06-12-2025, 05:50 AM
La puerta se abrió con un click al que le precedió el chirrido de unas bisagras que habrían sido responsables de acabar con el silencio del callejón, de no ser porque una ráfaga de viento silbó tan alto como para opacar el molesto sonido, además de mover con violencia los cabellos de los dos hombres frente a la puerta y, por último, una varilla metálica que rodó por el suelo y terminó chocando con el borde de un basurero. Un “clank” se escuchó aún más alto que el viento y, el médico, por simple instinto, tensó sus músculos y apretó sus puños antes de voltear hacia donde creyó escuchar el sonido metálico.
—¿Asustado? No hay nadie ahí, solo fue el viento…ya entra —. A pesar de las palabras del rubio, el pelirrosa achinó sus ojos y dio un último vistazo hacia el callejón al que llegaron luego de recorrer las calles por unos pocos minutos.
—No lo sé…algo no está bien esta noche, siento que alguien nos vigila —. El rubio ahogó una risa ante las palabras del médico y le dio una fuerte palmada en la espalda, lo suficiente para hacerlo avanzar hacia el interior del sitio, lo que obligó al pelirrosa a apoyarse en una pared para no rodar por las escaleras que descendían a lo que parecía una bodega…un lugar que conocía bastante bien.
Dio una última mirada atrás, como si quisiera comprobar que nadie más que su acompañante lo seguía, a lo que el otro hombre le hizo una seña de “todo despejado” y cerró la puerta de un tirón, aunque no se molestó si quiera en cerrarla ¿Por qué hacerlo? Otros de su grupo tal vez vendrían más tarde, además, no había escuchado que nadie los siguiera… ¿Por qué habrían de hacerlo de todos modos? Solo eran dos hombres caminando por el pueblo, no habían hecho nada malo. El rubio se encogió de hombros y bajó por las escaleras siguiendo al médico y, más temprano que tarde, ambos estuvieron en una habitación cuyo olor a humedad era palpable, aunque eso no era algo que el pelirrosa pudiera notar, pero, fuera de eso, había varios estantes con cajas y frascos… ¿Qué había en su interior? Eso no era del conocimiento del médico, tampoco le interesaba saber, no mientras no se relacionara con su trabajo.
Otra puerta dentro de la bodega se abrió y ahora, con claridad se alcanzaban a escuchar sollozos ahogados de personas que parecían haberse cansado de luchar. Ese si era su sitio.
Frente a él había varias celdas y un par de guardias que dormitaban en un banco…Vigilancia…una mera formalidad, pues las puertas metálicas de la celda no se abrirían con facilidad, además, el “ganado” era débil…eso era ley…siempre era así. Es verdad que se seleccionaban a los más “sanos”, pero también a los más “vulnerables”, a esos que nadie extrañaría, los que serían olvidados por no tener a nadie de su parte para defenderlos.
Hoy había tres de esos en tres celdas distintas. Ninguno pasaba de los 20 años, eso era claro, además, cuando el médico se acercó a las celdas para examinar desde la distancia, notó que no estaban demasiado heridos, que tenían un cuerpo que parecía vigoroso, sano.
—No podíamos darnos el lujo de traer a uno solo y que, por algún motivo, no sirviera, por eso tenemos a tres…puedes examinarlos como te plazca, en la otra habitación están los implementos que necesitas para…eh… ¿Cómo decirlo? …empezar con los cortes de carne para el que sea el elegido —. Uno de los chicos dentro de la celda se removió con inquietud y emitió un quejido lastimero más fuerte que los sollozos de antes, los otros dos, en cambio, apenas podían moverse bien. Parecían bien sedados, algo que hizo sonreír al médico.
—Jmmm… ¿Qué usaron para sedarlos? —La pregunta iba dirigida a Rafael, pero los ojos del médico se fijaron en los guardias, quienes, bajo su punto de vista, en lugar de ayudar solo estaban estorbando. —¿Puedes pedirles que se retiren? Tal vez servirían más si vigilan que no venga nadie o, al menos, que vayan a dormir en la bodega de la entrada —. Un dejo de nervios se dejó escuchar en su voz mientras que su mirada se movió de los guardias a la puerta que los conectaba con la bodega principal.
El otro hombre suspiró y con un movimiento de sus manos le ordenó a los vigilantes que salieran de la habitación. Obedecieron al instante y, refunfuñando por tener que levantarse de su “sueño”, se movieron hasta las escaleras por las que el médico y su acompañante habían entrado.
—Bien…eso está mejor —. El rostro del “médico” se giró de regreso hacia las celdas, específicamente hacia la del chico que antes se había movido a pesar de, supuestamente, estar sedado. No esperó que Rafael respondiera al tipo de “anestesia” usada en él, asumía que los encargados de “recoger” a la “mercancía” habían seguido instrucciones por alguien que supiera manejar bien todo el asunto, por eso se interesó en ese muchacho, porque dentro de los tres, no solo era el que, físicamente, parecía más fuerte, si no que era el más grande y eso solo se traducía en más carne para los exclusivos clientes que estaban pagando muy bien por la salvajada que estaba por hacer.
Tomó una de las llaves que los vigilantes dejaron alejadas de las celdas y luego, de uno de los estantes que estaban en el lugar, sacó un frasco con un líquido incoloro y una inyección. Extrajo algo del líquido y se dirigió a la celda del chico semi inconsciente.
—No te haré daño —. No por ahora, le faltó agregar. —Solo te haré unos exámenes…quiero saber si gozas de una buena salud —dijo con voz dulce, aunque sabía que sus palabras caerían en oídos sordos, que el chico, aunque pudiera moverse y quejarse, seguramente estaría demasiado agotado para pensar en las palabras de “consuelo” que el “doctor” le estuviera dirigiendo.
Al entrar a la celda tomó al chico del brazo y, sin pensarlo dos veces, clavó la inyección que traía en sus manos justo en una de las venas del brazo del muchacho y…y eso fue todo lo que alcanzó a hacer antes de escuchar unos ruidos en el exterior. Las voces de los guardias que parecían estar reclamándole a alguien por haber entrado a ese lugar.
Sus ojos se abrieron por la sorpresa y su rostro se giró para observar al rubio que lo acompañaba. Soltó al chico al que acababa de terminar de sedar y se levantó del piso de la celda, poniéndose en guardia, aunque no supiera que ocurría en la bodega de al lado.
—Tsk…Dijiste que nadie nos había seguido —. No quería afirmar algo como eso, pero tampoco ignoraría la realidad. Las voces de los vigilantes no eran de alegría, era un tono retador, como el de alguien a punto de iniciar una pelea si la otra persona no responde por las buenas.
