10-12-2025, 10:09 PM
Stroud se rascó la cabeza por un instante, levantando su mirada gris del contenido del bolso para mirarla a ella. "Es difícil de decir. Supongo que porque la mayoría preferiría quedarse con el bolso, o desvalijarlo antes de entregarlo, quedarse con cualquier cosa de valor. La opción sencilla antes que la correcta, ya sabe cómo es la gente," dijo, sin ser consciente de que, en realidad, no lo sabía. "Lo justo no es siempre lo cómodo. Rara vez lo es." De alguna forma, la tal Gwendolyn Yang permanecía impermeable ante los intentos del mundo por corromperla. Por cuanto Stroud había visto, ese tipo de gente solía ser la que peor acababa, y, a menudo, la que más necesitaba a la Justicia.
Mientras la chica describía que había encontrado el bolso en algún lugar con olor a pan, Stroud lo cerró, habiendo terminado de examinar su contenido. Se incorporó, poniéndose de nuevo en pie, y dio un último trago al vasito de café que había sujetado todo ese tiempo. "Si no le importa..." dijo cuando la chica se ofreció a indicarle la dirección, permitiendo que se levantase y dándole espacio para que se orientase. Era interesante ver cómo se desenvolvía. "Me da la impresión de que se ha acostumbrado a un trato un poco condescendiente," se aventuró a afirmar, siguiéndola, mientras la chica empezaba a caminar hacia la calle en cuya dirección había señalado instantes atrás. Tenía por política no meterse en asuntos personales mientras estaba de servicio, pero no pudo evitarlo. "No se preocupe por lo que le hayan dicho, no vamos a tener ningún problema." Mientras caminaban, pasaron por al lado del puesto en que había pagado cinco mil berries un par de minutos atrás, y Stroud, sin decir nada a la muchacha, tomó la pipa de madera tallada que le ofrecía el tendero. El nombre ya debía de estar grabado, mas se fió del vendedor y no se detuvo a comprobarlo. En un gesto sutil, la guardó en el interior del bolsillo de su camisa y continuó caminando junto a la joven, manos tras la espalda. ¿Qué mejor souvenir de Whiskey Peak?
Sus cejas se arquearon ligeramente, no sin cierto estupor, cuando la chica mencionó su edad y habló del inicio de su viaje. En efecto, parecía que no era de allí. ¿Aquella joven estaba viajando por el Grand Line? No era Marine, claro, pero tampoco podía ser pirata. ¿Comerciante? ¿Viajaba por trabajo, tal vez? ¿Un asunto familiar? Era un auténtico enigma, pero hubiese sido descortés preguntar por un asunto tan personal. Esperó en silencio a que se aclarase con la dirección por la que caminar, caminando a su lado como una especie de señal luminosa para que la gente abriese paso. "Si está recorriendo el Grand Line, le garantizo que le quedan infinidad de años de viaje por delante," aseguró, esbozando una sonrisa. La mujer, por poco que lo aparentase, tenía algunos años más que él. "Pero me permitirá que no la tutee, por una cuestión de cortesía. Y porque es mayor que yo, claro," afirmó, sin poder evitar añadir el chascarrillo del final.
Continuaba caminando a su lado, deteniéndose cuando ella se detenía y caminando cuando ella caminaba, sus ojos grises recorriendo la multitud que los rodeaba y que abría paso para ella. Le hizo cierta gracia la disposición de la chica a charlar en aquella situación, aunque su interés parecía absolutamente genuino. No era habitual que le preguntasen si le gustaba su trabajo. La mayoría de civiles optaban por intentar solucionar el problema en cuestión y despachar la situación con las interacciones justas y necesarias. Stroud no podía culparlos. "¡Me extrañaría que nos hubiéramos cruzado, créame!," afirmó, esbozando una sonrisa. Su voz, por mucho que la elevase en ocasiones, jamás cambiaba de tono, en un bizarro efecto que se asimilaba a alguien hablar en tono conversacional, solo que a mayor volumen, como amplificada. "Tal vez en Samba, aunque no pasé demasiado tiempo allí. Pero sí, estoy contento con mi trabajo," respondió a su cuestión. Era consciente de que su servicio a la Justicia le granjeaba más antipatías entre la población que otra cosa, pero era una carga que consentía llevar sin quejarse. Le iba en el sueldo, pero, más allá de eso, consideraba deshonroso que los Marines se quejasen por cosas así. Servir a la Justicia era un honor que se llevaba en silencio, bajo la vergüenza o bajo la admiración. No importaba. "No sé qué cosas habrá escuchado. Muchas probablemente sean ciertas," dijo, y se paró por un instante a meditar sus siguientes palabras. Stroud era consciente, al igual que lo era de las virtudes de la Marina, de sus muchas faltas. "Hay mucho por hacer aún. Hacemos lo que podemos," se limitó a decir al fin. "Si me lo permite, ¿qué esperaban de usted, señora Yang? ¿A qué se refiere?," inquirió con cierto interés.
Mientras la chica describía que había encontrado el bolso en algún lugar con olor a pan, Stroud lo cerró, habiendo terminado de examinar su contenido. Se incorporó, poniéndose de nuevo en pie, y dio un último trago al vasito de café que había sujetado todo ese tiempo. "Si no le importa..." dijo cuando la chica se ofreció a indicarle la dirección, permitiendo que se levantase y dándole espacio para que se orientase. Era interesante ver cómo se desenvolvía. "Me da la impresión de que se ha acostumbrado a un trato un poco condescendiente," se aventuró a afirmar, siguiéndola, mientras la chica empezaba a caminar hacia la calle en cuya dirección había señalado instantes atrás. Tenía por política no meterse en asuntos personales mientras estaba de servicio, pero no pudo evitarlo. "No se preocupe por lo que le hayan dicho, no vamos a tener ningún problema." Mientras caminaban, pasaron por al lado del puesto en que había pagado cinco mil berries un par de minutos atrás, y Stroud, sin decir nada a la muchacha, tomó la pipa de madera tallada que le ofrecía el tendero. El nombre ya debía de estar grabado, mas se fió del vendedor y no se detuvo a comprobarlo. En un gesto sutil, la guardó en el interior del bolsillo de su camisa y continuó caminando junto a la joven, manos tras la espalda. ¿Qué mejor souvenir de Whiskey Peak?
Sus cejas se arquearon ligeramente, no sin cierto estupor, cuando la chica mencionó su edad y habló del inicio de su viaje. En efecto, parecía que no era de allí. ¿Aquella joven estaba viajando por el Grand Line? No era Marine, claro, pero tampoco podía ser pirata. ¿Comerciante? ¿Viajaba por trabajo, tal vez? ¿Un asunto familiar? Era un auténtico enigma, pero hubiese sido descortés preguntar por un asunto tan personal. Esperó en silencio a que se aclarase con la dirección por la que caminar, caminando a su lado como una especie de señal luminosa para que la gente abriese paso. "Si está recorriendo el Grand Line, le garantizo que le quedan infinidad de años de viaje por delante," aseguró, esbozando una sonrisa. La mujer, por poco que lo aparentase, tenía algunos años más que él. "Pero me permitirá que no la tutee, por una cuestión de cortesía. Y porque es mayor que yo, claro," afirmó, sin poder evitar añadir el chascarrillo del final.
Continuaba caminando a su lado, deteniéndose cuando ella se detenía y caminando cuando ella caminaba, sus ojos grises recorriendo la multitud que los rodeaba y que abría paso para ella. Le hizo cierta gracia la disposición de la chica a charlar en aquella situación, aunque su interés parecía absolutamente genuino. No era habitual que le preguntasen si le gustaba su trabajo. La mayoría de civiles optaban por intentar solucionar el problema en cuestión y despachar la situación con las interacciones justas y necesarias. Stroud no podía culparlos. "¡Me extrañaría que nos hubiéramos cruzado, créame!," afirmó, esbozando una sonrisa. Su voz, por mucho que la elevase en ocasiones, jamás cambiaba de tono, en un bizarro efecto que se asimilaba a alguien hablar en tono conversacional, solo que a mayor volumen, como amplificada. "Tal vez en Samba, aunque no pasé demasiado tiempo allí. Pero sí, estoy contento con mi trabajo," respondió a su cuestión. Era consciente de que su servicio a la Justicia le granjeaba más antipatías entre la población que otra cosa, pero era una carga que consentía llevar sin quejarse. Le iba en el sueldo, pero, más allá de eso, consideraba deshonroso que los Marines se quejasen por cosas así. Servir a la Justicia era un honor que se llevaba en silencio, bajo la vergüenza o bajo la admiración. No importaba. "No sé qué cosas habrá escuchado. Muchas probablemente sean ciertas," dijo, y se paró por un instante a meditar sus siguientes palabras. Stroud era consciente, al igual que lo era de las virtudes de la Marina, de sus muchas faltas. "Hay mucho por hacer aún. Hacemos lo que podemos," se limitó a decir al fin. "Si me lo permite, ¿qué esperaban de usted, señora Yang? ¿A qué se refiere?," inquirió con cierto interés.

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