04-12-2025, 09:50 PM
La gente del puerto se sobresaltó, hubo murmullos y manos señalando el mar, pues, de la nada, un fuerte chapuzón había ocurrido. Algo había aterrizado entre dos barcos y agitado las olas, provocando el mecer de los navíos, además de uno que otro marinero empapado por la erupción de agua posterior. Hombres y mujeres curiosos se acercaron al borde del muelle y miraron abajo, a las burbujas y la espuma, tratando de vislumbrar más allá de la superficie. ¿Un pájaro caído del cielo? ¿Una piedra arrojada desde quién sabe dónde? ¿Un hombre de las nubes caído desde la Grand Line?
—¡Pwah!
Desde las profundidades, una cabellera blanca emergió. El uniforme de marine, enjuagado por el agua salada, relucía mucho más. La tierra había sido arrancada de su tela, que resultó ser blanca y con detalles en azúl oscuro. El chaleco, los pantalones y la gorra de un soldado raso envolvían un maniquí de piel blanca, ojos rojos y un moretón notorio en la mejilla, enrojecida e hinchada, justo encima del lunar que coronaba la comisura de su boca.
Los ciudadanos de Karate intercambiaron miradas. ¿Ese no era el loco nudista? ¿Qué hacía disfrazado de marine? ¿Estaba tan loco como para robarle el uniforme a un miembro del brazo armado del gobierno? Antes de que pudieran exteriorizar sus dudas, sin embargo, Enji se sujetó del borde del muelle y saltó fuera del agua.
—¡Bastardos gigantes hijos de puta…! —rugió mientras se incorporaba, empapado.
Todos se hicieron a un costado, interpretando la ira en su vena hinchada, mirada afilada y ceño fruncido. Se abrió un pasillo en el tumulto y el marine pasó a la carrera, chorreando agua y levantando tierra. Una flecha atravesó la calle que subía desde el puerto hasta el centro del pueblo, donde pudo vislumbrar, sin muchos esfuerzos, la figura de los gigantes. Enji era una nube de tierra andante que llegó como un temporal sorpresivo, cuando nadie lo esperaba ni deseaba toparselo.
Desde la cortina de polvo saltó, se elevó unos metros en el aire y acabó sujetándose de la rodilla de uno de los gigantes. Desde allí, escaló. Subió por la pierna y saltó al brazo, como un insecto molesto para los enormes sujetos. Alcanzó el hombro, dio otro salto y su puño se incrustó en la mejilla del grandote que lo había golpeado. Si bien, su fuerza no estaba cerca de poder derribarlo, sí que lo hizo mover la cabeza a un costado.
Y, entonces, todo se descontroló.
El grupo de gigantes más Enji se convirtió en una nube de tierra, patadas y puños volando. Sonaban impactos secos, gruñidos de dolor, insultos y caídas, pero ninguno cedía.
—¡Enano de mierda!
—¡Gigantes me tienen los huevos con sus tonterías!
—¡¿Cuánto te volviste a sacar la ropa?!
—¡SHIHAHAHAHAHA!
—¡Pwah!
Desde las profundidades, una cabellera blanca emergió. El uniforme de marine, enjuagado por el agua salada, relucía mucho más. La tierra había sido arrancada de su tela, que resultó ser blanca y con detalles en azúl oscuro. El chaleco, los pantalones y la gorra de un soldado raso envolvían un maniquí de piel blanca, ojos rojos y un moretón notorio en la mejilla, enrojecida e hinchada, justo encima del lunar que coronaba la comisura de su boca.
Los ciudadanos de Karate intercambiaron miradas. ¿Ese no era el loco nudista? ¿Qué hacía disfrazado de marine? ¿Estaba tan loco como para robarle el uniforme a un miembro del brazo armado del gobierno? Antes de que pudieran exteriorizar sus dudas, sin embargo, Enji se sujetó del borde del muelle y saltó fuera del agua.
—¡Bastardos gigantes hijos de puta…! —rugió mientras se incorporaba, empapado.
Todos se hicieron a un costado, interpretando la ira en su vena hinchada, mirada afilada y ceño fruncido. Se abrió un pasillo en el tumulto y el marine pasó a la carrera, chorreando agua y levantando tierra. Una flecha atravesó la calle que subía desde el puerto hasta el centro del pueblo, donde pudo vislumbrar, sin muchos esfuerzos, la figura de los gigantes. Enji era una nube de tierra andante que llegó como un temporal sorpresivo, cuando nadie lo esperaba ni deseaba toparselo.
Desde la cortina de polvo saltó, se elevó unos metros en el aire y acabó sujetándose de la rodilla de uno de los gigantes. Desde allí, escaló. Subió por la pierna y saltó al brazo, como un insecto molesto para los enormes sujetos. Alcanzó el hombro, dio otro salto y su puño se incrustó en la mejilla del grandote que lo había golpeado. Si bien, su fuerza no estaba cerca de poder derribarlo, sí que lo hizo mover la cabeza a un costado.
Y, entonces, todo se descontroló.
El grupo de gigantes más Enji se convirtió en una nube de tierra, patadas y puños volando. Sonaban impactos secos, gruñidos de dolor, insultos y caídas, pero ninguno cedía.
—¡Enano de mierda!
—¡Gigantes me tienen los huevos con sus tonterías!
—¡¿Cuánto te volviste a sacar la ropa?!
—¡SHIHAHAHAHAHA!
