16-12-2025, 05:38 PM
Apenas había avanzado un par de parágrafos cuando la voz de Dong se reptó por las viejas y maltrechas páginas buscando llamarle la atención.
Bai no se movió.
No quería hacerlo.
Pues sólo pedía terminar el capítulo que había dejado a medias o, como mínimo, terminar la ardiente escena que, de haberla leído de corrido, habría agitado su pulso y elevado sus colores. Sin embargo, el hombre era insistente cuando quería y, como ella hacía ver que no se enteraba, él continuó hablándole.
Y ahora sí que no podía evitarlo. Sobre todo, porque, en un determinado momento, su vista se había desviado sin querer hacia él -y por vista entendamos que hizo un movimiento brusco de cabeza hasta que ambos se encontraron. Así que ahí estaba ella, observándolo sin acabar de entender qué necesitaba, pero escuchándolo con atención.
Incluso, por un instante, hizo el ademán de levantarse por si estaba pidiendo agua o comida.
Pero tan pronto como lo hizo, Dong extendió el brazo hacia ella con pesadez y le acarició parte del cuello y clavícula.
-Debes estar febril...
Fue lo único que atinó a decir pues, con aquella sonrisa fatigada y tras tantas horas de larga inconsciencia, era el único motivo por el que se le ocurría que le necesitara de aquella manera.
-Ha sido mi culpa, lo siento -se disculpó para luego negar con la cabeza y acariciar su mano con suavidad recordando que hacía rato que no le tomaba la temperatura.
Y entonces, presa de la molestia consigo misma, se levantó y dejó el libro donde ella antes se había sentado no sin antes memorizar la página. Luego, se acercó hasta donde tenía el paño que había usado a lo largo de las horas para rebajar el calor del cuerpo de Dong y, mientras escuchaba al hombre repetir su nombre, lo hundió en el agua.
Cloc. Cloc. Cloc.
El sonido de las gotas podía indicarle al moreno que Bai se encontraba trasteando con algo.
Cloc, cloc, cloc, cloc.
Bai escurrió el trapo con fuerza y volvió junto a Dong.
- ¿Qué ocurre, Dong? - preguntó con la misma curiosidad que había sentido al escuchar su reclamo.
A continuación, se inclinó sobre él, le retiró varios mechones que cubrían su frente y colocó el paño doblado sobre ella. Al hacerlo, un par de gotas cayeron por el costado izquierdo de su cráneo y, Bai, al percatarse le limpió con ternura casi maternal.
-Dime, Dong. ¿Por qué dices tanto Bai? -inquirió mientras sus dedos continuaron acariciándolo hasta recorrer su mandíbula y terminar en el mentón.
Se le veía tan apagado... Una sombra del hombre que normalmente era.
De nuevo volvió a inclinarse sobre él, esta vez con intenciones completamente distintas, y sin mediar palabra buscó su mejilla para besarlo con ternura.
-Te vas a poner bien - le susurró tan pronto como sus labios se despegaron de su piel -. Te lo prometo. - Añadió poco antes de intentar separarse —. Y yo... Yo no prometo en vano, Dong.
Bai no se movió.
No quería hacerlo.
Pues sólo pedía terminar el capítulo que había dejado a medias o, como mínimo, terminar la ardiente escena que, de haberla leído de corrido, habría agitado su pulso y elevado sus colores. Sin embargo, el hombre era insistente cuando quería y, como ella hacía ver que no se enteraba, él continuó hablándole.
Y ahora sí que no podía evitarlo. Sobre todo, porque, en un determinado momento, su vista se había desviado sin querer hacia él -y por vista entendamos que hizo un movimiento brusco de cabeza hasta que ambos se encontraron. Así que ahí estaba ella, observándolo sin acabar de entender qué necesitaba, pero escuchándolo con atención.
Incluso, por un instante, hizo el ademán de levantarse por si estaba pidiendo agua o comida.
Pero tan pronto como lo hizo, Dong extendió el brazo hacia ella con pesadez y le acarició parte del cuello y clavícula.
-Debes estar febril...
Fue lo único que atinó a decir pues, con aquella sonrisa fatigada y tras tantas horas de larga inconsciencia, era el único motivo por el que se le ocurría que le necesitara de aquella manera.
-Ha sido mi culpa, lo siento -se disculpó para luego negar con la cabeza y acariciar su mano con suavidad recordando que hacía rato que no le tomaba la temperatura.
Y entonces, presa de la molestia consigo misma, se levantó y dejó el libro donde ella antes se había sentado no sin antes memorizar la página. Luego, se acercó hasta donde tenía el paño que había usado a lo largo de las horas para rebajar el calor del cuerpo de Dong y, mientras escuchaba al hombre repetir su nombre, lo hundió en el agua.
Cloc. Cloc. Cloc.
El sonido de las gotas podía indicarle al moreno que Bai se encontraba trasteando con algo.
Cloc, cloc, cloc, cloc.
Bai escurrió el trapo con fuerza y volvió junto a Dong.
- ¿Qué ocurre, Dong? - preguntó con la misma curiosidad que había sentido al escuchar su reclamo.
A continuación, se inclinó sobre él, le retiró varios mechones que cubrían su frente y colocó el paño doblado sobre ella. Al hacerlo, un par de gotas cayeron por el costado izquierdo de su cráneo y, Bai, al percatarse le limpió con ternura casi maternal.
-Dime, Dong. ¿Por qué dices tanto Bai? -inquirió mientras sus dedos continuaron acariciándolo hasta recorrer su mandíbula y terminar en el mentón.
Se le veía tan apagado... Una sombra del hombre que normalmente era.
De nuevo volvió a inclinarse sobre él, esta vez con intenciones completamente distintas, y sin mediar palabra buscó su mejilla para besarlo con ternura.
-Te vas a poner bien - le susurró tan pronto como sus labios se despegaron de su piel -. Te lo prometo. - Añadió poco antes de intentar separarse —. Y yo... Yo no prometo en vano, Dong.
