23-12-2025, 11:37 PM
—Pueeees… Como que estás hablando con “el parguela” que los hizo.
La frase hizo que Lampedusa tragase saliva. De verdad que a veces tenía la lengua más afilada que el filo de una daga. No es que le tuviera miedo a nadie, pero… Joder, una coneja de más de dos metros y medio delante de ella y que supiera hablar y caminar a dos patas… Desde luego eso no se veía todos los días.
—Retiro lo de parguela. Buen trabajo, Meister.
¿Era Meister su nombre? Ya ni se acordaba bien. Había dicho lo primero que se le había ocurrido, en verdad. ¿Para que iba a inventarse una trola consigo misma? A veces podía llegar a ser olvidadiza no, lo siguiente.
—Me alegra saber que han quedado bien, en todo caso. —La minkada, o algo así había dicho que era, agarró uno de los palos y comenzó a zamparse los pescados como si no hubiera probado comida decente en días—. ¡Ah, mierda, quema! ¡Aaaah, aaaah! —En vez de echar la comida, la mantuvo en la boca, soplando todo el rato mientras protestaba por tremenda gilipollez. Lampedusa al menos había tenido la decencia de soplarle un poco a la comida antes de llevársela a la boca. Eso y que aguantaba bien la comida a altas temperaturas, por lo que fuera. Para cuando terminó de hacer el parguela, la tal Meito tragó por fin y trató de hacer como que allí no había pasado nada—. Ah, sí, definitivamente quedó muy bien…
—Si tú lo dices, te creo. —No tenía ganas de caerle mal a un bicho que medía tres metros y de una ostia podía tumbarte, así que prefirió mantenerse más cortés que de costumbre—. La verdad no te han quedado naaaaaaaaaaada mal.
—¿Y qué te trae a esta hermosa selva? ¿Buscando algo puntual o solo te gusta comerte el pescado ajeno si se te da la chance? —Nada, el comentario fue como meterle el dedo en la llaga. Parecía que doña Begoña la coneja no sabía controlarse ni morderse la lengua para ser educada. Aunque bueno, ¿quién era ella para hablar? Si a todo tipejo que se cruzaba se cagaba en sus muertos habidos y por haber—. Te escuché acercarte, sonabas un poco… Desorientada. Estoy segura de que dista más de una vuelta alrededor de mi campamento antes de encontrarme.
Sí, eso le tocó aún más las tetas. Frunció el ceño y liberó su frustración a base de un pisotón fuerte al suelo.
—¡Pues porque tengo un enemigo mortal que me hace la puñeta cuando le da la gana! —Mordisqueó lo que le quedaba de comida—. ¡El universo, ese capullo malnacido, juega en mi contra y esconde los lugares de sitio! Estaba yo ahí, tan tranquila en un pueblucho de mierda y de golpe, ¡PUM! Aparecí de la nada en esta selva. ¿Te lo puedes creer?
La mirada de doña Begoña la coneja parecía traumada. Seguro que ella también debía de conocer a ese enemigo. Sino, ¿por qué una coneja gigante bípeda con gustos carnívoros iba a estar en un lugar como ese?
La frase hizo que Lampedusa tragase saliva. De verdad que a veces tenía la lengua más afilada que el filo de una daga. No es que le tuviera miedo a nadie, pero… Joder, una coneja de más de dos metros y medio delante de ella y que supiera hablar y caminar a dos patas… Desde luego eso no se veía todos los días.
—Retiro lo de parguela. Buen trabajo, Meister.
¿Era Meister su nombre? Ya ni se acordaba bien. Había dicho lo primero que se le había ocurrido, en verdad. ¿Para que iba a inventarse una trola consigo misma? A veces podía llegar a ser olvidadiza no, lo siguiente.
—Me alegra saber que han quedado bien, en todo caso. —La minkada, o algo así había dicho que era, agarró uno de los palos y comenzó a zamparse los pescados como si no hubiera probado comida decente en días—. ¡Ah, mierda, quema! ¡Aaaah, aaaah! —En vez de echar la comida, la mantuvo en la boca, soplando todo el rato mientras protestaba por tremenda gilipollez. Lampedusa al menos había tenido la decencia de soplarle un poco a la comida antes de llevársela a la boca. Eso y que aguantaba bien la comida a altas temperaturas, por lo que fuera. Para cuando terminó de hacer el parguela, la tal Meito tragó por fin y trató de hacer como que allí no había pasado nada—. Ah, sí, definitivamente quedó muy bien…
—Si tú lo dices, te creo. —No tenía ganas de caerle mal a un bicho que medía tres metros y de una ostia podía tumbarte, así que prefirió mantenerse más cortés que de costumbre—. La verdad no te han quedado naaaaaaaaaaada mal.
—¿Y qué te trae a esta hermosa selva? ¿Buscando algo puntual o solo te gusta comerte el pescado ajeno si se te da la chance? —Nada, el comentario fue como meterle el dedo en la llaga. Parecía que doña Begoña la coneja no sabía controlarse ni morderse la lengua para ser educada. Aunque bueno, ¿quién era ella para hablar? Si a todo tipejo que se cruzaba se cagaba en sus muertos habidos y por haber—. Te escuché acercarte, sonabas un poco… Desorientada. Estoy segura de que dista más de una vuelta alrededor de mi campamento antes de encontrarme.
Sí, eso le tocó aún más las tetas. Frunció el ceño y liberó su frustración a base de un pisotón fuerte al suelo.
—¡Pues porque tengo un enemigo mortal que me hace la puñeta cuando le da la gana! —Mordisqueó lo que le quedaba de comida—. ¡El universo, ese capullo malnacido, juega en mi contra y esconde los lugares de sitio! Estaba yo ahí, tan tranquila en un pueblucho de mierda y de golpe, ¡PUM! Aparecí de la nada en esta selva. ¿Te lo puedes creer?
La mirada de doña Begoña la coneja parecía traumada. Seguro que ella también debía de conocer a ese enemigo. Sino, ¿por qué una coneja gigante bípeda con gustos carnívoros iba a estar en un lugar como ese?
