27-11-2025, 03:17 AM
El aire de Briss me había recibido con esa aspereza particular desde que llegamos hacía unos días con mi viejo —que andaba en pleno regateo con los mineros locales por unas vetas nuevas que habían abierto cerca de la llanura pétrea. Yo, en cambio, estaba a cargo del puesto. Una “responsabilidad familiar”, decía él. Y sí, artesana de gemas y metales… es todo un tema. Pero el oficio se volvió parte de mi piel.
Esa tarde el cielo estaba teñido de un vino espeso, como si la luz quisiera esconderse entre las torres ennegrecidas de alquitrán. Yo acomodaba un lote de amatistas que habían resistido el viaje sin astillarse —milagro puro— cuando sentí algo raro. No era un presentimiento cósmico ni una sombra de mala suerte revoloteando. Era… perfume vegetal. Flores. Una fragancia que no pertenecía a Briss ni en chiste.
Levanté la vista y lo que vi no fue una persona, sino un bulto floral, enorme, torcido, casi absurdo, caminando hacia el puesto. Tuve que parpadear.
— ¿Qué…? — empecé, pero la respuesta llegó sola después, desde abajo.
Ay, Dios. Ese tono. Esa chispa. Ese descaro vestido de humor seco, como si hubiera cruzado medio Grand Line sólo para hacer un chiste tonto que me arrancara un suspiro antes que una sonrisa.
El ramo se abrió como cortinas de teatro, y detrás apareció Ashveil.
Sí, lo recordaba. Cómo no. Esos ojos en espiral que parecían tragarse la luz y escupirla en forma de fuego ordenado. La mandíbula marcada... pero ahora no había más rango de tiempo para descripciones.
La tarde se me detuvo un instante. O yo. O todo Briss, que ya de por sí era un reloj de arena queriendo hacerse el elegante.
— Ashveil… — dije su nombre despacio, como si no quisiera que se gastara. Y la sonrisa que me salió no tenía defensa posible; me traicionó con todas las de la ley.
Él levantó el ramazo con esfuerzo, casi perdiendo equilibrio. Y ahí ya sí me reí, una risita baja, atravesada por esa ternura que odio que se me note.
— Hhh-heh-hhh... Pero mirá lo que sos… — me apoyé con los codos en el mostrador, inclinándome un poco para verlo bien entre los pétalos salvajes — Llegás así y parecés un mito mal envuelto.
Extendí las manos y tomé parte del ramo, lo suficiente para aliviarle el peso sin sacárselo del todo. Las flores se acomodaron entre mis dedos como si también estuvieran contentas de verme.
Sus siguientes palabras se me hundieron hondo. Demasiado hondo. Y la brisa que pasaba entre los callejones se mezcló con el perfume de esas flores. Y conmigo.
— Un océano entero, ¿eh? — le respondí bajito, pero firme. Lo miré directo, sin pestañear— Vos sí que no sabés medir distancias.
Me incorporé, apoyando un costado de la cadera contra el mostrador. Había algo en él distinto, como si estuviera tensado por dentro, buscando algo más que una simple visita. Ese tipo de cosas yo las huelo sin olfato fino; por algo me criaron entre gemas: aprendés a ver lo que no brilla a simple vista.
— Igual… — seguí, con una curva traviesa en los labios — si cruzaste todo eso para caer con este despliegue botánico, supongo que hiciste bien. No todos los días me vienen a ver con una selva entera bajo el brazo... es todo un tema.
Le acerqué un pétalo a la mejilla para correrle un mechón rebelde. Un gesto chiquito, pero que dijo más de lo que yo quería admitir.
— Me alegra verte, Ash. De verdad. Y si querías sorprenderme… bueno, lo lograste.
Hice un gesto hacia el interior del puesto donde las piedras reposaban como planetas quietos. En el proceso acomodaba las pulseras de una de mis manos, luego la tiara y posteriormente, jalando la blusa a la altura del pecho donde algunos pétalos se habían posado con picardía al menearse entre mis brazos.
— ¿Vas a pasar, o te quedás ahí fingiendo que las flores te sostienen la dignidad? Porque si viniste a buscar algo… — mi voz intentó volverse suave — acá estoy.
Esa tarde el cielo estaba teñido de un vino espeso, como si la luz quisiera esconderse entre las torres ennegrecidas de alquitrán. Yo acomodaba un lote de amatistas que habían resistido el viaje sin astillarse —milagro puro— cuando sentí algo raro. No era un presentimiento cósmico ni una sombra de mala suerte revoloteando. Era… perfume vegetal. Flores. Una fragancia que no pertenecía a Briss ni en chiste.
Levanté la vista y lo que vi no fue una persona, sino un bulto floral, enorme, torcido, casi absurdo, caminando hacia el puesto. Tuve que parpadear.
— ¿Qué…? — empecé, pero la respuesta llegó sola después, desde abajo.
Ay, Dios. Ese tono. Esa chispa. Ese descaro vestido de humor seco, como si hubiera cruzado medio Grand Line sólo para hacer un chiste tonto que me arrancara un suspiro antes que una sonrisa.
El ramo se abrió como cortinas de teatro, y detrás apareció Ashveil.
Sí, lo recordaba. Cómo no. Esos ojos en espiral que parecían tragarse la luz y escupirla en forma de fuego ordenado. La mandíbula marcada... pero ahora no había más rango de tiempo para descripciones.
La tarde se me detuvo un instante. O yo. O todo Briss, que ya de por sí era un reloj de arena queriendo hacerse el elegante.
— Ashveil… — dije su nombre despacio, como si no quisiera que se gastara. Y la sonrisa que me salió no tenía defensa posible; me traicionó con todas las de la ley.
Él levantó el ramazo con esfuerzo, casi perdiendo equilibrio. Y ahí ya sí me reí, una risita baja, atravesada por esa ternura que odio que se me note.
— Hhh-heh-hhh... Pero mirá lo que sos… — me apoyé con los codos en el mostrador, inclinándome un poco para verlo bien entre los pétalos salvajes — Llegás así y parecés un mito mal envuelto.
Extendí las manos y tomé parte del ramo, lo suficiente para aliviarle el peso sin sacárselo del todo. Las flores se acomodaron entre mis dedos como si también estuvieran contentas de verme.
Sus siguientes palabras se me hundieron hondo. Demasiado hondo. Y la brisa que pasaba entre los callejones se mezcló con el perfume de esas flores. Y conmigo.
— Un océano entero, ¿eh? — le respondí bajito, pero firme. Lo miré directo, sin pestañear— Vos sí que no sabés medir distancias.
Me incorporé, apoyando un costado de la cadera contra el mostrador. Había algo en él distinto, como si estuviera tensado por dentro, buscando algo más que una simple visita. Ese tipo de cosas yo las huelo sin olfato fino; por algo me criaron entre gemas: aprendés a ver lo que no brilla a simple vista.
— Igual… — seguí, con una curva traviesa en los labios — si cruzaste todo eso para caer con este despliegue botánico, supongo que hiciste bien. No todos los días me vienen a ver con una selva entera bajo el brazo... es todo un tema.
Le acerqué un pétalo a la mejilla para correrle un mechón rebelde. Un gesto chiquito, pero que dijo más de lo que yo quería admitir.
— Me alegra verte, Ash. De verdad. Y si querías sorprenderme… bueno, lo lograste.
Hice un gesto hacia el interior del puesto donde las piedras reposaban como planetas quietos. En el proceso acomodaba las pulseras de una de mis manos, luego la tiara y posteriormente, jalando la blusa a la altura del pecho donde algunos pétalos se habían posado con picardía al menearse entre mis brazos.
— ¿Vas a pasar, o te quedás ahí fingiendo que las flores te sostienen la dignidad? Porque si viniste a buscar algo… — mi voz intentó volverse suave — acá estoy.
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