11-12-2025, 03:26 AM
La playa de noche era realmente refrescante: un refugio perfecto, aislado, casi sagrado. Lejos de todo, lejos de todos, era como si el mundo entero hubiera decidido olvidar este pequeño tramo de costa; nadie se acercaba a esta área en realidad, quizá porque la oscuridad la hacía parecer más vasta, más inmensa y misteriosa de lo que era durante el día. La arena, extendida como un manto plateado bajo la tenue luz de la luna, estaba fría, casi helada, y cada paso hundía mis pies en una textura suave que contrastaba con el rugido constante del océano. Ese sonido profundo, grave, áspero como un animal ancestral, me acompañaba y me hacía pensar… ¿Tan celoso estaba de la mujer que me acompañaba? Debería. Con ese carácter suyo, con esa presencia que acaparaba miradas incluso cuando nadie estaba cerca para verla, era normal que el mar mismo pareciera querer llamar su atención.
El aire, húmedo y caprichoso, me despeinaba sin pudor, nos despeinaba a ambos, jugando con nuestras siluetas y con las sombras que proyectábamos sobre la arena. Y aun así, incluso desordenados, incluso con la brisa intentando desarmar lo que éramos, seguíamos siendo magníficos; de hecho, ese desorden natural nos venía muy bien, como si resaltara algo esencial que en la luz del día se disimulaba.
Me quité los zapatos con un gesto casi ceremonial, dejándolos caer en la arena para poder sentirla directamente contra la piel. La sensación fría subió por mis piernas, despertándome, avivando una energía que no sabía que tenía. Avancé unos pasos más, acercándome peligrosamente a la orilla, dejándome arrastrar por la fascinación de ese límite entre lo firme y lo cambiante. Y entonces, finalmente, comencé a sentir el mar en los pies: primero una caricia tímida, luego un toque más decidido, como si el océano mismo quisiera saludarme… o advertirme. Cada ola que avanzaba y retrocedía parecía latir, respirar, vigilarnos, haciendo que aquella noche se sintiera más viva, más íntima, más nuestra.
Sus preguntas me bombardearon, pero suponía que debía responder como el anfitrión que era. —Mi trabajo requiere de mi constante viaje… A veces disfruto de lugares en solitario, mi instinto es el que me atrae a estas cosas. Voy y vengo. Soy un nómada, no hay más en cuanto a mi meta… Supongo que podría contarte un secreto. — Me acerqué a ella, susurrando en su oído. — Acabar con todo y todos ♪— Le sonreí maliciosamente para finalmente sentarme a su lado y atraer sus labios para besarla dulcemente, no le daría la oportunidad de pensar si aquello era verdad o mentira.
El aire, húmedo y caprichoso, me despeinaba sin pudor, nos despeinaba a ambos, jugando con nuestras siluetas y con las sombras que proyectábamos sobre la arena. Y aun así, incluso desordenados, incluso con la brisa intentando desarmar lo que éramos, seguíamos siendo magníficos; de hecho, ese desorden natural nos venía muy bien, como si resaltara algo esencial que en la luz del día se disimulaba.
Me quité los zapatos con un gesto casi ceremonial, dejándolos caer en la arena para poder sentirla directamente contra la piel. La sensación fría subió por mis piernas, despertándome, avivando una energía que no sabía que tenía. Avancé unos pasos más, acercándome peligrosamente a la orilla, dejándome arrastrar por la fascinación de ese límite entre lo firme y lo cambiante. Y entonces, finalmente, comencé a sentir el mar en los pies: primero una caricia tímida, luego un toque más decidido, como si el océano mismo quisiera saludarme… o advertirme. Cada ola que avanzaba y retrocedía parecía latir, respirar, vigilarnos, haciendo que aquella noche se sintiera más viva, más íntima, más nuestra.
Sus preguntas me bombardearon, pero suponía que debía responder como el anfitrión que era. —Mi trabajo requiere de mi constante viaje… A veces disfruto de lugares en solitario, mi instinto es el que me atrae a estas cosas. Voy y vengo. Soy un nómada, no hay más en cuanto a mi meta… Supongo que podría contarte un secreto. — Me acerqué a ella, susurrando en su oído. — Acabar con todo y todos ♪— Le sonreí maliciosamente para finalmente sentarme a su lado y atraer sus labios para besarla dulcemente, no le daría la oportunidad de pensar si aquello era verdad o mentira.

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