30-12-2025, 02:26 PM
La rendición de Han llegó en forma de suspiro, un suspiro pesado, de esos que no significan “estoy de acuerdo”, sino “no me queda energía para seguir discutiendo con tu lógica torcida de mierda”. No tenía ningún tipo de queja con ello, de hecho sonreí ampliamente al escucharle y es que siendo honesta, ese era mi tipo favorito de victoria.
Parpadeé un segundo al verlo agacharse y abrir el zurrón, como si necesitara confirmar que no lo había imaginado. ¿Había funcionado? ¿Mis teorías revolucionarias de huerto y mis tomates felices y libres habían surtido efecto? Probablemente funcionaría mejor la idea de ver a sus propios compañeros desfallecer de hambre tan solo por negarse a robar un par de papas. La cola se me agitó sola, traicionando mis pensamientos y sentimientos, antes de que pudiera detenerla, si es que mi sonrisa no lo había hecho antes.
Bien. Profesionalidad, Alana. Profesionalidad criminal, lo que nunca antes había tenido. Hasta ahora el poder de mis manos se había utilizado para el bien, para curar, por la medicina. Para todo hay un cambio de vez en cuando—. Sabia decisión —murmuré, ya girándome hacia la valla, lista a utilizar mi gran precisión con las manos para el hurto—. La historia te absolverá… o al menos yo.
Me deslicé por el hueco con la facilidad que da medir menos que una azada mal apoyada. La tierra estaba blanda bajo mis pies, húmeda, cuidada. Demasiado cuidada. Ese tipo de suelo que te dice que alguien aquí invierte tiempo, cariño y probablemente palabras bonitas en voz baja; o por el contrario invierte dinero y explotación. Han opinaría lo primero; yo, por el contrario, lo segundo. Aún así no pude evitar sentir un pinchazo de culpa. Pequeño. Brevísimo. Del tamaño de una semilla. Proporcional a mi tamaño. Pero lo cierto es que de la culpa no se vive.
No pienses en eso. Piensa en Kay. Piensa en estómagos vacíos. Piensa en que el mundo es injusto y tú… bueno, tú solo estás equilibrándolo… con pimientos. Me acerqué a las hileras que había señalado Han, agachándome entre las plantas como si alguien me estuviera observando desde cada hoja. Los pimientos colgaban firmes, brillantes, casi ofensivos en su perfección. Arranqué uno con cuidado, luego otro, tratando de no hacer ruido, aunque sabía que eso era más por mí que por cualquier posible dueño invisible. Y otro. Y otro. Varios volaron directos hacia el zurrón. Necesitaba las manos libres para poder operar.
Piratas, vagabundos… al final todos estamos jugando al mismo juego con nombres distintos, pensé, metiendo ahora las papas en el zurrón. Solo cambia el escenario. Y el nivel de peligro. Cogí un par más, “lo justo”, como había prometido (claro, “lo justo” para alimentar a siete bocas es relativo) o como me había autojustificado, y lancé una rápida mirada alrededor. Nada. Solo viento, polvo y silencio. Regresé hacia la valla con el botín, alzando la mirada hacia Han y señalando el saco para que lo viera, triunfante por el logro.
— ¿Ves? —susurré, con una sonrisa ladeada—. Redistribución de la comida controlada. Sin víctimas visibles. De momento. ¿Nos vamos?
Pero por dentro, la sonrisa no era tan firme. Pensé en Dong. En el Cabaret. En los ausentes. En cómo el mar se estaba tragando nombres demasiado rápido. En cómo la promesa de una aventura recién comenzada se parecía cada vez más a una versión salada de la miseria. "Pero no puedo permitirme dudar ahora," me dije mientras me encontraba cruzando de vuelta la valla. Dudar es un lujo. Comer no.
— Oye… —empecé, y me sorprendió incluso a mí—. Si esto sale mal… sigo cargando yo con la culpa. Pero si sale bien… —me encogí de hombros—. Que al menos nadie pase hambre hoy.
Llevé mis manos a mis caderas y forcé una expresión más ligera, casi burlona, como si no acabara de desnudar un pensamiento incómodo. Quería relajar el ambiente. Aunque ese fuese mi tipo de victoria favorita, las que se ganan por desgaste, no me sentía del todo cómoda forzando a nadie a hacer cosas que no disfrutan; pero volviendo lo ya mencionado: comer no es un lujo, es una necesidad. Sin esperar respuesta, eché a andar, con la cola baja y la cabeza ya trabajando en la siguiente justificación moral que necesitaría… por si acaso, veía venir a Han y ética inquebrantable... hasta que hay hambre. Esa bola de pensamientos hizo que no escuchase de fondo un crujido, unas pisadas tal vez.
Parpadeé un segundo al verlo agacharse y abrir el zurrón, como si necesitara confirmar que no lo había imaginado. ¿Había funcionado? ¿Mis teorías revolucionarias de huerto y mis tomates felices y libres habían surtido efecto? Probablemente funcionaría mejor la idea de ver a sus propios compañeros desfallecer de hambre tan solo por negarse a robar un par de papas. La cola se me agitó sola, traicionando mis pensamientos y sentimientos, antes de que pudiera detenerla, si es que mi sonrisa no lo había hecho antes.
Bien. Profesionalidad, Alana. Profesionalidad criminal, lo que nunca antes había tenido. Hasta ahora el poder de mis manos se había utilizado para el bien, para curar, por la medicina. Para todo hay un cambio de vez en cuando—. Sabia decisión —murmuré, ya girándome hacia la valla, lista a utilizar mi gran precisión con las manos para el hurto—. La historia te absolverá… o al menos yo.
Me deslicé por el hueco con la facilidad que da medir menos que una azada mal apoyada. La tierra estaba blanda bajo mis pies, húmeda, cuidada. Demasiado cuidada. Ese tipo de suelo que te dice que alguien aquí invierte tiempo, cariño y probablemente palabras bonitas en voz baja; o por el contrario invierte dinero y explotación. Han opinaría lo primero; yo, por el contrario, lo segundo. Aún así no pude evitar sentir un pinchazo de culpa. Pequeño. Brevísimo. Del tamaño de una semilla. Proporcional a mi tamaño. Pero lo cierto es que de la culpa no se vive.
No pienses en eso. Piensa en Kay. Piensa en estómagos vacíos. Piensa en que el mundo es injusto y tú… bueno, tú solo estás equilibrándolo… con pimientos. Me acerqué a las hileras que había señalado Han, agachándome entre las plantas como si alguien me estuviera observando desde cada hoja. Los pimientos colgaban firmes, brillantes, casi ofensivos en su perfección. Arranqué uno con cuidado, luego otro, tratando de no hacer ruido, aunque sabía que eso era más por mí que por cualquier posible dueño invisible. Y otro. Y otro. Varios volaron directos hacia el zurrón. Necesitaba las manos libres para poder operar.
Piratas, vagabundos… al final todos estamos jugando al mismo juego con nombres distintos, pensé, metiendo ahora las papas en el zurrón. Solo cambia el escenario. Y el nivel de peligro. Cogí un par más, “lo justo”, como había prometido (claro, “lo justo” para alimentar a siete bocas es relativo) o como me había autojustificado, y lancé una rápida mirada alrededor. Nada. Solo viento, polvo y silencio. Regresé hacia la valla con el botín, alzando la mirada hacia Han y señalando el saco para que lo viera, triunfante por el logro.
— ¿Ves? —susurré, con una sonrisa ladeada—. Redistribución de la comida controlada. Sin víctimas visibles. De momento. ¿Nos vamos?
Pero por dentro, la sonrisa no era tan firme. Pensé en Dong. En el Cabaret. En los ausentes. En cómo el mar se estaba tragando nombres demasiado rápido. En cómo la promesa de una aventura recién comenzada se parecía cada vez más a una versión salada de la miseria. "Pero no puedo permitirme dudar ahora," me dije mientras me encontraba cruzando de vuelta la valla. Dudar es un lujo. Comer no.
— Oye… —empecé, y me sorprendió incluso a mí—. Si esto sale mal… sigo cargando yo con la culpa. Pero si sale bien… —me encogí de hombros—. Que al menos nadie pase hambre hoy.
Llevé mis manos a mis caderas y forcé una expresión más ligera, casi burlona, como si no acabara de desnudar un pensamiento incómodo. Quería relajar el ambiente. Aunque ese fuese mi tipo de victoria favorita, las que se ganan por desgaste, no me sentía del todo cómoda forzando a nadie a hacer cosas que no disfrutan; pero volviendo lo ya mencionado: comer no es un lujo, es una necesidad. Sin esperar respuesta, eché a andar, con la cola baja y la cabeza ya trabajando en la siguiente justificación moral que necesitaría… por si acaso, veía venir a Han y ética inquebrantable... hasta que hay hambre. Esa bola de pensamientos hizo que no escuchase de fondo un crujido, unas pisadas tal vez.
