El sonido de los incontables golpes contra la madera resonaba en toda la calle. No era un ruido molesto, sino un latido constante que marcaba el paso de los habitantes en Isla Karate.
Elara caminaba por el borde de un pequeño canal de agua, observando cómo los pétalos de los los árboles caían y flotaban sobre la corriente. El aire aquí siempre olía a una mezcla extraña de sándalo y esfuerzo físico. Al menos, desde el tiempo que Elara estaba en la isla, se había acostumbrado completamente a esta situación. No era algo que fuese alejado a la realidad, pero al menos estaría bien el poder estar tranquila en ese ámbito.
Se detuvo frente a un pequeño puente. Sus alas, algo pesadas por la humedad del ambiente, se agitaron brevemente para sacudirse el polvo del camino, que a veces en algunas ocasiones era bastante incómodo. No buscaba nada en especial; solo quería disfrutar de un momento de paz antes de que el sol terminara de ponerse tras las montañas. De seguro no habría nada de malo en eso. O eso es lo que ella misma pensaba.
Sacó de su bolso una pequeña manzana, la frotó contra su túnica y le dio un mordisco mientras se apoyaba en la barandilla del puente. Sus ojos verdes se perdieron en el reflejo del agua, donde las nubes se movían lentamente. Era un ambiente bastante cómodo, agradable y no había ningún tipo de problema. De eso no cabía duda.
— Qué lugar tan curioso... nee~ —susurró para sí misma.
A pocos metros, un grupo de aprendices terminaba su entrenamiento, pasando a su lado con reverencias. Elara les devolvió una sonrisa tímida, sintiéndose diminuta entre tanta disciplina, al menos ella lo encontraba bastante interesante. Se quedó allí quieta, disfrutando del crujido de la fruta y del sonido del viento entre los árboles, esperando que el azar decidiera quién cruzaría el puente ese día.
Solo era una tarde tranquila, o al menos eso parecía.
Elara caminaba por el borde de un pequeño canal de agua, observando cómo los pétalos de los los árboles caían y flotaban sobre la corriente. El aire aquí siempre olía a una mezcla extraña de sándalo y esfuerzo físico. Al menos, desde el tiempo que Elara estaba en la isla, se había acostumbrado completamente a esta situación. No era algo que fuese alejado a la realidad, pero al menos estaría bien el poder estar tranquila en ese ámbito.
Se detuvo frente a un pequeño puente. Sus alas, algo pesadas por la humedad del ambiente, se agitaron brevemente para sacudirse el polvo del camino, que a veces en algunas ocasiones era bastante incómodo. No buscaba nada en especial; solo quería disfrutar de un momento de paz antes de que el sol terminara de ponerse tras las montañas. De seguro no habría nada de malo en eso. O eso es lo que ella misma pensaba.
Sacó de su bolso una pequeña manzana, la frotó contra su túnica y le dio un mordisco mientras se apoyaba en la barandilla del puente. Sus ojos verdes se perdieron en el reflejo del agua, donde las nubes se movían lentamente. Era un ambiente bastante cómodo, agradable y no había ningún tipo de problema. De eso no cabía duda.
— Qué lugar tan curioso... nee~ —susurró para sí misma.
Solo era una tarde tranquila, o al menos eso parecía.
