¿Bajamos?
Esperé unos segundos a que alguno dijera algo, atenta al hueco oscuro, con la sensación incómoda de que aquello no era solo una cueva… sino una boca abierta esperando a que todos decidiéramos entrar. Me quedé quieta, con los brazos cruzados, intentando observar algo más allá de la penumbra. Exclamó algo. No parecía en peligro pero la incertidumbre me ahogaba. Pero la piedra no había tardado demasiado en caer. Si los demás no eran capaces de saltar junto a Bai para no dejarla sola, iría yo. Parecía ser que, independientemente de lo que dijesen los demás, yo tenía ya mi decisión tomada.
El hecho de que tan solo bajara Bai me tenía angustiada. Cuando ella cayó, al inicio todo fue silencio en mi cabeza. Cuando ella empezó a exclamar palabras sueltas (o eso parecía), también llegué a pensar que Bai estaba rezando o maldiciendo o narrando una tragedia ancestral de su pueblo. No, eso último requería de muchas más sílabas que las que ella había pronunciado, bastantes más, y por muy diferente que fuese su idioma al nuestro, lo que no iba a ser, es que ella contase toda una tragedia. El caso es que no sabía qué decía. No entendía una sola palabra.
— ¡Chicos! Sea como sea, yo bajo. No pienso dejarla sola en la oscuridad.
Por mucho que llevase una lámpara. Eso la hacía un objetivo más fácil en medio de seres que pudieran estar acostumbrados a la penumbra. No esperé a que ninguno de los demás me parase, incluso tal vez alguno ya se habría adelantado a mis pasos. ¿Quién sabe?
Me agarré a aquella kilométrica cuerda para saltar por el agujero, deslizarme y caer. Por fortuna yo no tuve el problema con chocarme con las paredes, veía espacio de sobra para todos. Ni siquiera me planteé que Bai pudiera tenerlo.
— ¡Todo bien aquí abajo, chicos! —grité a lo alto, en dirección al hueco; después miré al frente, buscando la luz de la lámpara que había encendido Bai—. ¡Bai! ¡Estoy aquí abajo! ¡Voy contigo!
Aunque a un paso bastante más lento. Allí cualquier insecto que pudiera haber, era casi como del tamaño de un pájaro para mí, y a nadie le resulta agradable que un pájaro se choque con él. Pero pronto esos miedos dejaron de importar cuando llegué al gran habitáculo que había encontrado Bai. Había más luz. Un agua tan azul que parecía el mismísimo cielo despejado, acompañado de una hermosa estructura de piedras que lo rodeaban. Mis ojos brillaron fascinados por la imagen que encontré frente a mí. Mi cola se erizó de la emoción.
— ¡Wow! ¿Y si nos quedamos a vivir aquí? —exclamé mientras me acercaba a la orilla del gran manantial que se habría paso frente a nosotras—. ¡O por el momento pararnos a recuperar fuerzas! Estoy segura de que el resto secundará la propuesta.
