05-12-2025, 03:03 AM
El regreso al Golden Lion le produjo a Kibai la misma sensación extraña de volver a casa después de un día demasiado largo. Las calles olían a pescado recién descargado, al aceite quemado de los talleres y el cereal fermentado, todo unido a la humedad propia de la noche, mientras un viento extenso barría el puerto como si quisiera borrar los rastros de lo ocurrido en la zona industrial.
Kibai caminaba en silencio. Joss, en cambio, llevaba esa energía inquieta que siempre le brotaba después de un buen susto: hablaba rápido, gesticulaba todavía más rápido y, cada dos pasos, lanzaba miradas de reojo hacia su compañero, como si quisiera asegurarse de que el mink no se desplomara de puro agotamiento. Kibai, como era habitual, no daba ninguna señal clara de cansancio, pero aun así sentía los músculos pesados y una punzada rítmica bajo las costillas, recuerdo del golpe del kanabō. Aunque le habían parcheado, aquello le dolería un par de días.
Cuando cruzaron el umbral del Golden Lion, el murmullo de voces y el olor a guiso de pescado les envolvieron como una manta cálida. La iluminación amable del local contrastaba con el frío cada vez más intenso del exterior. Y, en una esquina del salón, una bandeja flotaba de un lado a otro entre las mesas, inclinándose con un equilibrio imposible para esquivar codos, jarras y taburetes.
¡No me lo creo, Fitto! llamó Joss, alzando una mano.
La bandeja dio un pequeño temblor, como un saludo, y después descendió suavemente. El diminuto Tontatta se asomó por un costado del plato más cercano, con sus habituales ojos brillantes y su sonrisa de quien nunca pierde la disposición de alegrarse por ver a un amigo.
¡Kibai! ¡Joss! dijo el pequeño, saltando a la mesa para quedar a su altura. ¡Por fin volvéis! ¿Cómo fue vuestro día? ¡Yo ya soy empleado oficial! El jefe dice que aumento las ventas solo con existir.
Una carcajada general se elevó desde la mesa contigua; alguien levantó la jarra y brindó por la “bandeja viviente”.
Kibai notó, por primera vez en toda la tarde, cómo la tensión se le aflojaba del pecho. A pesar del cansancio y de la sangre seca bajo las uñas, el ambiente del lugar tenía algo tranquilizador, algo que lo anclaba a tierra firme.
Pero no tuvo tiempo de disfrutarlo.
Porque Joss inhaló profundamente, abrió los brazos y gritó, como solo él sabía hacerlo:
¡¡OID, EL MINK SE HA CARGADO AL TRIGUERO ÉL SOLOOO!!
Media taberna se volvió hacia ellos. Un silencio de impacto cayó sobre el salón, seguido de un murmullo que se extendió como fuego entre la clientela.
Kibai sintió que la piel bajo el pelaje se le encendía. El impulso inmediato fue esconder la cabeza bajo la gorra, pero no la llevaba consigo. El segundo impulso fue marcharse por la puerta. Tampoco era opción. Así que lo único que pudo hacer fue quedarse allí, con las orejas rígidas, la cola hinchada como un pincel y una expresión que combinaba irritación con un deseo desesperado de que el suelo lo tragara.
Fitto abrió los ojos de par en par.
¿Cómo que… “se lo ha cargado”? preguntó con voz bajita pero elocuente.
Joss dio una palmada, encantado con la atención.
¡Pues tal cual y como lo oyes! ¡El Triguero, el mafioso de los muelles! ¡El tipo que tenía medio barrio pagando protecciones para no perder sus negocios! ¡Kibai lo dejó seco en el muelle sur! ¡Plas! ¡PUM! ¡De un golpe de esos raros suyos!
Los parroquianos comenzaron a acercarse. Algunos con respeto, otros con curiosidad, unos pocos con esa mezcla imperfecta de temor y admiración que nunca gustaba a Kibai.
Fitto, sin embargo, se giró hacia él con una sonrisa enorme y sincera.
Estoy orgulloso de ti dijo, dandole un golpe en el brazo con su puño diminuto. Eso sí que es ayudar a esta ciudad.
Las orejas de Kibai descendieron apenas un poco, relajándose. Era extraño: podía enfrentarse a hombres armados con un kanabō sin pestañear, pero no sabía qué hacer con un cumplido honesto.
Solo hice mi trabajo repitió, con la esperanza de que nadie añadiera nada más.
Por supuesto, fue una esperanza inútil.
Un hombre desde el fondo levantó su jarra.
¡Por el mink que plantó cara al usurero de los muelles!
¡Y por los marines que aún hacen algo por esta ciudad! añadió otro.
En cuestión de segundos, todo el local estaba brindando. Incluso el dueño, desde detrás de la barra, levantó una copa en su dirección.
Joss le dio un codazo a Kibai, risueño hasta la médula.
¿Ves? Te dije que te estabas integrando.
Kibai suspiró, resignado, mientras Fitto escalaba su brazo para situarse a la altura de su hombro.
Tché, ni que fuese humano… murmuró.
Pero esta vez, en el fondo de ese bufido, había un matiz distinto. Algo que, aunque él nunca lo admitiría, se parecía peligrosamente a satisfacción.
Kibai caminaba en silencio. Joss, en cambio, llevaba esa energía inquieta que siempre le brotaba después de un buen susto: hablaba rápido, gesticulaba todavía más rápido y, cada dos pasos, lanzaba miradas de reojo hacia su compañero, como si quisiera asegurarse de que el mink no se desplomara de puro agotamiento. Kibai, como era habitual, no daba ninguna señal clara de cansancio, pero aun así sentía los músculos pesados y una punzada rítmica bajo las costillas, recuerdo del golpe del kanabō. Aunque le habían parcheado, aquello le dolería un par de días.
Cuando cruzaron el umbral del Golden Lion, el murmullo de voces y el olor a guiso de pescado les envolvieron como una manta cálida. La iluminación amable del local contrastaba con el frío cada vez más intenso del exterior. Y, en una esquina del salón, una bandeja flotaba de un lado a otro entre las mesas, inclinándose con un equilibrio imposible para esquivar codos, jarras y taburetes.
¡No me lo creo, Fitto! llamó Joss, alzando una mano.
La bandeja dio un pequeño temblor, como un saludo, y después descendió suavemente. El diminuto Tontatta se asomó por un costado del plato más cercano, con sus habituales ojos brillantes y su sonrisa de quien nunca pierde la disposición de alegrarse por ver a un amigo.
¡Kibai! ¡Joss! dijo el pequeño, saltando a la mesa para quedar a su altura. ¡Por fin volvéis! ¿Cómo fue vuestro día? ¡Yo ya soy empleado oficial! El jefe dice que aumento las ventas solo con existir.
Una carcajada general se elevó desde la mesa contigua; alguien levantó la jarra y brindó por la “bandeja viviente”.
Kibai notó, por primera vez en toda la tarde, cómo la tensión se le aflojaba del pecho. A pesar del cansancio y de la sangre seca bajo las uñas, el ambiente del lugar tenía algo tranquilizador, algo que lo anclaba a tierra firme.
Pero no tuvo tiempo de disfrutarlo.
Porque Joss inhaló profundamente, abrió los brazos y gritó, como solo él sabía hacerlo:
¡¡OID, EL MINK SE HA CARGADO AL TRIGUERO ÉL SOLOOO!!
Media taberna se volvió hacia ellos. Un silencio de impacto cayó sobre el salón, seguido de un murmullo que se extendió como fuego entre la clientela.
Kibai sintió que la piel bajo el pelaje se le encendía. El impulso inmediato fue esconder la cabeza bajo la gorra, pero no la llevaba consigo. El segundo impulso fue marcharse por la puerta. Tampoco era opción. Así que lo único que pudo hacer fue quedarse allí, con las orejas rígidas, la cola hinchada como un pincel y una expresión que combinaba irritación con un deseo desesperado de que el suelo lo tragara.
Fitto abrió los ojos de par en par.
¿Cómo que… “se lo ha cargado”? preguntó con voz bajita pero elocuente.
Joss dio una palmada, encantado con la atención.
¡Pues tal cual y como lo oyes! ¡El Triguero, el mafioso de los muelles! ¡El tipo que tenía medio barrio pagando protecciones para no perder sus negocios! ¡Kibai lo dejó seco en el muelle sur! ¡Plas! ¡PUM! ¡De un golpe de esos raros suyos!
Los parroquianos comenzaron a acercarse. Algunos con respeto, otros con curiosidad, unos pocos con esa mezcla imperfecta de temor y admiración que nunca gustaba a Kibai.
Fitto, sin embargo, se giró hacia él con una sonrisa enorme y sincera.
Estoy orgulloso de ti dijo, dandole un golpe en el brazo con su puño diminuto. Eso sí que es ayudar a esta ciudad.
Las orejas de Kibai descendieron apenas un poco, relajándose. Era extraño: podía enfrentarse a hombres armados con un kanabō sin pestañear, pero no sabía qué hacer con un cumplido honesto.
Solo hice mi trabajo repitió, con la esperanza de que nadie añadiera nada más.
Por supuesto, fue una esperanza inútil.
Un hombre desde el fondo levantó su jarra.
¡Por el mink que plantó cara al usurero de los muelles!
¡Y por los marines que aún hacen algo por esta ciudad! añadió otro.
En cuestión de segundos, todo el local estaba brindando. Incluso el dueño, desde detrás de la barra, levantó una copa en su dirección.
Joss le dio un codazo a Kibai, risueño hasta la médula.
¿Ves? Te dije que te estabas integrando.
Kibai suspiró, resignado, mientras Fitto escalaba su brazo para situarse a la altura de su hombro.
Tché, ni que fuese humano… murmuró.
Pero esta vez, en el fondo de ese bufido, había un matiz distinto. Algo que, aunque él nunca lo admitiría, se parecía peligrosamente a satisfacción.
