11-12-2025, 04:35 PM
Múltiples historias narran que quien porta una armadura siempre parece valiente… hasta que se topa con la batalla que lo obliga a quitársela. Luego están aquellas otras que describen a quienes disfrutan de las cicatrices que su propia piel es capaz de sostener. Ser de uno u otro bando es fácil; lo difícil es pertenecer al tercero: dichoso grupo temerario que se arranca la armadura y las cicatrices para volver a sentir el calor irradiante de un filo atravesando la carne y abriendo una hendidura llamativamente carmesí. Shirel pertenecía a esa tercera banda y, aunque ello no lo hacía especial en sí mismo, sí lo hacía particular en la manera en que había elegido ese camino. No era plenamente héroe ni plenamente villano. Antihéroe. Rebelión. Eso era lo que representaba.
Los pensamientos abruptos ajenos no suponían para él una amenaza real, aunque no sería la primera persona que querría matarlo. Tiempo atrás, en aquellos años tenebrosos para alguien no domesticado a pulso de humanidad, había sido otra criatura; tal vez una que, según ciertos criterios, habría debido ser despojada de la mismísima vida. Pero la redención existe y la educación, la codificación de aspectos positivos, también. Y era por eso que deseaba ser quien quería ser: libre, no atado a definiciones ni etiquetas que pretendieran preceder su evolución.
Sus ojos se agrandan como platos al ver que el ajeno no acoge su nombre a la primera. ¿En serio? ¿Cómo era posible? Shirel L. Cariban… no era tan difícil, ¿verdad? No, desde luego que no. ¡La explicación seguía vigente! El ruido. Esa era la culpa. Sin pensarlo, deja escapar un grito tan alto que la gente enmudece por unos segundos; un grito nacido del diafragma montañero, lanzado justo antes de que el contrario terminara de hablar.
⸻¡Te estás equivocando! Soy… ¡Shirel L. Cariban! Aunque puedes llamarme Shirel o… ¡Benga! Aunque te recomiendo más el primero que el segundo, chati⸻dice, mientras el círculo de personas comienza a disolverse, mirándolo con expresiones entre el disgusto y el miedo, según el rango de edad. Shirel percibe las miradas, pero el fulgor de sus ojos permanece intacto; era alguien de voluntad férrea, confiado y radicalmente aferrado a sus ideales. El juicio ajeno apenas le rozaba.
⸻¿De esta ciudad?⸻pregunta, mirando alrededor antes de tomarlo del antebrazo para llevárselo directamente hacia el bar. Un bar que, pese a su aspecto, ostentaba calidad tanto en la comida como en la gente. Allí abundaban marginados de toda clase; difícil era que surgiera una disputa por lo que iba a confesar a continuación:
⸻No, no, soy de la otra punta… aunque me conozco el lugar, ¡créeme!⸻y, ante las siguientes preguntas del otro, infla los mofletes. ¿Jugar al póker? Ni idea. Lo demás, en cambio, le parecía una oportunidad perfecta para demostrar que no era como el resto.
Extiende las manos al frente, aún con los mofletes hinchados, casi pensativo. Sus manos, llenas de callos producto del entrenamiento, eran ásperas; dedos largos y fuertes, apropiados para, en un futuro cercano, poder blandir su arma de casi dos metros y un peso descomunal.
⸻Ay, chati, siento mucho decirte que lo de las cartas se me da de puta pena… pero pelear sí se me da bien. Aunque, hey, soy una bestia en el parchís y, si no me equivoco, en esta taberna tienen ese juego.
Los pensamientos abruptos ajenos no suponían para él una amenaza real, aunque no sería la primera persona que querría matarlo. Tiempo atrás, en aquellos años tenebrosos para alguien no domesticado a pulso de humanidad, había sido otra criatura; tal vez una que, según ciertos criterios, habría debido ser despojada de la mismísima vida. Pero la redención existe y la educación, la codificación de aspectos positivos, también. Y era por eso que deseaba ser quien quería ser: libre, no atado a definiciones ni etiquetas que pretendieran preceder su evolución.
Sus ojos se agrandan como platos al ver que el ajeno no acoge su nombre a la primera. ¿En serio? ¿Cómo era posible? Shirel L. Cariban… no era tan difícil, ¿verdad? No, desde luego que no. ¡La explicación seguía vigente! El ruido. Esa era la culpa. Sin pensarlo, deja escapar un grito tan alto que la gente enmudece por unos segundos; un grito nacido del diafragma montañero, lanzado justo antes de que el contrario terminara de hablar.
⸻¡Te estás equivocando! Soy… ¡Shirel L. Cariban! Aunque puedes llamarme Shirel o… ¡Benga! Aunque te recomiendo más el primero que el segundo, chati⸻dice, mientras el círculo de personas comienza a disolverse, mirándolo con expresiones entre el disgusto y el miedo, según el rango de edad. Shirel percibe las miradas, pero el fulgor de sus ojos permanece intacto; era alguien de voluntad férrea, confiado y radicalmente aferrado a sus ideales. El juicio ajeno apenas le rozaba.
⸻¿De esta ciudad?⸻pregunta, mirando alrededor antes de tomarlo del antebrazo para llevárselo directamente hacia el bar. Un bar que, pese a su aspecto, ostentaba calidad tanto en la comida como en la gente. Allí abundaban marginados de toda clase; difícil era que surgiera una disputa por lo que iba a confesar a continuación:
⸻No, no, soy de la otra punta… aunque me conozco el lugar, ¡créeme!⸻y, ante las siguientes preguntas del otro, infla los mofletes. ¿Jugar al póker? Ni idea. Lo demás, en cambio, le parecía una oportunidad perfecta para demostrar que no era como el resto.
Extiende las manos al frente, aún con los mofletes hinchados, casi pensativo. Sus manos, llenas de callos producto del entrenamiento, eran ásperas; dedos largos y fuertes, apropiados para, en un futuro cercano, poder blandir su arma de casi dos metros y un peso descomunal.
⸻Ay, chati, siento mucho decirte que lo de las cartas se me da de puta pena… pero pelear sí se me da bien. Aunque, hey, soy una bestia en el parchís y, si no me equivoco, en esta taberna tienen ese juego.
