25-11-2025, 03:21 PM
(Última modificación: 26-11-2025, 12:12 AM por Lucarne Ashveil.)
[personajeinvalido=2283]
El aire salobre y denso, cargado con el olor a brea, pescado seco y el metálico óxido que la marea deja a su paso, fue el primer sensor que regresó del limbo. Aquel hombre no despertó; emergió. Fue un ascenso lento y doloroso desde la oscuridad viscosa donde la conciencia se había disuelto bajo el peso del impacto, la adrenalina y, finalmente, la extenuación.
Al principio, solo hubo un latido sordo que parecía ser el motor del mundo, pero que pronto identificó como el palpitar de su propia sangre, aún espesa y pesada en sus venas. Se sentía anclado a un suelo irregular que se mecía con una suavidad somnífera. Un balanceo rítmico, como la respiración gigante de una bestia dormida.
Abrió los ojos. La luz del amanecer, filtrada por una portilla redonda, no era la agresiva cegadora que esperaba, sino un tono crepuscular, suavemente melancólico, teñido de naranja y violeta. Estaba recostado sobre fardos de cuerda y lona en la bodega de un navío. Un refugio tosco, pero que ahora se sentía como el único lugar seguro en el universo.
Se incorporó, sintiendo un dolor punzante en el costado que lo obligó a sofocar un grito, y llevó la mano al área. Uker. Solo Uker podría haberlo movido, protegido y, sobre todo, sacado de aquel infierno sin ser detectado. El recuerdo regresó como una ola fría: la persecución, el estruendo de los cañones, las órdenes gritadas, el rostro desesperado de Uker cargándolo como un saco, la carrera final hacia el muelle... y luego, la oscuridad.
Se arrastró hasta la escalerilla que conducía a cubierta, cada movimiento una protesta de sus músculos maltrechos. Cuando su cabeza superó la borda, el sonido y la imagen lo golpearon con la fuerza de un puñetazo. El aire era libre. Eran libres.
Un suspiro de alivio, amargo y breve, escapó de sus labios. Habían escapado de la isla-prisión, del confinamiento, de la ejecución inminente. Sintió el impulso de gritar, de reír, de agradecer a su amigo. Pero mientras miraba el mar, algo más en el horizonte distante capturó su atención, congelando la alegría naciente en su pecho.
Allí, emergiendo de la neblina matutina como una aguja clavada en el corazón de la civilización, se alzaba La Torre.
Mientras la miraba, el alivio que había sentido se evaporó, reemplazado por un terror frío y una culpa asfixiante.
Estaban solos.
Su mirada recorrió la cubierta. Cuerdas, aparejos, un timón y la figura solitaria de Uker. Solo ellos dos. ¿Y los demás? ¿Dónde estaban María con su risa de plata? ¿Dónde Jin, el hombre que hacía magia con la madera? ¿Y Hyak, que siempre era confiable? — ¿Y ellos, Uker? — preguntó, la voz cobrando fuerza a medida que la ira y la angustia se mezclaban. —¿Dónde demonios están nuestros nakamas? Thyrm, María... ¿Quién cubrió su retirada? ¿Los viste subir a otra embarcación? Dime que hay un plan B, un punto de encuentro. —
Volvió a abrir los ojos, y toda la debilidad física desapareció, reemplazada por la furia contenida de un líder que acaba de fallar a su equipo. Miró La Torre y, pensó que quizás ellos estaban allí todavía. No podía continuar navegando hacia la libertad con la posibilidad de que sus amigos estuvieran sufriendo bajo la sombra de aquel monumento de tiranía. La libertad en solitario era una mentira, un barco vacío.
— Uker — ordenó, apegado una lealtad que ardía más brillante que el sol naciente. — Estás herido. Necesitas descansar. Pero yo no puedo. — Señaló la proa, luego la Torre. La decisión estaba tomada, irrevocable. El camino de la huida era el camino de la cobardía y el abandono.
— Pero si no están libres, yo tampoco lo estoy. Volvemos. —
De su cinturón extrajo un pequeño y pulido objeto; un Den Den Mushi personal. Usandolo para comunicarse con Hyak.
El aire salobre y denso, cargado con el olor a brea, pescado seco y el metálico óxido que la marea deja a su paso, fue el primer sensor que regresó del limbo. Aquel hombre no despertó; emergió. Fue un ascenso lento y doloroso desde la oscuridad viscosa donde la conciencia se había disuelto bajo el peso del impacto, la adrenalina y, finalmente, la extenuación.
Al principio, solo hubo un latido sordo que parecía ser el motor del mundo, pero que pronto identificó como el palpitar de su propia sangre, aún espesa y pesada en sus venas. Se sentía anclado a un suelo irregular que se mecía con una suavidad somnífera. Un balanceo rítmico, como la respiración gigante de una bestia dormida.
Abrió los ojos. La luz del amanecer, filtrada por una portilla redonda, no era la agresiva cegadora que esperaba, sino un tono crepuscular, suavemente melancólico, teñido de naranja y violeta. Estaba recostado sobre fardos de cuerda y lona en la bodega de un navío. Un refugio tosco, pero que ahora se sentía como el único lugar seguro en el universo.
Se incorporó, sintiendo un dolor punzante en el costado que lo obligó a sofocar un grito, y llevó la mano al área. Uker. Solo Uker podría haberlo movido, protegido y, sobre todo, sacado de aquel infierno sin ser detectado. El recuerdo regresó como una ola fría: la persecución, el estruendo de los cañones, las órdenes gritadas, el rostro desesperado de Uker cargándolo como un saco, la carrera final hacia el muelle... y luego, la oscuridad.
Se arrastró hasta la escalerilla que conducía a cubierta, cada movimiento una protesta de sus músculos maltrechos. Cuando su cabeza superó la borda, el sonido y la imagen lo golpearon con la fuerza de un puñetazo. El aire era libre. Eran libres.
Un suspiro de alivio, amargo y breve, escapó de sus labios. Habían escapado de la isla-prisión, del confinamiento, de la ejecución inminente. Sintió el impulso de gritar, de reír, de agradecer a su amigo. Pero mientras miraba el mar, algo más en el horizonte distante capturó su atención, congelando la alegría naciente en su pecho.
Allí, emergiendo de la neblina matutina como una aguja clavada en el corazón de la civilización, se alzaba La Torre.
Mientras la miraba, el alivio que había sentido se evaporó, reemplazado por un terror frío y una culpa asfixiante.
Estaban solos.
Su mirada recorrió la cubierta. Cuerdas, aparejos, un timón y la figura solitaria de Uker. Solo ellos dos. ¿Y los demás? ¿Dónde estaban María con su risa de plata? ¿Dónde Jin, el hombre que hacía magia con la madera? ¿Y Hyak, que siempre era confiable? — ¿Y ellos, Uker? — preguntó, la voz cobrando fuerza a medida que la ira y la angustia se mezclaban. —¿Dónde demonios están nuestros nakamas? Thyrm, María... ¿Quién cubrió su retirada? ¿Los viste subir a otra embarcación? Dime que hay un plan B, un punto de encuentro. —
Volvió a abrir los ojos, y toda la debilidad física desapareció, reemplazada por la furia contenida de un líder que acaba de fallar a su equipo. Miró La Torre y, pensó que quizás ellos estaban allí todavía. No podía continuar navegando hacia la libertad con la posibilidad de que sus amigos estuvieran sufriendo bajo la sombra de aquel monumento de tiranía. La libertad en solitario era una mentira, un barco vacío.
— Uker — ordenó, apegado una lealtad que ardía más brillante que el sol naciente. — Estás herido. Necesitas descansar. Pero yo no puedo. — Señaló la proa, luego la Torre. La decisión estaba tomada, irrevocable. El camino de la huida era el camino de la cobardía y el abandono.
— Pero si no están libres, yo tampoco lo estoy. Volvemos. —
De su cinturón extrajo un pequeño y pulido objeto; un Den Den Mushi personal. Usandolo para comunicarse con Hyak.
"Aquí Ashveil. Responde. ¿Cuál es la situación? Se cortó la señal hace horas. ¿Lograste salir, Hyak... ? Voy a entrar en la Torre. Tienen que estar allí."
