31-12-2025, 07:48 PM
—Bueno, no puedo… No puedo decir que me haya pasado aquí en la selva… ¡Pero le pasaba a mi papá todo el tiempo cuando viajábamos fuera de cualquier isla! —dijo Doña Begoña la coneja humanoide—. Aun creo que no morimos en mitad del mar porque algo nos estaba cuidando, porque joder, no sé como ese hombre podía perderse cada año en cada viaje… Una vez, nos quería llevar de Karate a Centaurea, y terminamos en Baterilla. No podía leer un mapa para salvar su vida, y aun así… Aun así, siempre lográbamos volver a Samba cada invierno…
Tal y como lo describía, su padre era todo un experto en hacerle la puñeta al universo. Empezaba a envidiar a ese hombre, fuera quien fuera. Obtener el poder de burlar a ese desgraciado era algo que ansiaba con toda su alma.
—¡P-pero eso, te creo lo de que el universo está ensañado contigo o algo! —Ramona pechuoreja le dio un artefacto que le sonaba de algo—. Toma, tengo otro par más así que te puedes quedar con esta. El pueblo más cercano está yendo derecho hacia el oeste, no debería tomarte más de tres horas de viaje. Aunque… Puedes pasar la noche aquí si quieres, no me molesta la compañía y tengo comida y hay espacio en el refugio…
Lampedusa observó el misterioso artefacto como si fuera el mayor de los tesoros. ¿Era ese el legendario One Piece? No, mejor aún. Que le dieran a eso, ¡esa obra de arte esculpida por los dioses sería su arma favorita a partir de entonces! La agarró con el cuidado que una parguela tuviera a un bebé recién nacido entre sus brazos y lo sostuvo con cuidado de no romperlo.
—Maravilloso. —Se levantó de golpe y lo alzó hacia los cielos, con la sonrisa más siniestra que jamás había puesto en su vida—. ¡Jódete universo! ¡Voy a cagarte a piñas de dos en dos hasta que sean impares! ¡Ya no vas a poder detenerme! ¡Puff!
Su risa maligna resonó por todos los lugares, con un eco distante que rebotó hacia ella. Con ese utensilio en las manos, sería imparable. Recordó entonces que la coneja le había dicho de quedarse esa noche a dormir, pero en cuanto pensó en lo que le había dicho del pueblo, tomó una decisión.
—Gracias, pero si dices que hay un pueblo cerca, me voy para allá. Seguro que este cachivache y yo podemos llegar hasta allí y hacerle la puñeta al universo, que después de tanta maldad suya podré vengarme. ¡Puff!
Aunque, sin embargo, todavía tenía hambre y quedaba pescado frito a lo palo. Se sentó y agarró el que quedaba, lo partió por la mitad y se lo ofreció.
—Bueno, pero te haré compañía mientras me termino esto. ¡Por nuestra amistad, amiga coneja humanoide llamada Menk! ¡Puff! —Alzó la parte que le había tocado y se la zampó de un bocado sin esperar a la otra muchacha.
Tal y como lo describía, su padre era todo un experto en hacerle la puñeta al universo. Empezaba a envidiar a ese hombre, fuera quien fuera. Obtener el poder de burlar a ese desgraciado era algo que ansiaba con toda su alma.
—¡P-pero eso, te creo lo de que el universo está ensañado contigo o algo! —Ramona pechuoreja le dio un artefacto que le sonaba de algo—. Toma, tengo otro par más así que te puedes quedar con esta. El pueblo más cercano está yendo derecho hacia el oeste, no debería tomarte más de tres horas de viaje. Aunque… Puedes pasar la noche aquí si quieres, no me molesta la compañía y tengo comida y hay espacio en el refugio…
Lampedusa observó el misterioso artefacto como si fuera el mayor de los tesoros. ¿Era ese el legendario One Piece? No, mejor aún. Que le dieran a eso, ¡esa obra de arte esculpida por los dioses sería su arma favorita a partir de entonces! La agarró con el cuidado que una parguela tuviera a un bebé recién nacido entre sus brazos y lo sostuvo con cuidado de no romperlo.
—Maravilloso. —Se levantó de golpe y lo alzó hacia los cielos, con la sonrisa más siniestra que jamás había puesto en su vida—. ¡Jódete universo! ¡Voy a cagarte a piñas de dos en dos hasta que sean impares! ¡Ya no vas a poder detenerme! ¡Puff!
Su risa maligna resonó por todos los lugares, con un eco distante que rebotó hacia ella. Con ese utensilio en las manos, sería imparable. Recordó entonces que la coneja le había dicho de quedarse esa noche a dormir, pero en cuanto pensó en lo que le había dicho del pueblo, tomó una decisión.
—Gracias, pero si dices que hay un pueblo cerca, me voy para allá. Seguro que este cachivache y yo podemos llegar hasta allí y hacerle la puñeta al universo, que después de tanta maldad suya podré vengarme. ¡Puff!
Aunque, sin embargo, todavía tenía hambre y quedaba pescado frito a lo palo. Se sentó y agarró el que quedaba, lo partió por la mitad y se lo ofreció.
—Bueno, pero te haré compañía mientras me termino esto. ¡Por nuestra amistad, amiga coneja humanoide llamada Menk! ¡Puff! —Alzó la parte que le había tocado y se la zampó de un bocado sin esperar a la otra muchacha.
