11-12-2025, 11:27 PM
Claro que lo recordaría. Shirel es difícil de olvidar, y no por poseer un temperamento excéntrico y jovial en lo social, sino por encarnar, en combate, una absoluta ausencia de amabilidad. El martillo. Arma que aplasta; que disuelve la voluntad, desgarra carne, grasa e incluso alma; que hunde al adversario y lo devuelve bajo tierra. Portaba un arma que sintetizaba su modo de luchar; alguien que, en el cuerpo a cuerpo, aguardaba el ataque y que, en un área amplia, levantaría más polvo que una montaña. Con eso soñaba: con no ser nunca reducido, porque no podía permitirse caer bajo el peso de nadie. Tenía claro quién era y hasta dónde podía llegar; miraría a la muerte de frente, sin vergüenza si fracasaba. Porque intentar aplastar siempre es preferible a quedar uno mismo aplastado.
Percibe la molestia en los ojos de Barald y, lejos de leer ofensa, reconoce un estímulo primario: continuar. Los límites se trazan y se entienden; y, por muy pícaro que fuese, siempre cabe pensar que una cerveza bastaría para disipar tensiones. Quizá el contacto no resultara tan indeseable.
⸻Olvidar mi nombre⸻murmura, casi entre risas. No afirmaría que fuera imposible, pero pronto vería, por la acción antes que por la palabra, que era alguien irrefutablemente singular. No singular por poder o prestigio, pues no los tenía ni los buscaba; sino singular en su conjunto. En ser él.
⸻Sí, el parchís… ¿de niños? ¡Já! ¿Temes perder ante mí en un juego que consideras muy por debajo de tus capacidades?⸻saca la lengua, mostrando los colmillos en los bordes de la boca. No pretendía convencer; pretendía provocar. Tal vez así lograra jugar… aunque, visto lo que seguía, quizá otro día.
Respecto a mentir, Shirel no sabe mentir. Y, aunque lo intente, no es por incapacidad innata, sino por educación: le enseñaron a decir la verdad y, si es completamente sincero, si buscara un porqué absoluto, sería que no la necesita. No requiere de la mentira para sostener su propia respiración. Es leal a su mirada del mundo, a lo que oye y percibe. No le es necesaria y duda que llegue a serlo; ¿qué clase de mundo miserable debe existir para que la mentira resulte un arma más eficaz que la verdad? Imposible. Las tornas deben cambiar. La mentira es producto de una libertad negada; y él se niega, radicalmente, a no ser libre. Eso es lo esencial; y sobra decir que lo defendería.
⸻¿Planes?⸻pregunta. Quiere ser capitán; por eso la cuestión toma un matiz que examina antes incluso de escuchar. Dirige la mirada hacia donde Barald señala y ve a un hombre enorme, quizá de tres metros, barrigudo, vitoreando sobre algo o alguien. Un objetivo. Amigo… espera; ¿lo era?
Amistad. Lealtad.
Su mente se acelera; reconoce esa irascibilidad suya, esa obstinación que en combate lo empuja a no detenerse jamás. A nunca retroceder.
Shirel tenía una debilidad. Una entre tantas, claro está. Pero esta era la defensa de lo que consideraba suyo y, desde una perspectiva objetiva, a sus amigos los concebía como propiedad. No como objetos: como propiedad vital. Algo que él guarda y debe proteger a cualquier precio.
Algo cambia. Se nota en el mordisco que se da en el labio inferior. Se hiere, deja escapar un hilo de sangre. Breve, sí; pero suficiente para revelar su propensión suicida en combate.
⸻Ah⸻emite con voz más grave, girándose hacia Barald⸻no quiero nada, chati. ¿Sabes por qué tengo estos dientes?⸻se inclina hacia su oreja, en un susurro. Peligro. El instante puro del peligro.
⸻Para arrancar mejor la carne⸻se aparta, le palmotea la espalda y deja que la imaginación haga su obra; sonríe. No en mueca macabra, sino tan luminosa como cualquier otra.
⸻Eh, tú, imbécil⸻apunta con el índice a la persona. No; se corrige mentalmente. Al objetivo.
⸻Por lo que veo, eres enemigo de mi amigo, chati. Y está tan cagado que me ha pedido ayuda⸻pues así lo interpretaba: si alguien pedía ayuda era porque no podía o el miedo era razonable.
⸻Déjame eso un momento⸻toma una botella de cristal, la estrella contra la mesa y corre hacia el hombre.
Shirel no era el más veloz; pero, en fuerza, destacaba. El hombre ríe, incrédulo; cree que podrá resistir. Subestimar siempre es un error. La hormiga, de ser grande, sería el animal más terrible e inexpugnable; y aun en su tamaño, mata criaturas cincuenta veces mayores.
El ataque es más súbito que de relámpago. Aprovecha la ventaja; hunde los fragmentos de cristal en el estómago del hombre y este se dobla, intentando arrancarse aquello que desgarra su punto débil. En cuanto lo hace, un derechazo al cráneo lo deja inconsciente de inmediato. Silencio. Eso sucede después. Un silencio físico, denso. Sangre en el suelo; un cuerpo convulsionando y pidiendo ayuda. Los ojos de Shirel se mueven de un lado a otro; no era locura, era su modo de impartir justicia. No héroe; no villano. Solo hacía lo que creía justo. Lo que garantizaba libertad.
Se da la vuelta, sonríe y levanta el pulgar, como diciendo "amenaza neutralizada", para luego regresar.
La confesión anterior podría haber sonado a canibalismo, pero no: Shirel simplemente verbalizaba lo que pensaba en ese instante. Se definía por acción y reacción.
⸻Listo; solucionado. Ahora me debes un favor, ¿lo sabes, verdad, chati?⸻porque quien pide y no devuelve queda endeudado; y quien vive endeudado sin ser nadie, jamás llegará a ser algo, pues… morirá en bancarrota.
Percibe la molestia en los ojos de Barald y, lejos de leer ofensa, reconoce un estímulo primario: continuar. Los límites se trazan y se entienden; y, por muy pícaro que fuese, siempre cabe pensar que una cerveza bastaría para disipar tensiones. Quizá el contacto no resultara tan indeseable.
⸻Olvidar mi nombre⸻murmura, casi entre risas. No afirmaría que fuera imposible, pero pronto vería, por la acción antes que por la palabra, que era alguien irrefutablemente singular. No singular por poder o prestigio, pues no los tenía ni los buscaba; sino singular en su conjunto. En ser él.
⸻Sí, el parchís… ¿de niños? ¡Já! ¿Temes perder ante mí en un juego que consideras muy por debajo de tus capacidades?⸻saca la lengua, mostrando los colmillos en los bordes de la boca. No pretendía convencer; pretendía provocar. Tal vez así lograra jugar… aunque, visto lo que seguía, quizá otro día.
Respecto a mentir, Shirel no sabe mentir. Y, aunque lo intente, no es por incapacidad innata, sino por educación: le enseñaron a decir la verdad y, si es completamente sincero, si buscara un porqué absoluto, sería que no la necesita. No requiere de la mentira para sostener su propia respiración. Es leal a su mirada del mundo, a lo que oye y percibe. No le es necesaria y duda que llegue a serlo; ¿qué clase de mundo miserable debe existir para que la mentira resulte un arma más eficaz que la verdad? Imposible. Las tornas deben cambiar. La mentira es producto de una libertad negada; y él se niega, radicalmente, a no ser libre. Eso es lo esencial; y sobra decir que lo defendería.
⸻¿Planes?⸻pregunta. Quiere ser capitán; por eso la cuestión toma un matiz que examina antes incluso de escuchar. Dirige la mirada hacia donde Barald señala y ve a un hombre enorme, quizá de tres metros, barrigudo, vitoreando sobre algo o alguien. Un objetivo. Amigo… espera; ¿lo era?
Amistad. Lealtad.
Su mente se acelera; reconoce esa irascibilidad suya, esa obstinación que en combate lo empuja a no detenerse jamás. A nunca retroceder.
Shirel tenía una debilidad. Una entre tantas, claro está. Pero esta era la defensa de lo que consideraba suyo y, desde una perspectiva objetiva, a sus amigos los concebía como propiedad. No como objetos: como propiedad vital. Algo que él guarda y debe proteger a cualquier precio.
Algo cambia. Se nota en el mordisco que se da en el labio inferior. Se hiere, deja escapar un hilo de sangre. Breve, sí; pero suficiente para revelar su propensión suicida en combate.
⸻Ah⸻emite con voz más grave, girándose hacia Barald⸻no quiero nada, chati. ¿Sabes por qué tengo estos dientes?⸻se inclina hacia su oreja, en un susurro. Peligro. El instante puro del peligro.
⸻Para arrancar mejor la carne⸻se aparta, le palmotea la espalda y deja que la imaginación haga su obra; sonríe. No en mueca macabra, sino tan luminosa como cualquier otra.
⸻Eh, tú, imbécil⸻apunta con el índice a la persona. No; se corrige mentalmente. Al objetivo.
⸻Por lo que veo, eres enemigo de mi amigo, chati. Y está tan cagado que me ha pedido ayuda⸻pues así lo interpretaba: si alguien pedía ayuda era porque no podía o el miedo era razonable.
⸻Déjame eso un momento⸻toma una botella de cristal, la estrella contra la mesa y corre hacia el hombre.
Shirel no era el más veloz; pero, en fuerza, destacaba. El hombre ríe, incrédulo; cree que podrá resistir. Subestimar siempre es un error. La hormiga, de ser grande, sería el animal más terrible e inexpugnable; y aun en su tamaño, mata criaturas cincuenta veces mayores.
El ataque es más súbito que de relámpago. Aprovecha la ventaja; hunde los fragmentos de cristal en el estómago del hombre y este se dobla, intentando arrancarse aquello que desgarra su punto débil. En cuanto lo hace, un derechazo al cráneo lo deja inconsciente de inmediato. Silencio. Eso sucede después. Un silencio físico, denso. Sangre en el suelo; un cuerpo convulsionando y pidiendo ayuda. Los ojos de Shirel se mueven de un lado a otro; no era locura, era su modo de impartir justicia. No héroe; no villano. Solo hacía lo que creía justo. Lo que garantizaba libertad.
Se da la vuelta, sonríe y levanta el pulgar, como diciendo "amenaza neutralizada", para luego regresar.
La confesión anterior podría haber sonado a canibalismo, pero no: Shirel simplemente verbalizaba lo que pensaba en ese instante. Se definía por acción y reacción.
⸻Listo; solucionado. Ahora me debes un favor, ¿lo sabes, verdad, chati?⸻porque quien pide y no devuelve queda endeudado; y quien vive endeudado sin ser nadie, jamás llegará a ser algo, pues… morirá en bancarrota.
