03-01-2026, 02:12 AM
¿Estaba molesto? Actuaba ciertamente distante… No, tal vez solo estaba cansado, al igual que yo, arrastrando el peso de demasiadas horas sin descanso. Quise convencerme de eso, aferrarme a la idea de que no había nada más detrás de su actitud. Pero me trataba con tal frialdad que, aunque no podía decir que me sintiera abiertamente incómodo, algo se me quedó atorado en el pecho. Era como una goma de mascar de ginseng: de pronto me había despertado de golpe, con la mente alerta y un mal sabor persistente en la boca, imposible de ignorar.
Al escuchar sus palabras me rasqué la cabeza, un gesto torpe, casi automático, mientras me levantaba al mismo tiempo que él. El movimiento dolió, más de lo que estaba dispuesto a admitir; una punzada seca que recorrió mi cuerpo y me recordó cada golpe, cada error. Aun así, el dolor quedó en segundo plano. Justo ahora estaba demasiado concentrado en el frío pelinegro frente a mí, en la distancia que marcaba con cada gesto, con cada sílaba medida. Había algo en su mirada que no lograba descifrar, y esa incertidumbre pesaba más que cualquier herida.
Y entonces registré esa parte de su monologo y fruncí los labios para evitar reír… Era mi culpa, por supuesto, debí explicarle. — Regalo del mar… es…— Carraspeé regresando a la seriedad del momento, desviando la mirada. — Regalo del mar es mi tridente, cuando lo encuentre te lo mostraré mejor ¿me entiendes? — Asentí para finalmente mirarlo, colocando mi mano sobre su hombro para apoyarme.
Tenía que tomar una decisión, y no era una cualquiera. Solo habían pasado dos horas; en términos prácticos, aún tenía tiempo para quedarme, para estirar ese margen y fingir que nada se había roto del todo. Sin embargo, era evidente que él comenzaba a ordenar su mundo de otra manera, a colocar otras prioridades por encima de mí, y esa certeza pesaba más que el reloj.
Debería irme. Era lo lógico, lo correcto, incluso lo más digno. Retirarme antes de convertirme en un estorbo, antes de forzar una presencia que ya no parecía bienvenida. Lo sabía con una claridad incómoda, casi cruel. Pero ¿quería hacerlo? Por supuesto que no. Cada fibra de mi cuerpo se resistía a dar ese paso, a aceptar que ese espacio, por pequeño que fuera, ya no me pertenecía.
Y lo peor era que no podía deslindarme del todo de la culpa. Había sido yo quien trajo el tema a colación, quien abrió esa puerta que tal vez debía permanecer cerrada. Ahora, con el silencio creciendo entre los dos, entendía que algunas verdades no solo duelen al decirse, sino también al quedarse flotando, sin respuesta, exigiendo decisiones que uno preferiría no tomar.
—Si… Tal vez no puedo irme. — Murmuré un tanto pensativo. Lo bueno es que podía llegar a ser creativo con mis opciones, así que hice lo que cualquiera con dos dedos de cerebro haría. —¡Doctor! ¡Creo que se me abrió la herida! — Grité a la puerta, mientras clavaba mis uñas sobre la recién curada herida en el brazo y con un solo movimiento, abría la piel una vez para sangrar. Mierda. El dolor casi vuelve noquearme mientras sentí como comenzaba a sudar por este. Quedándome de pie, mordiendo mi labio inferior. Así podríamos quedarnos un rato más ¿no?
Al sentir que volvía a marearme tomé la mano ajena sentándome al borde de la cama con una sonrisa extraña en el rostro, había ganado ¿verdad? Después de todo yo siempre gano. —Parece que tendré que quedarme un poco más… espero no sea una molestia para ti, al final del dia como tu trabajador tendrás que quedarte a cuidarme. Después… de todo, solo han pasado dos horas ¿verdad? No ha sido tanto tiempo, todavía no… ah, mierda, esto duele.—
Al escuchar sus palabras me rasqué la cabeza, un gesto torpe, casi automático, mientras me levantaba al mismo tiempo que él. El movimiento dolió, más de lo que estaba dispuesto a admitir; una punzada seca que recorrió mi cuerpo y me recordó cada golpe, cada error. Aun así, el dolor quedó en segundo plano. Justo ahora estaba demasiado concentrado en el frío pelinegro frente a mí, en la distancia que marcaba con cada gesto, con cada sílaba medida. Había algo en su mirada que no lograba descifrar, y esa incertidumbre pesaba más que cualquier herida.
Y entonces registré esa parte de su monologo y fruncí los labios para evitar reír… Era mi culpa, por supuesto, debí explicarle. — Regalo del mar… es…— Carraspeé regresando a la seriedad del momento, desviando la mirada. — Regalo del mar es mi tridente, cuando lo encuentre te lo mostraré mejor ¿me entiendes? — Asentí para finalmente mirarlo, colocando mi mano sobre su hombro para apoyarme.
Tenía que tomar una decisión, y no era una cualquiera. Solo habían pasado dos horas; en términos prácticos, aún tenía tiempo para quedarme, para estirar ese margen y fingir que nada se había roto del todo. Sin embargo, era evidente que él comenzaba a ordenar su mundo de otra manera, a colocar otras prioridades por encima de mí, y esa certeza pesaba más que el reloj.
Debería irme. Era lo lógico, lo correcto, incluso lo más digno. Retirarme antes de convertirme en un estorbo, antes de forzar una presencia que ya no parecía bienvenida. Lo sabía con una claridad incómoda, casi cruel. Pero ¿quería hacerlo? Por supuesto que no. Cada fibra de mi cuerpo se resistía a dar ese paso, a aceptar que ese espacio, por pequeño que fuera, ya no me pertenecía.
Y lo peor era que no podía deslindarme del todo de la culpa. Había sido yo quien trajo el tema a colación, quien abrió esa puerta que tal vez debía permanecer cerrada. Ahora, con el silencio creciendo entre los dos, entendía que algunas verdades no solo duelen al decirse, sino también al quedarse flotando, sin respuesta, exigiendo decisiones que uno preferiría no tomar.
—Si… Tal vez no puedo irme. — Murmuré un tanto pensativo. Lo bueno es que podía llegar a ser creativo con mis opciones, así que hice lo que cualquiera con dos dedos de cerebro haría. —¡Doctor! ¡Creo que se me abrió la herida! — Grité a la puerta, mientras clavaba mis uñas sobre la recién curada herida en el brazo y con un solo movimiento, abría la piel una vez para sangrar. Mierda. El dolor casi vuelve noquearme mientras sentí como comenzaba a sudar por este. Quedándome de pie, mordiendo mi labio inferior. Así podríamos quedarnos un rato más ¿no?
Al sentir que volvía a marearme tomé la mano ajena sentándome al borde de la cama con una sonrisa extraña en el rostro, había ganado ¿verdad? Después de todo yo siempre gano. —Parece que tendré que quedarme un poco más… espero no sea una molestia para ti, al final del dia como tu trabajador tendrás que quedarte a cuidarme. Después… de todo, solo han pasado dos horas ¿verdad? No ha sido tanto tiempo, todavía no… ah, mierda, esto duele.—

![[Imagen: Firma-Tezca.png]](https://i.ibb.co/sJMGWw7F/Firma-Tezca.png)