15-12-2025, 05:56 AM
Playing now: 60 minute mix of Caravan Palace
El edificio de ladrillo rojo se extendía frente a mí, llamativo e imponente ante el blanco paisaje contrastante, como una herida abierta en medio de la nieve. Sus muros parecían absorber la luz opaca del cielo, devolviéndola en un tono apagado y severo que imponía respeto incluso antes de cruzar el umbral. Debía ser discreto, o al menos eso habían comentado; una construcción que no llamara la atención, que pasara desapercibida entre la monotonía del entorno. Supongo que, para los estándares de este reino, esta estructura podía ser considerada como “discreta”, aunque a mis ojos destacaba demasiado, orgullosa de su presencia, negándose a fundirse con el paisaje.
El frío era igual de imponente, colándose entre la ropa y aferrándose a la piel con una crueldad paciente. Cada respiración se volvía visible, el humo escapando de mis labios al soltar un suspiro cansado, disolviéndose en el aire helado casi de inmediato. Mis dedos comenzaban a entumecerse y una ligera rigidez se apoderaba de mis extremidades, recordándome que permanecer allí fuera no era una opción sensata. Me congelaba, literal y figuradamente; el lugar no invitaba a la contemplación prolongada. Era mejor que entrara de una vez, antes de que el frío terminara por vencerme o de que mis dudas echaran raíces justo frente a esa puerta cerrada.
Al entrar, la luz amarilla del establecimiento me envolvió de inmediato, como si quisiera ofrecerme el calor que el exterior me había negado, suavizando el entumecimiento que aún se aferraba a mi cuerpo. El sonido incesante de la maquinaria aceleró mis sentidos, marcando un ritmo artificial que se colaba en mi pecho y me obligaba a avanzar. Era imposible no sentirse observado, no por miradas humanas, sino por la insistencia misma del lugar, por su pulso constante.
Me vi tentado por los numerosos juegos de azar activos a mi alrededor, luces intermitentes prometiendo fortuna inmediata, victorias fáciles, una felicidad comprada a plazos. El alcohol y el tabaco invadían mis fosas nasales, densos y dulzones, llamándome al disfrute despreocupado, a bajar la guardia. Cada aroma parecía diseñado para seducir, para empujarme un paso más allá de la razón. El lugar parecía emocionado de hacerme olvidar cada una de las cosas en mi mente, de disolver mis preocupaciones y arrastrarme, con una sonrisa luminosa y falsa, al pozo sin fondo del exceso y la deuda.
Pero no era la razón de encontrarme en este lugar.
De forma egoísta, aprovechando que me encontraba de vacaciones, habían llegado hasta mí murmullos y rumores sobre una joya excepcional: “Gyokko” la llamaban. Se trataba de una jadeíta de origen incierto, famosa por un corte único y poco convencional, cuya subasta tendría lugar en aquel casino en cuestión de minutos. Al principio despertó mi curiosidad, como lo hacen todas las rarezas bien guardadas; pero tras conocer su verdadero valor en el mercado y el interés que había suscitado entre coleccionistas y casas privadas, mi atención se transformó en algo mucho más intenso.
Había “tomado prestadas” un par de fichas de forma discreta de una de las mesas, haciéndome pasar por un jugador hambriento más, mirando de reojo al escenario de la subasta donde la gente pujaría por la preciada gema. Por supuesto yo no haría eso, vamos, no tengo tanto dinero.
Lo que me interesaba no era mis “competidores” sino el sistema de seguridad y la cantidad de personas resguardando mi próximo accesorio, solo necesitaba una ligera entrada para poder tomarlo y mientras la encontraba… jugaría un poco para pasar desapercibido. Pasaba una de las fichas de mano en mano, mientras me acercaba a una de las mesas con una sonrisa arrogante, acomodando ligeramente mi abrigo blanco. —Díganme, díganme ¿Alguien gusta apostar un par de fichas? Podemos hacerlo fácil, un rápido juego de pescar cartas. Me siento con una mucha suerte hoy ¿Me entiendes? — Sonreí, esperando que alguien se animara al juego.
El edificio de ladrillo rojo se extendía frente a mí, llamativo e imponente ante el blanco paisaje contrastante, como una herida abierta en medio de la nieve. Sus muros parecían absorber la luz opaca del cielo, devolviéndola en un tono apagado y severo que imponía respeto incluso antes de cruzar el umbral. Debía ser discreto, o al menos eso habían comentado; una construcción que no llamara la atención, que pasara desapercibida entre la monotonía del entorno. Supongo que, para los estándares de este reino, esta estructura podía ser considerada como “discreta”, aunque a mis ojos destacaba demasiado, orgullosa de su presencia, negándose a fundirse con el paisaje.
El frío era igual de imponente, colándose entre la ropa y aferrándose a la piel con una crueldad paciente. Cada respiración se volvía visible, el humo escapando de mis labios al soltar un suspiro cansado, disolviéndose en el aire helado casi de inmediato. Mis dedos comenzaban a entumecerse y una ligera rigidez se apoderaba de mis extremidades, recordándome que permanecer allí fuera no era una opción sensata. Me congelaba, literal y figuradamente; el lugar no invitaba a la contemplación prolongada. Era mejor que entrara de una vez, antes de que el frío terminara por vencerme o de que mis dudas echaran raíces justo frente a esa puerta cerrada.
Al entrar, la luz amarilla del establecimiento me envolvió de inmediato, como si quisiera ofrecerme el calor que el exterior me había negado, suavizando el entumecimiento que aún se aferraba a mi cuerpo. El sonido incesante de la maquinaria aceleró mis sentidos, marcando un ritmo artificial que se colaba en mi pecho y me obligaba a avanzar. Era imposible no sentirse observado, no por miradas humanas, sino por la insistencia misma del lugar, por su pulso constante.
Me vi tentado por los numerosos juegos de azar activos a mi alrededor, luces intermitentes prometiendo fortuna inmediata, victorias fáciles, una felicidad comprada a plazos. El alcohol y el tabaco invadían mis fosas nasales, densos y dulzones, llamándome al disfrute despreocupado, a bajar la guardia. Cada aroma parecía diseñado para seducir, para empujarme un paso más allá de la razón. El lugar parecía emocionado de hacerme olvidar cada una de las cosas en mi mente, de disolver mis preocupaciones y arrastrarme, con una sonrisa luminosa y falsa, al pozo sin fondo del exceso y la deuda.
Pero no era la razón de encontrarme en este lugar.
De forma egoísta, aprovechando que me encontraba de vacaciones, habían llegado hasta mí murmullos y rumores sobre una joya excepcional: “Gyokko” la llamaban. Se trataba de una jadeíta de origen incierto, famosa por un corte único y poco convencional, cuya subasta tendría lugar en aquel casino en cuestión de minutos. Al principio despertó mi curiosidad, como lo hacen todas las rarezas bien guardadas; pero tras conocer su verdadero valor en el mercado y el interés que había suscitado entre coleccionistas y casas privadas, mi atención se transformó en algo mucho más intenso.
Había “tomado prestadas” un par de fichas de forma discreta de una de las mesas, haciéndome pasar por un jugador hambriento más, mirando de reojo al escenario de la subasta donde la gente pujaría por la preciada gema. Por supuesto yo no haría eso, vamos, no tengo tanto dinero.
Lo que me interesaba no era mis “competidores” sino el sistema de seguridad y la cantidad de personas resguardando mi próximo accesorio, solo necesitaba una ligera entrada para poder tomarlo y mientras la encontraba… jugaría un poco para pasar desapercibido. Pasaba una de las fichas de mano en mano, mientras me acercaba a una de las mesas con una sonrisa arrogante, acomodando ligeramente mi abrigo blanco. —Díganme, díganme ¿Alguien gusta apostar un par de fichas? Podemos hacerlo fácil, un rápido juego de pescar cartas. Me siento con una mucha suerte hoy ¿Me entiendes? — Sonreí, esperando que alguien se animara al juego.

![[Imagen: Firma-Tezca.png]](https://i.ibb.co/sJMGWw7F/Firma-Tezca.png)