02-01-2026, 02:08 PM
Abrí los ojos como platos. No. No, no, no. Esto no estaba en el plan. Giré la cabeza despacio, muy despacio, primero hacia el anciano… y luego hacia Han. El mundo pareció ralentizarse. El huerto, el polvo, el sol cayendo justo en el ángulo dramático perfecto. Si aquello era una obra de teatro, alguien había decidido saltarse directamente el segundo acto y pasar al final trágico.
— ¿…perdona? —dije, alzando la voz un poco más de la cuenta—. ¿Matar?
Me llevé ambas manos al pecho, exagerando el gesto como si acabara de recibir una puñalada invisible. Si el agricultor era capaz de sobredimensionar el precio de sus verduras como para equipararla al valor de la vida de una persona (esto dolía en mi orgullo de médico), yo sobredimensionaría mi actuación. Por fortuna en mayor o menor medida Han saldría indemne de este suceso, pero eso no suponía que yo me quedase quieta, viendo como el duelo ocurría—. No, no, no, no. Un momento —sacudí la cabeza con fuerza—. Esto ha escalado rapidísimo.
Señalé el huerto con tanto énfasis como alguien de mi estatura pudiera hacerlo.
— Empezamos con zanahorias y hemos acabado en asesinato legalizado. ¿No hay un paso intermedio? ¿Un debate? ¿Una multa simbólica? ¿Un “devuélveme los tomates y vete a casa a pensar en lo que has hecho”?
El anciano hablaba de cartucheras, de reglas, de pasos contados, y yo sentía cómo me subía algo caliente por el estómago. No miedo. Indignación. En primer lugar: que Han pagase por mis pecados no era justo, por mucho que el pecado fuese para un bien común; en segundo lugar: ¡joder, que estamos hablando de una vida humana!
— ¡Y encima diez pasos! —exclamé—. ¿Sabes lo que son diez pasos para alguien que no ha disparado en su vida? ¡Una sentencia con margen de error!
Realmente no sabía si Han había disparado alguna vez. ¿Sería capaz de apuntar y disparar con tanta rapidez cómo se curaba? Sin querer averiguarlo, di un par de pasos hacia delante, plantándome entre ambos sin pensar demasiado en mi tamaño, pues no hacía ni siquiera la labor de una valla.
— Oye —miré al viejo, apuntándole con un dedo, diminuto, sí, pero firme—. Él no es un pistolero. No es un bandido. No es ni siquiera especialmente intimidante. Tú lo has dicho: parece tonto.
Incliné la cabeza hacia Han, casi protectora. ¿Protectora pero le insultaba? El cariño a veces juega en unos límites bastante difusos—. Es cocinero. Lo más peligroso que ha empuñado hoy es una cuchara, y ni siquiera es el mejor, pero se deja comer.
Había que darle pena a aquel iracundo señor. Así que me giré hacia Han entonces, dramatizando todavía más, bajando la voz como si aquello fuese una tragedia griega a contar. Bajé el dedo firme.
— Dime que no estás considerando esto —levanté los brazos—. ¡Dime que no vas a aceptar un duelo a muerte por unas hortalizas! ¡Por nuestro amor!
Me llevé una mano a la frente, fingiendo una ligera molestia en las piernas que me quitaba la fuerza en estas y que, por consiguiente, fuese a desfallecer del disgusto.
— Esto es literalmente cómo mueren los buenos en las historias malas.
Respiré hondo. Uno. Dos. Incluso tres. Intenté recomponerme… sin demasiado éxito. Podría haberme recompuesto, sí, pero no quise que fuese así. La actuación tenía que ser excelente.
— Además —añadí, señalando la cartuchera que acababan de darle; no parecía tener fin mi extraño monólogo—, esto está amañado. ¡Es su terreno, su arma, su idea y su maldito huerto!
Miré al anciano con una sonrisa falsa, peligrosamente dulce. Di un paso atrás, cruzándome de brazos, cola agitándose de un lado a otro con nerviosismo contenido.
— Mira —dije al fin, más seria, sin abandonar la concordancia del dramatismo adquirido— ...hemos metido la pata. Vale. Pero esto…
Negué despacio, desaprobando la situación de forma tanto verbal como no verbal—. Esto no va de honor. Va de orgullo. Y el orgullo no alimenta a nadie.
Sin la comida, nosotros ya estábamos muertos. ¿Para qué adelantarla? Alcé la vista hacia Han una última vez, o más bien como si fuese la última vez, bajando un poco el tono, pero sin perder intensidad.
— Si vas a hacerlo —murmuré, forzando en esta ocasión las lágrimas en mis ojos, aunque más bien consiguiendo que se aguasen—, al menos hazlo sabiendo que es una locura… y dime que me quieres.
Y luego miré al anciano, clavándole los ojos. Los ojos de una mujer iracunda, dolida, vengativa. Aunque sabía que no me quedaba más remedio que quedarme quieta mirando cómo convierten una cena improvisada en un funeral. El silencio volvió a caer, pesado, tenso, con el sol observándonos como un testigo cruel. Y yo me quedé ahí, pequeña, furiosa, exagerada… pero absolutamente decidida a no dejar que aquello acabara sin decir todo lo que tenía que decir. ¿Nuestra única escapatoria? Que matase a Han y con ello desfogase su ira sin sentido, me dejase llevarme su cadáver para enterrarlo y salir de Whisky Peak con la misma rapidez con la que habíamos desembarcado.
— ¿…perdona? —dije, alzando la voz un poco más de la cuenta—. ¿Matar?
Me llevé ambas manos al pecho, exagerando el gesto como si acabara de recibir una puñalada invisible. Si el agricultor era capaz de sobredimensionar el precio de sus verduras como para equipararla al valor de la vida de una persona (esto dolía en mi orgullo de médico), yo sobredimensionaría mi actuación. Por fortuna en mayor o menor medida Han saldría indemne de este suceso, pero eso no suponía que yo me quedase quieta, viendo como el duelo ocurría—. No, no, no, no. Un momento —sacudí la cabeza con fuerza—. Esto ha escalado rapidísimo.
Señalé el huerto con tanto énfasis como alguien de mi estatura pudiera hacerlo.
— Empezamos con zanahorias y hemos acabado en asesinato legalizado. ¿No hay un paso intermedio? ¿Un debate? ¿Una multa simbólica? ¿Un “devuélveme los tomates y vete a casa a pensar en lo que has hecho”?
El anciano hablaba de cartucheras, de reglas, de pasos contados, y yo sentía cómo me subía algo caliente por el estómago. No miedo. Indignación. En primer lugar: que Han pagase por mis pecados no era justo, por mucho que el pecado fuese para un bien común; en segundo lugar: ¡joder, que estamos hablando de una vida humana!
— ¡Y encima diez pasos! —exclamé—. ¿Sabes lo que son diez pasos para alguien que no ha disparado en su vida? ¡Una sentencia con margen de error!
Realmente no sabía si Han había disparado alguna vez. ¿Sería capaz de apuntar y disparar con tanta rapidez cómo se curaba? Sin querer averiguarlo, di un par de pasos hacia delante, plantándome entre ambos sin pensar demasiado en mi tamaño, pues no hacía ni siquiera la labor de una valla.
— Oye —miré al viejo, apuntándole con un dedo, diminuto, sí, pero firme—. Él no es un pistolero. No es un bandido. No es ni siquiera especialmente intimidante. Tú lo has dicho: parece tonto.
Incliné la cabeza hacia Han, casi protectora. ¿Protectora pero le insultaba? El cariño a veces juega en unos límites bastante difusos—. Es cocinero. Lo más peligroso que ha empuñado hoy es una cuchara, y ni siquiera es el mejor, pero se deja comer.
Había que darle pena a aquel iracundo señor. Así que me giré hacia Han entonces, dramatizando todavía más, bajando la voz como si aquello fuese una tragedia griega a contar. Bajé el dedo firme.
— Dime que no estás considerando esto —levanté los brazos—. ¡Dime que no vas a aceptar un duelo a muerte por unas hortalizas! ¡Por nuestro amor!
Me llevé una mano a la frente, fingiendo una ligera molestia en las piernas que me quitaba la fuerza en estas y que, por consiguiente, fuese a desfallecer del disgusto.
— Esto es literalmente cómo mueren los buenos en las historias malas.
Respiré hondo. Uno. Dos. Incluso tres. Intenté recomponerme… sin demasiado éxito. Podría haberme recompuesto, sí, pero no quise que fuese así. La actuación tenía que ser excelente.
— Además —añadí, señalando la cartuchera que acababan de darle; no parecía tener fin mi extraño monólogo—, esto está amañado. ¡Es su terreno, su arma, su idea y su maldito huerto!
Miré al anciano con una sonrisa falsa, peligrosamente dulce. Di un paso atrás, cruzándome de brazos, cola agitándose de un lado a otro con nerviosismo contenido.
— Mira —dije al fin, más seria, sin abandonar la concordancia del dramatismo adquirido— ...hemos metido la pata. Vale. Pero esto…
Negué despacio, desaprobando la situación de forma tanto verbal como no verbal—. Esto no va de honor. Va de orgullo. Y el orgullo no alimenta a nadie.
Sin la comida, nosotros ya estábamos muertos. ¿Para qué adelantarla? Alcé la vista hacia Han una última vez, o más bien como si fuese la última vez, bajando un poco el tono, pero sin perder intensidad.
— Si vas a hacerlo —murmuré, forzando en esta ocasión las lágrimas en mis ojos, aunque más bien consiguiendo que se aguasen—, al menos hazlo sabiendo que es una locura… y dime que me quieres.
Y luego miré al anciano, clavándole los ojos. Los ojos de una mujer iracunda, dolida, vengativa. Aunque sabía que no me quedaba más remedio que quedarme quieta mirando cómo convierten una cena improvisada en un funeral. El silencio volvió a caer, pesado, tenso, con el sol observándonos como un testigo cruel. Y yo me quedé ahí, pequeña, furiosa, exagerada… pero absolutamente decidida a no dejar que aquello acabara sin decir todo lo que tenía que decir. ¿Nuestra única escapatoria? Que matase a Han y con ello desfogase su ira sin sentido, me dejase llevarme su cadáver para enterrarlo y salir de Whisky Peak con la misma rapidez con la que habíamos desembarcado.
