11-12-2025, 02:00 AM
Día 4 de Otoño, año 16.
Día intranquilo. El aire, impregnado minuciosamente de sal, y unas gaviotas que, con su canto insistente, parecen anunciar un mal augurio. El sol cae con la intensidad suficiente como para resultar molesto y el viento, ausente por completo, convierte la jornada en una suerte de verano antelado; astro que brilla con tal fuerza que las nubes, casi con alergia a dichoso fulgor, se retiran en masa... La gente suele ponerse de mal humor con el calor ¿en eso estamos de acuerdo, verdad?; sin embargo, Shirel parecía estar hecho de otra materia, pues precisamente el calor era lo que inclinaba su balanza hacia la vitalidad. Adoraba la calidez en todas sus formas y quizá por esa razón le fascinaba tanto el picante: el ardor, esa sensación de estar vivo, de sudar como si no hubiese un mañana; para él, ese era el recordatorio más veraz de que aún pisaba el planeta Tierra.
Cuanto más avanza hacia la ciudad, más alborotadas encuentra las calles, y ese ambiente lo percibe de inmediato cuando, a unas horas ambiguamente mañaneras, se dirige a un bar con la intención de pedir comida y, con suerte, ayuda. Había viajado hasta aquel lugar por motivos personales, movido por un rumor peculiar sobre la isla donde nació. Porque sí: aunque figuraba oficialmente como oriundo de esa tierra, aquella ciudad no le pertenecía del todo. Era de "la otra". Un intruso, vaya, y cualquiera que conociera mínimamente la situación política de la isla entendería la contradicción. Y en caso de que no, bastaba con preguntar; era un "secreto" a voces, de esos que nadie articula en público pero todos conocen.
Mientras avanza entre la multitud, Shirel termina envuelto en un círculo humano del que destaca, sorprendentemente, una "capa" negra que pronto descubre no ser capa sino gabardina. La porta un chico peculiar, distinto al resto; su presencia parecía ajena al paisaje local, como si perteneciera a otro tipo de mundo, quizá uno más prometedor. O quizá no. A Shirel le daba por pensar en positivo y encumbrar mentalmente a cualquiera que llamara su atención.
Lo toma por la gabardina, sin pedir permiso porque así era él, y tira suavemente. Shirel era extrovertido, casi expansivo; si alguien despertaba su curiosidad, era perfectamente capaz de interceptarlo sin más preámbulos. Allí estaban ambos, en medio del círculo, frente a un bar de poca monta que, pese a su aspecto, servía desayunos bastante aceptables.
⸻Hostias… tú de aquí no eres, ¿verdad? Se te nota, chati; no hace falta ni que hables⸻comenta, sin preocuparse demasiado de si acierta o no. Para él, lanzar supuestos era casi una herramienta social.
Su apariencia resultaba, de por sí, llamativa: chaqueta amarilla de neón, chándal gris y unas chanclas negras con calcetines. Aun así, era guapo; sus ojos carmesí, su pelo casi blanco y esos dientes afilados, impropios de un humano, aunque lo fuera, componían una imagen extraña pero... increíblemente magnética.
⸻Soy Shirel L. Cariban, chati. ¿Cómo te llamas? ¿Ibas para la movida del barete este? Joder, ¡te invito, va! Seguro que eres de esos tipos fuertes que algún día me salvarán de la inanición o de que me arranquen la cabeza; quién sabe. A no ser que… hostias, ¿te imaginas que nos peleamos? Nah, no podrías contra mí. Soy un tío de lo más molón, joder.
