28-12-2025, 01:13 PM
La verdad es que, si alguien me hubiera preguntado en ese momento qué estaba haciendo exactamente, no habría sabido responderle con precisión. ¿Explorar? ¿Evaluar riesgos? ¿Cometer un delito menor por supervivencia? Todo a la vez, probablemente. El huerto tenía ese aspecto insultantemente cuidado que solo tienen las cosas que no te pertenecen y que, aun así, parecen mirarte como diciendo: “cómeteme” y yo, honestamente, quería cometerlo.
Me había agachado junto a la valla, con ambas manos apoyadas en la madera, asomando solo la cabeza y la cola, moviéndola despacio como si eso me hiciera más sigilosa. Spoiler: no, aunque mi tamaño ya hacía gran parte de su labor. Pero todo eso sí me hacía sentir profesional. Nuevo spoiler: no. Giré la cabeza a un lado y a otro, exageradamente, antes de oír la voz de Han acercarse por detrás, cargada de dudas morales, promesas incumplidas y hambre reprimida. “¡Con hambre no se vive, y de fe tampoco!” me aventuré a pensar.
— Shhh… —susurré sin girarme, levantando un dedo—. No lo mires como “robar”. Míralo como… "forrajeo ético no consentido".
Me incorporé un poco para mirarle por encima del hombro, con una sonrisa de esas que no tranquilizan a nadie, ni siquiera a uno mismo pero es que… si ni siquiera yo me creía que este hurto estuviera bien, ¿quién más lo iba a hacer?
— Además —añadí, señalando el huerto con la barbilla—, ¿ves eso? Eso no es un huerto normal. Eso es exceso. Nadie necesita tantos tomates felices. El universo claramente quiere que se redistribuyan. Distribución de las riquezas lo llaman algunos.
Volví a asomarme, esta vez apoyando un pie en la valla como si estuviera a punto de escalarla (o más bien, dado mi tamaño, saltar ese primer hueco que tenía la valla)… aunque no lo hice todavía. Había que mantener la tensión dramática. Y la coartada.
— Mira, no te estoy diciendo que entremos como dos delincuentes sin alma, ¿siquiera seríamos delincuentes? La propiedad privada es el robo... y este huerto está pidiendo ser devuelto al pueblo —continué, bajando la voz. ¿Era una delincuente justificando su acto inmoral con otras teorías? Sí. ¿Para eso era pirata? También. ¿Necesitaba justificación la supervivencia de un grupo por encima de la avaricia de otros? No. “Ten fe” dice Han, pero a veces uno tiene que salir a buscarse la fe—. Estoy diciendo que cojamos un poco. Lo justo. Lo simbólico. Lo que la tierra nos ofrece… a través de una valla mal vigilada.
Me giré del todo entonces, apoyando la espalda contra la madera y cruzando los brazos, mirándolo con expresión seria durante exactamente dos segundos. Luego se me escapó una sonrisa ladeada—. Y si te sirve de consuelo moral, aunque no estemos robando, sino expropiando: yo me hago responsable de todo lo que pueda pasar en consecuencia de este acto —dije, muy convencida, pero volvemos a lo mismo: lo importante es convencer a Han y para ello primero tendría que creerme yo misma mis palabras. En mis manos entraba poca comida pero en las suyas…—. Si alguien pregunta, fue idea mía. Tú solo estabas ahí… supervisando. Cocineramente.
La cola se movió de nuevo, traicionera, señal inequívoca de que ya estaba medio decidida. Quizás no había sido la mejor de mis ideas, de acuerdo, pero hasta un reloj roto da bien la hora dos veces. En este caso yo soy el reloj roto y estaba segura de que ese huerto era una de mis dos horas buenas dadas, aunque Han no supiese valorarla del todo por ahora. Quizás él consideraba que estaba mal la hora por un par de minutos. No le culparía por ello. Ya se daría cuenta tarde o temprano de que la hora estaba perfecta. Nunca me había sentido tan segura de algo, ni siquiera aquel día en que Owen y yo nos vimos obligados a salir en escena a hacer una actuación cómica. Dioses. Solo podía rezar para que no le contase nada a Gwendolyn o Eros…
— Además —añadí, inclinándome hacia él—, piensa en esto como entrenamiento. Sigilo. Observación. Trabajo en equipo. ¿Qué clase de piratas seríamos si no sabemos distinguir un buen huerto de una mala decisión?
Volví a mirar al interior, afinando la vista entre las hileras de plantas, oliendo el aire con deleite. ¡Diantres! Aquí hay una acumulación injusta de papas—. No hay nadie —murmuré, avisé, tenté—. O eso, o el dueño es tan silencioso que da miedo. Cualquiera de las dos opciones me parece emocionante.
Me agaché de nuevo junto a la valla, preparada para dar el siguiente paso… o salir corriendo si todo se iba al infierno. La pelota estaba en su tejado: ¿la tomaría o por el contrario la desecharía? Mantuve la sonrisa en mi rostro, dispuesta a recibir cualquier tipo de respuesta—. Venga —concluí, mirándolo de reojo—. Decide rápido, que los tomates y las papas no esperan… Te prometo que reflexionaré sobre la propiedad privada más tarde.
Me había agachado junto a la valla, con ambas manos apoyadas en la madera, asomando solo la cabeza y la cola, moviéndola despacio como si eso me hiciera más sigilosa. Spoiler: no, aunque mi tamaño ya hacía gran parte de su labor. Pero todo eso sí me hacía sentir profesional. Nuevo spoiler: no. Giré la cabeza a un lado y a otro, exageradamente, antes de oír la voz de Han acercarse por detrás, cargada de dudas morales, promesas incumplidas y hambre reprimida. “¡Con hambre no se vive, y de fe tampoco!” me aventuré a pensar.
— Shhh… —susurré sin girarme, levantando un dedo—. No lo mires como “robar”. Míralo como… "forrajeo ético no consentido".
Me incorporé un poco para mirarle por encima del hombro, con una sonrisa de esas que no tranquilizan a nadie, ni siquiera a uno mismo pero es que… si ni siquiera yo me creía que este hurto estuviera bien, ¿quién más lo iba a hacer?
— Además —añadí, señalando el huerto con la barbilla—, ¿ves eso? Eso no es un huerto normal. Eso es exceso. Nadie necesita tantos tomates felices. El universo claramente quiere que se redistribuyan. Distribución de las riquezas lo llaman algunos.
Volví a asomarme, esta vez apoyando un pie en la valla como si estuviera a punto de escalarla (o más bien, dado mi tamaño, saltar ese primer hueco que tenía la valla)… aunque no lo hice todavía. Había que mantener la tensión dramática. Y la coartada.
— Mira, no te estoy diciendo que entremos como dos delincuentes sin alma, ¿siquiera seríamos delincuentes? La propiedad privada es el robo... y este huerto está pidiendo ser devuelto al pueblo —continué, bajando la voz. ¿Era una delincuente justificando su acto inmoral con otras teorías? Sí. ¿Para eso era pirata? También. ¿Necesitaba justificación la supervivencia de un grupo por encima de la avaricia de otros? No. “Ten fe” dice Han, pero a veces uno tiene que salir a buscarse la fe—. Estoy diciendo que cojamos un poco. Lo justo. Lo simbólico. Lo que la tierra nos ofrece… a través de una valla mal vigilada.
Me giré del todo entonces, apoyando la espalda contra la madera y cruzando los brazos, mirándolo con expresión seria durante exactamente dos segundos. Luego se me escapó una sonrisa ladeada—. Y si te sirve de consuelo moral, aunque no estemos robando, sino expropiando: yo me hago responsable de todo lo que pueda pasar en consecuencia de este acto —dije, muy convencida, pero volvemos a lo mismo: lo importante es convencer a Han y para ello primero tendría que creerme yo misma mis palabras. En mis manos entraba poca comida pero en las suyas…—. Si alguien pregunta, fue idea mía. Tú solo estabas ahí… supervisando. Cocineramente.
La cola se movió de nuevo, traicionera, señal inequívoca de que ya estaba medio decidida. Quizás no había sido la mejor de mis ideas, de acuerdo, pero hasta un reloj roto da bien la hora dos veces. En este caso yo soy el reloj roto y estaba segura de que ese huerto era una de mis dos horas buenas dadas, aunque Han no supiese valorarla del todo por ahora. Quizás él consideraba que estaba mal la hora por un par de minutos. No le culparía por ello. Ya se daría cuenta tarde o temprano de que la hora estaba perfecta. Nunca me había sentido tan segura de algo, ni siquiera aquel día en que Owen y yo nos vimos obligados a salir en escena a hacer una actuación cómica. Dioses. Solo podía rezar para que no le contase nada a Gwendolyn o Eros…
— Además —añadí, inclinándome hacia él—, piensa en esto como entrenamiento. Sigilo. Observación. Trabajo en equipo. ¿Qué clase de piratas seríamos si no sabemos distinguir un buen huerto de una mala decisión?
Volví a mirar al interior, afinando la vista entre las hileras de plantas, oliendo el aire con deleite. ¡Diantres! Aquí hay una acumulación injusta de papas—. No hay nadie —murmuré, avisé, tenté—. O eso, o el dueño es tan silencioso que da miedo. Cualquiera de las dos opciones me parece emocionante.
Me agaché de nuevo junto a la valla, preparada para dar el siguiente paso… o salir corriendo si todo se iba al infierno. La pelota estaba en su tejado: ¿la tomaría o por el contrario la desecharía? Mantuve la sonrisa en mi rostro, dispuesta a recibir cualquier tipo de respuesta—. Venga —concluí, mirándolo de reojo—. Decide rápido, que los tomates y las papas no esperan… Te prometo que reflexionaré sobre la propiedad privada más tarde.
