28-12-2025, 03:18 PM
Mientras Moja avanzaba siguiendo el rastro, la jungla comenzó a cambiar a su alrededor. El sonido constante de insectos y criaturas lejanas se fue apagando poco a poco, sustituido por un murmullo inquietante, agudo y repetitivo. Se detuvo en seco, levantando ligeramente una mano.
Entonces los vio.
Desde lo alto de los árboles, entre lianas gruesas y troncos retorcidos, una treintena de lémures prehistóricos emergieron como sombras vivas. Eran más grandes que cualquier espécimen común, con ojos brillantes e inteligentes, colmillos cortos pero afilados, y cuerpos nerviosos cargados de tensión. Portaban lanzas rudimentarias, palos endurecidos al fuego y puntas de piedra afilada. No eran simples animales: cazaban en grupo.
Moja no necesitó más para entenderlo. Aquello no era una emboscada improvisada, era un territorio defendido.
*Genial…* pensó. *Justo lo que faltaba.*
Los lémures comenzaron a rodearlo, chillando y golpeando sus armas contra los troncos, tratando de intimidarlo. Algunos descendieron al suelo, otros permanecieron en las ramas, listos para lanzarse desde arriba. Si Moja quería seguir el rastro, no había negociación posible.
Sus músculos se tensaron.
El primer lémur atacó sin previo aviso, lanzándose desde un árbol con la lanza por delante. Moja reaccionó al instante, su cuerpo se movió con agilidad felina, girando sobre un pie y dejando que el arma pasara rozando su hombro. En el mismo movimiento, extendió la mano.
En el aire apareció una flecha geométrica de color blanco, vibrando con energía pura. Moja la pisó como si fuera un escalón y se impulsó hacia arriba, desafiando la gravedad. El lémur atacante cayó al suelo antes siquiera de entender qué había ocurrido, inconsciente tras un golpe seco en la nuca.
El resto chilló con furia.
Desde distintos ángulos, lanzas y piedras volaron hacia él. Moja creó múltiples flechas vectoriales a su alrededor, usándolas como plataformas móviles. Saltaba de una a otra con precisión milimétrica, cambiando de dirección en pleno aire, esquivando ataques imposibles de evitar para cualquier humano común.
-Demasiado lentos.-
Una flecha se materializó bajo su pie y lo catapultó hacia adelante. En pleno salto, creó otras dos frente a él, que giraron bruscamente y salieron disparadas como proyectiles. Atravesaron el aire con un zumbido cortante, impactando contra dos lémures que caían desde los árboles, lanzándolos violentamente contra los troncos.
Moja aterrizó rodando, sin perder impulso. Un lémur intentó atacarlo por la espalda con un palo afilado, pero Moja lo percibió antes incluso de oírlo. Se agachó, giró sobre sí mismo y creó una flecha corta y compacta, con la que golpeó al enemigo en el pecho como si fuera un martillo invisible, dejándolo sin aliento.
Los lémures comenzaron a atacar en masa.
Moja sonrió, mostrando los colmillos. Esta vez, extendió ambos brazos. Multiples flechas vectoriales surgieron a su alrededor, formando una red dinámica en constante movimiento. Algunas se clavaban en el suelo, otras flotaban, otras giraban sobre sí mismas cargadas de energía. Moja se movía entre ellas como si fueran una extensión natural de su cuerpo, usándolas para impulsarse, girar, caer desde ángulos imposibles.
Cada movimiento era letal y preciso.
Un salto, una flecha bajo el pie.
Un giro, una flecha lanzada al cuello.
Un aterrizaje, un golpe directo con energía vectorial que enviaba al enemigo varios metros atrás.
En cuestión de un par de minutos, los chillidos se transformaron en silencio interrumpido solo por cuerpos cayendo y ramas rompiéndose. Los últimos lémures intentaron huir, pero Moja no se lo permitió. Dos flechas largas se dispararon en diagonal, cortándoles el paso, y un último impulso lo llevó hasta ellos. Un barrido limpio, rápido, sin crueldad innecesaria.
Cuando todo terminó, treinta cuerpos yacían inmóviles entre la vegetación destrozada. Moja permaneció quieto unos segundos, respirando con calma, escuchando. Nada más se movía. La presencia que había sentido antes… seguía allí, más distante ahora, como si evaluara el resultado del enfrentamiento.
Las flechas vectoriales se disiparon en el aire, desvaneciéndose como líneas de luz borradas por el viento. Moja bajó la mirada hacia el rastro en el suelo. Seguía ahí. Más profundo. Más urgente.
-No me detendrán con animales- murmuró mientras retomaba la marcha. -Quien sea que esté detrás de esto… tendrá que mostrarse.-
Y sin mirar atrás, volvió a internarse en la jungla, dejando atrás el silencio absoluto que solo sigue a una cacería perfecta.
Entonces los vio.
Desde lo alto de los árboles, entre lianas gruesas y troncos retorcidos, una treintena de lémures prehistóricos emergieron como sombras vivas. Eran más grandes que cualquier espécimen común, con ojos brillantes e inteligentes, colmillos cortos pero afilados, y cuerpos nerviosos cargados de tensión. Portaban lanzas rudimentarias, palos endurecidos al fuego y puntas de piedra afilada. No eran simples animales: cazaban en grupo.
Moja no necesitó más para entenderlo. Aquello no era una emboscada improvisada, era un territorio defendido.
*Genial…* pensó. *Justo lo que faltaba.*
Los lémures comenzaron a rodearlo, chillando y golpeando sus armas contra los troncos, tratando de intimidarlo. Algunos descendieron al suelo, otros permanecieron en las ramas, listos para lanzarse desde arriba. Si Moja quería seguir el rastro, no había negociación posible.
Sus músculos se tensaron.
El primer lémur atacó sin previo aviso, lanzándose desde un árbol con la lanza por delante. Moja reaccionó al instante, su cuerpo se movió con agilidad felina, girando sobre un pie y dejando que el arma pasara rozando su hombro. En el mismo movimiento, extendió la mano.
En el aire apareció una flecha geométrica de color blanco, vibrando con energía pura. Moja la pisó como si fuera un escalón y se impulsó hacia arriba, desafiando la gravedad. El lémur atacante cayó al suelo antes siquiera de entender qué había ocurrido, inconsciente tras un golpe seco en la nuca.
El resto chilló con furia.
Desde distintos ángulos, lanzas y piedras volaron hacia él. Moja creó múltiples flechas vectoriales a su alrededor, usándolas como plataformas móviles. Saltaba de una a otra con precisión milimétrica, cambiando de dirección en pleno aire, esquivando ataques imposibles de evitar para cualquier humano común.
-Demasiado lentos.-
Una flecha se materializó bajo su pie y lo catapultó hacia adelante. En pleno salto, creó otras dos frente a él, que giraron bruscamente y salieron disparadas como proyectiles. Atravesaron el aire con un zumbido cortante, impactando contra dos lémures que caían desde los árboles, lanzándolos violentamente contra los troncos.
Moja aterrizó rodando, sin perder impulso. Un lémur intentó atacarlo por la espalda con un palo afilado, pero Moja lo percibió antes incluso de oírlo. Se agachó, giró sobre sí mismo y creó una flecha corta y compacta, con la que golpeó al enemigo en el pecho como si fuera un martillo invisible, dejándolo sin aliento.
Los lémures comenzaron a atacar en masa.
Moja sonrió, mostrando los colmillos. Esta vez, extendió ambos brazos. Multiples flechas vectoriales surgieron a su alrededor, formando una red dinámica en constante movimiento. Algunas se clavaban en el suelo, otras flotaban, otras giraban sobre sí mismas cargadas de energía. Moja se movía entre ellas como si fueran una extensión natural de su cuerpo, usándolas para impulsarse, girar, caer desde ángulos imposibles.
Cada movimiento era letal y preciso.
Un salto, una flecha bajo el pie.
Un giro, una flecha lanzada al cuello.
Un aterrizaje, un golpe directo con energía vectorial que enviaba al enemigo varios metros atrás.
En cuestión de un par de minutos, los chillidos se transformaron en silencio interrumpido solo por cuerpos cayendo y ramas rompiéndose. Los últimos lémures intentaron huir, pero Moja no se lo permitió. Dos flechas largas se dispararon en diagonal, cortándoles el paso, y un último impulso lo llevó hasta ellos. Un barrido limpio, rápido, sin crueldad innecesaria.
Cuando todo terminó, treinta cuerpos yacían inmóviles entre la vegetación destrozada. Moja permaneció quieto unos segundos, respirando con calma, escuchando. Nada más se movía. La presencia que había sentido antes… seguía allí, más distante ahora, como si evaluara el resultado del enfrentamiento.
Las flechas vectoriales se disiparon en el aire, desvaneciéndose como líneas de luz borradas por el viento. Moja bajó la mirada hacia el rastro en el suelo. Seguía ahí. Más profundo. Más urgente.
-No me detendrán con animales- murmuró mientras retomaba la marcha. -Quien sea que esté detrás de esto… tendrá que mostrarse.-
Y sin mirar atrás, volvió a internarse en la jungla, dejando atrás el silencio absoluto que solo sigue a una cacería perfecta.
Resumen
Bélico
Akuma
*Pienso* -Hablo- Narro
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