27-12-2025, 06:33 PM
Día 61 de Invierno, Año 16.
“Todas estas universas e infinitas gentes, de todo género, crió Dios las más simples, sin maldades ni dobleces, obedientísimas y fidelísimas a sus señores naturales y a los cristianos a quienes sirven; las más humildes, pacíficas y quietas, sin rencillas ni bullicios, no rijosas ni querulosas, sin rencores, sin odios, sin deseo de venganza. Son, además, tan codiciosas de servir y agradar a los cristianos, que no hay mejor gente en el mundo para ello. Asimismo, son gentes paupérrimas, que menos poseen ni desean poseer bienes temporales; por lo cual no son soberbias, ambiciosas ni avarientas. Su comida es tal, que no hay hombres en el mundo que menos coman y que con menos se sustenten; su vestido es escaso, y así desnudos o casi desnudos andan. Son gentes de muy poco trabajo y que con poco se contentan.
Empero, de tanta mansedumbre y humildad, de tan gran pobreza y simplicidad, han hecho los cristianos una ocasión perversísima para destruirlos y aniquilarlos. Pues desde que los vieron tan dóciles y pacíficos, comenzaron a tratarlos no como a hombres, sino como a bestias, y aún peor que al estiércol de las plazas; así los han tenido y tratado hasta hoy, con crueldades extrañas, nuevas y jamás oídas”.
¿Por qué se repudia la existencia de Kyozan y no la del criminal visto en alta mar, que naufraga sólo para dañar más, y al que, por su épica bélica, se le permite seguir existiendo? ¿Dónde se traza el límite de lo tolerable? ¿Hasta cuándo comenzamos a considerar intolerables a ciertas especies? ¿Qué vuelve indeseable a un ser vivo cuando, bajo el pretexto de ayuda, se le impone una etiqueta inexpugnable?
El rumor se derrama por las calles bajo un frío incómodo; Zalik ha de adecuar sus ropas y, con ello, sale al exterior tras un rezo magnificado por la certeza de que, pronto, comenzaría a ejecutar aquello que durante tanto tiempo había amado en silencio. Sin conocimiento no se puede actuar y, sin fuerza, empuñar una daga tampoco. Al salir, es entonces cuando el murmullo alcanza sus oídos; titán colosal, comentan muchos, mientras otros hablan de una combinación entre toro y gigante, exageraciones previsibles de una sociedad contagiosa en su ignorancia, que señala en línea recta el lugar donde una gran bestia ha desaparecido. Si todo concuerda con lo sucedido, su carne fue débil. Hay sangre; gotas que se difuminan bajo pisadas torpes o por obra de la propia naturaleza. Zalik observa y, casi como si se tratara de una ayuda altruista, aparece allí donde aún cabía un hombre de corazón entero.
No es una persona altruista, pero tampoco mala. Generosa, sí, en la medida en que busca el bien mediante una ejecución que pocos se atreverían siquiera a nombrar. La opinión ajena, en lo que respecta al valor de sus actos, ha dejado de importarle; lo ha perdido todo y perder más es ya un acto imposible de emplear en su contra.
Rostro pálido como copo de nieve; facciones delicadas, aunque marcadas por un carácter masculino; cabello azabache que armoniza con sus ojos y mejillas enrojecidas por el frío. Labios carnosos y una expresión que, sin duda, recuerda a la de un ángel en busca del hombre al que ha venido a salvaguardar. El olor del incienso de canela se vuelve cada vez más próximo a la criatura que yace al fondo, y el mentolado de su aliento, fruto del chicle, mantiene aún más pulcra la etiqueta de su presencia. Se rasca la muñeca antes de hablar, observando tanto la herida como la expresión ajena; no percibe cada detalle, pero es suficiente para hacerse presente y evaluar la escena.
⸻Sois vos⸻dice con calidez, aun cuando su vestimenta, desprovista de color, pareciera arrebatarle tal cualidad.
⸻Perdóname; suelo emplear el “usted” de forma automática, espero no haberte interrumpido en algo⸻avanza dos pasos más y, aunque el otro pudiera verlo en plena oscuridad, la escasa luz existente termina por iluminarle el rostro.
⸻El pueblo habla, feich; pese a tu buena intención, y venía a asegurarme de que el disgusto no fuera absoluto. Soy… Zalik, es un placer conocerte. ¿Cómo te llamas? ¿Podría quedarme?
Qué es la vida si no existe la muerte; más aún, qué es la vida cuando en su seno habita la discriminación, cuando se parte ya desde el morir antes incluso de haber sido plenamente.
“Todas estas universas e infinitas gentes, de todo género, crió Dios las más simples, sin maldades ni dobleces, obedientísimas y fidelísimas a sus señores naturales y a los cristianos a quienes sirven; las más humildes, pacíficas y quietas, sin rencillas ni bullicios, no rijosas ni querulosas, sin rencores, sin odios, sin deseo de venganza. Son, además, tan codiciosas de servir y agradar a los cristianos, que no hay mejor gente en el mundo para ello. Asimismo, son gentes paupérrimas, que menos poseen ni desean poseer bienes temporales; por lo cual no son soberbias, ambiciosas ni avarientas. Su comida es tal, que no hay hombres en el mundo que menos coman y que con menos se sustenten; su vestido es escaso, y así desnudos o casi desnudos andan. Son gentes de muy poco trabajo y que con poco se contentan.
Empero, de tanta mansedumbre y humildad, de tan gran pobreza y simplicidad, han hecho los cristianos una ocasión perversísima para destruirlos y aniquilarlos. Pues desde que los vieron tan dóciles y pacíficos, comenzaron a tratarlos no como a hombres, sino como a bestias, y aún peor que al estiércol de las plazas; así los han tenido y tratado hasta hoy, con crueldades extrañas, nuevas y jamás oídas”.
¿Por qué se repudia la existencia de Kyozan y no la del criminal visto en alta mar, que naufraga sólo para dañar más, y al que, por su épica bélica, se le permite seguir existiendo? ¿Dónde se traza el límite de lo tolerable? ¿Hasta cuándo comenzamos a considerar intolerables a ciertas especies? ¿Qué vuelve indeseable a un ser vivo cuando, bajo el pretexto de ayuda, se le impone una etiqueta inexpugnable?
El rumor se derrama por las calles bajo un frío incómodo; Zalik ha de adecuar sus ropas y, con ello, sale al exterior tras un rezo magnificado por la certeza de que, pronto, comenzaría a ejecutar aquello que durante tanto tiempo había amado en silencio. Sin conocimiento no se puede actuar y, sin fuerza, empuñar una daga tampoco. Al salir, es entonces cuando el murmullo alcanza sus oídos; titán colosal, comentan muchos, mientras otros hablan de una combinación entre toro y gigante, exageraciones previsibles de una sociedad contagiosa en su ignorancia, que señala en línea recta el lugar donde una gran bestia ha desaparecido. Si todo concuerda con lo sucedido, su carne fue débil. Hay sangre; gotas que se difuminan bajo pisadas torpes o por obra de la propia naturaleza. Zalik observa y, casi como si se tratara de una ayuda altruista, aparece allí donde aún cabía un hombre de corazón entero.
No es una persona altruista, pero tampoco mala. Generosa, sí, en la medida en que busca el bien mediante una ejecución que pocos se atreverían siquiera a nombrar. La opinión ajena, en lo que respecta al valor de sus actos, ha dejado de importarle; lo ha perdido todo y perder más es ya un acto imposible de emplear en su contra.
Rostro pálido como copo de nieve; facciones delicadas, aunque marcadas por un carácter masculino; cabello azabache que armoniza con sus ojos y mejillas enrojecidas por el frío. Labios carnosos y una expresión que, sin duda, recuerda a la de un ángel en busca del hombre al que ha venido a salvaguardar. El olor del incienso de canela se vuelve cada vez más próximo a la criatura que yace al fondo, y el mentolado de su aliento, fruto del chicle, mantiene aún más pulcra la etiqueta de su presencia. Se rasca la muñeca antes de hablar, observando tanto la herida como la expresión ajena; no percibe cada detalle, pero es suficiente para hacerse presente y evaluar la escena.
⸻Sois vos⸻dice con calidez, aun cuando su vestimenta, desprovista de color, pareciera arrebatarle tal cualidad.
⸻Perdóname; suelo emplear el “usted” de forma automática, espero no haberte interrumpido en algo⸻avanza dos pasos más y, aunque el otro pudiera verlo en plena oscuridad, la escasa luz existente termina por iluminarle el rostro.
⸻El pueblo habla, feich; pese a tu buena intención, y venía a asegurarme de que el disgusto no fuera absoluto. Soy… Zalik, es un placer conocerte. ¿Cómo te llamas? ¿Podría quedarme?
