[FIC - Pasado] Segando el trigo
#1
El día después de la Gran Carrera amaneció con un sol frío, pálido, como si también él estuviera descansando de los excesos de la noche anterior. La ciudad de Roshwan seguía oliendo a sake, nieve pisada y humo de chimenea; rastros de una celebración que, según los veteranos, siempre duraba unas cuantas horas más de lo razonable. Para Kibai, sin embargo, la mañana había sido tranquila. Una ducha caliente, un desayuno consistente, unos estiramientos para soltar las piernas doloridas por la caída en la montaña… y otra reprimenda del sargento de guardia por “conducta no reglamentaria en día festivo”. Nada grave o nada que él no esperase. Nada que arruinara la sonrisa que aún le hormigueaba tras haber compartido sake con sus nuevos… amigos.

Para cuando cayó la tarde, el cielo se tornó de un naranja apagado que se filtraba entre las chimeneas y velas de los barcos. La nieve comenzaba a endurecerse con el frío a medida que el sol iniciaba su descenso. El mink se disponía a volver a sus barracones cuando recibió un mensaje de parte de uno de los cadetes: Le habían asignado una patrulla doble al distrito comercial, él y Joss.

Joss llegó al punto de reunión con su habitual bufanda roja y una expresión alegre.

“Vaya, vaya…” dijo al verlo. “Si este no es el héroe de anoche.”

Kibai gruñó con suavidad.

“No gané la carrera, ¿recuerdas?”

“No hace falta. Viste a media ciudad más borracha que un gyojin pez globo y aun así te las arreglaste para caerles bien a todos. Créeme, eso tiene más mérito.”

Kibai fingió estirarse para disimular que se le erizaba la cola.

“Venga, vamos. Cuanto antes empecemos, antes acabaremos, no quisiera que la noche se nos echase encima de ser posible.”

“Creía que tú habías vivido de noche mucho tiempo.”

“Precisamente, no quiero que me de más nostalgia de la necesaria, y tu eres un topo en la oscuridad, no necesito hacerte de lazarillo.”

La nieve crujió bajo sus pisadas mientras avanzaban por las calles principales, envueltas en una mezcla agradable de actividad vespertina. Los comerciantes guardaban sus productos, un montón de niños correteaba entre los montones de nieve apilados en cada esquina, y algunos transeúntes aún comentaban los acontecimientos. Y, para sorpresa del mink, lo reconocían.

“¡Eh, el del salto de los tejados!” le gritó un hombre con una risa franca.

“¡Mira, mamá, es él! ¡El gato grande de la posada!” apuntó una niña pequeña desde los brazos de su madre, señalándolo sin vergüenza.

Otros simplemente sonreían, levantaban la mano o le ofrecían un “buen trabajo, muchacho”.

Joss disfrutaba cada segundo.

“¿Lo ves?” dijo inclinándose hacia él, entre divertido y satisfecho. “Tardaste un poco, pero ya empiezas a encajar. La gente te mira como a uno de los nuestros.”

Kibai agachó las orejas, aunque no pudo evitar mostrar una sonrisa pequeña, sincera.

“Supongo que no está mal…”

“¿No está mal? ¡Anda ya! En Zou debíais de ser igual: cuando haces el tonto con otros, te vuelves parte del grupo.”

La mención a su hogar le provocó a Kibai una ligera presión en el pecho, una mezcla de nostalgia y frío. Pero respiró, dejando que los rostros humanos que lo saludaban lo anclaran al presente.La patrulla continuó; cruzaron la zona residencial, luego la plaza sur, y finalmente llegaron a la parte viva de la tarde: el distrito comercial junto a los muelles. Tiendas pequeñas, puestos de comida, empaquetadores que preparaban mercancías que saldrían con la próxima marea... El olor a pescado fresco, madera mojada y alcohol fermentado se mezclaba con el bullicio de los estibadores.

Pero algo distaba mucho de ser normal.

Una alarma sonó en el extremo sur del distrito: un silbato agudo, repetido tres veces. Alguien gritó:

“¡Auxilio, guardias! ¡Los ladrones han atacado los puestos de recaudación!”

Joss y Kibai intercambiaron una mirada que no necesitó de palabras antes de salir corriendo hacia la zona sur.
 
Los dos marines llegaron justo cuando los comerciantes se agrupaban frente a tres puestos levantados a medias, con mercancías tiradas por el suelo y cajas destrozadas. Las huellas en la nieve eran un caos reciente: varias figuras embozadas en ropas oscuras salían corriendo en dirección a los callejones.

“¡Vamos!” ordenó Joss, sin esperar confirmación.Kibai lo siguió, sacudiendo las orejas para concentrarse.

Los ladrones conocían perfectamente el área. Tomaban cada giro antes de que los dos reclutas pudieran reaccionar. Se escurrían entre callejones, pasaban bajo cuerdas colgantes o trepaban escaleras improvisadas tratando por todos los medios de dejar atrás a sus perseguidores. Joss y Kibai hicieron lo posible: esquivaron barriles, saltaron cajas, se deslizaron entre puertas entreabiertas… pero al cabo de dos minutos, las huellas se dispersaron en distintas direcciones.Se habían desvanecido.

Joss apoyó las manos en las rodillas, jadeando vapor.

“Maldita sea… otra vez no. Estos tipos… estos tipos siempre se escurren igual.”

Kibai, sin embargo, permaneció muy quieto. Su nariz vibró al captar algo: un olor metálico y salado que conocía muy bien.

Sangre. Fresca. Muy reciente.

Giró la cabeza hacia una caja rota. Uno de los clavos sobresalía y la punta estaba teñida de color rojo oscuro, que iba goteando lentamente hacia el suelo, destacando notoriamente contra el blanco de la nieve.

“Uno de ellos está herido” dijo Kibai con un tono entre alerta y satisfacción. “Parece ser que no fueron tan cuidadosos como creían.”

Joss levantó la mirada.

“¿Y qué vamos a hacer, crees que puedes seguir el rastro solamente a partir de eso?

“Si es tan reciente como creo… sí.”

Pero antes de marcharse, una voz suave los detuvo.

“No deberíais molestaros en hacer eso, solamente causaréis más problemas”.

Una joven se les acercó. Tendría unos veinte años, vestía un grueso abrigo de lana, con el pelo recogido en un moño bajo y ojeras profundas de agotamiento. Kibai recordaba haberla visto en uno de los puestos asaltados. Sus dedos aún temblaban por el susto.

“Mi nombre es Makino, soy la ayudante de uno de los comerciantes del puerto.” dijo, inclinando ligeramente la cabeza. “Y antes de que corráis tras esos hombres… escuchadme. Lo ocurrido hoy no será la última vez que pase.”

Joss frunció el ceño.

“¿Qué quieres decir?”

Ella suspiró.

“Que esto ha ocurrido porque mi jefe no ha podido pagar esta la “protección”. Igual que todos los demás. Cada mes uno tiene que comprar algunos suministros en la tienda de un hombre llamado Garruk el Triguero. Si no compras… pasan estas cosas. Y si compras, por muy caros que ponga los precios, tus ingresos y tu negocio estarán a salvo.”

Kibai tensó la mandíbula.

“O sea, básicamente es un sistema de extorsión.”

“Llámalo como quieras” respondió Makino con una mueca amarga. “Pero si preguntáis en la base, os dirán que no hay pruebas. Nadie puede acusarlo directamente. No usa matones con su insignia, ni deja mensajes. Solo “coincidencias”. Y si te atreves a señalarlo… bueno, tu tienda “sufre mala suerte”.”

Joss se frotó la cara con frustración.

“Esto es una locura… ¡No podemos permitir algo así en nuestra ciudad!”

Kibai seguía examinando la mancha de sangre con los ojos brillantes.

“Quizá hayan sido cuidadosos… pero alguien ha sangrado. Y ese olor no desaparece tan rápido.”

Joss dio un paso hacia él.

“¿Puedes seguirlo de verdad?”

Kibai se enderezó.

“Puedo intentarlo. Y será mejor que me sigas de cerca.” Girándose hacia Makino, le dirigió una mirada tranquilizadora. “Esté tranquila, señorita, nos aseguraremos de que esto no vuelva a ocurrir.”
 
El rastro no era directo, ni mucho menos claro; estaba mezclado con nieve, huellas de botas, olor a pescado, aceite de máquinas… pero la sangre sobresalía como un hilo fino y persistente que serpenteaba entre los callejones.

Kibai descendió por una rampa estrecha entre dos almacenes.

“Están moviéndose hacia la zona industrial“ murmuró.

“¿Hacia las destilerías?” preguntó Joss, sorprendido. “No tiene sentido… ahí apenas vive gente.”

“Quizás por eso mismo se están dirigiendo hacia allí” respondió el mink.

Continuaron. Pasaron junto a varias de las fábricas, edificios de madera y piedra coronados con chimeneas humeantes, tuberías calientes cubiertas de escarcha y paredes ennegrecidas por el vapor. El olor al cereal fermentado se intensificó; la zona industrial estaba preparando la producción de cerveza para la siguiente temporada.
El rastro los condujo hasta un callejón cerrado entre dos grandes plantas de procesado. El único edificio iluminado era un local de madera reforzada, con ventanas tapiadas y una puerta pesada. Y delante de la entrada, dos hombres robustos montaban guardia con los brazos cruzados, y bultos muy sospechosos bajo sus abrigos denotaban que iban armados. No llevaban distintivos, pero parecían profesionales.

Joss tragó saliva.

“Bueno… no sé tú compañero, pero esto no tiene pinta de ser precisamente un club de lectura.”

Kibai entrecerró los ojos. Su cola bajó lentamente mientras se acuclillaba para captar mejor el olor.

“Aquí termina el rastro.”

“Entonces…” Joss dejó la frase en el aire.

Kibai no necesitaba más pruebas.

“Sí. Los ladrones han entrado ahí.”

Los guardias los miraron fijamente, y sus manos se deslizaron lentamente hacia el interior de sus abrigos. El viento agitó la nieve a su alrededor. La luna, medio oculta entre nubes, comenzaba a emerger.

Y justo antes de que cualquiera hablara, Kibai se giró con calma hacia su compañero.

“Joss… avisa al cuartel. Esto es más grande de lo que pensábamos. Es factible que necesitemos refuerzos.”

El joven se volvió hacia él.

“Estás loco si piensas que voy a dejarte aquí solo.”

“Alguien tiene que ir al cuartel a avisar, y alguien tiene que quedarse. No nos han proporcionado un Den Den Mushi todavía así que dependemos de tus piernas. Si voy yo, el rastro podría enfriarse. Así que no te lo pienses más. Vete.”

El humano abrió la boca para protestar, pero algo en la expresión del mink, esa mezcla de determinación y peligro, pareció acabar por converse.

“Está bien. Solo…Ten cuidado, Kibai, ¿quieres?. No cometas ninguna estupidez.”

Kibai asintió levemente, pero no apartó la vista de los dos hombres mientras su compañero emprendía el regreso a la carrera hacia la colina del cuartel.

El aire olía a humo, a la cebada tostada y a la sal proveniente del mar, un aroma tan propio que ya lo reconocía como el olor de fondo de Roshwan. El mink permanecía inmóvil en la boca del estrecho callejón, mirando fijamente la puerta del almacén iluminado tenuemente por faroles colgados de cadenas. El rastro de sangre que había seguido, apenas perceptible para cualquier humano, se percibía tan claramente para él como una flecha en un mapa, señalando directamente a los tablones de madera.

Kibai respiró hondo antes de comenzar a caminar hacia los dos hombres que custodiaban la entrada del almacén. Ambos individuos se tensaron, y uno de ellos se adelantó un par de pasos extrayendo la empuñadura de un puñal del interior de su grueso abrigo de fieltro.

“Vaya, vaya…“ dijo el hombre, mostrando una sonrisa torcida. “Mira lo que tenemos aquí. Otro de esos animales listos que se creen héroes del barrio.”

“Lo conozco, estaba en la carrera de ayer. Creo que te has perdido, chico.” añadió el otro, ladeando la cabeza. “Aquí no hay puestos de sake ni chicas gritando tu nombre por la carrera. Será mucho mejor para ti que te vayas por donde has venido.”

Kibai apretó levemente las mandíbulas, aunque se obligó a mantener un tono sereno.

“Estoy persiguiendo a un ladrón que ha causado daños en el distrito del puerto” dijo pasando la mirada de uno de los guardias al otro. “Un hombre herido ha entrado en este establecimiento. Necesito verlo.”

Los dos matones se miraron durante un segundo y estallaron en carcajadas.

“¿Ladrón?” se burló el de la derecha. “Aquí no hay más ladrones que los que vienen buscando bronca.”

“Última advertencia, recluta.” añadió el otro, ya sacando el cuchillo del abrigo y apuntando con la hoja hacia Kibai. “Lárgate, si sabes lo que te conviene.”

Kibai apoyó suavemente la mano sobre la empuñadura de Raimei.

“Deponed las armas y apartaos a un lado. Nadie tiene por qué salir herido.”

La sonrisa de ambos se volvió casi caricaturesca.

“Míralo, hasta habla como un soldadito…” susurró uno.

“Creo que está claro que vamos a tener que enseñarte a no meter la nariz donde no te llaman” añadió el que tenía el cuchillo desenvainado, lanzándose hacia él dirigiendo una puñalada contra el pecho de Kibai.

Pero antes de que pudiese alcanzar a su objetivo, Raimei apareció entre medias con un sonoro clang. Kibai giró su muñeca, desviando el cuchillo hacia su derecha, y en el mismo movimiento golpeó con el pomo de la espada la sien del agresor. El hombre se desplomó en la nieve como un fardo, inconsciente incluso antes de tocar el suelo.
El segundo matón dio un paso atrás, sacando el cuchillo a su vez, aunque su posición parecía más defensiva que animosa para atacar.

Kibai apuntó la hoja de Raimei hacia él, .

“Dile a tu jefe que sus labores de protección se han terminado” ordenó con voz firme. “A partir de hoy, de eso se encarga la Marina.”

El matón abrió la boca, cerró la boca, tragó saliva y retrocedió lentamente hasta tocar la puerta con la espalda.

“E-Espera aquí.” balbuceó.

Acto seguido, desapareció dentro del almacén, cerrando la puerta tras de sí.

Kibai respiró hondo, aguardando pacientemente apartando de vez en cuando la nieve que continuaba cayendo sobre sus hombros, con el oído atento por si escuchaba alguna otra puerta abrirse que indicase alguna fuga.
Segundos después, la puerta se abrió y el matón asomó la cabeza, ya más calmado.

“El Triguero quiere verte.”

Kibai envainó la espada, y sin pensarlo dos veces, entró.

El interior era una gran nave de la misma madera oscura del exterior, iluminada por antorchas y lucernas. Había enormes cubas de cerveza apiladas contra una pared, montones de sacos de trigo y maquinaria rudimentaria para mover los granos. Un almacén disfrazado de destilería. A ambos lados, alrededor de una docena de individuos de mal porte y peor pinta le clavaban los ojos.

Y en el centro, justo delante de él, sentado en un enorme butacón subido a una tarima compuesta de cajas y tablones se encontraba un hombre gigantesco, con una panza prominente, barba espesa y manos como palas. Sus ojos eran pequeños y astutos. A su lado, apoyado sobre un lateral del asiento, descansaba un kanabō negro de hierro puro, lleno de puntas romas. Un arma diseñada para aplastar cuerpos hasta convertirlos en pulpas sangrantes.

“Así que tú eres el gatito nuevo que está molestando a mis chicos” dijo con voz profunda y ronca. “El mismo que estuvo corriendo ayer como un idiota por los tejados de mi ciudad. Confieso que te reconocí por las orejas.”

Kibai mantuvo la compostura, aunque la mano que se apoyaba en el pomo de Raimei se tensó, dejando ver un par de centímetros de las garras.

“Estoy investigando un robo que ha ocurrido hoy en el mercado del puerto.”

“¿Robo?” Garruk se rió con fuerza, sonando casi como un motor en marcha, haciendo que su vientre se bambolease arriba y abajo. “Aquí no ha habido ningún robo. Solo mala suerte de la gente que no sabe hacer negocios. Si no pagan… otros pagan por ellos.”

Los hombres a su alrededor rieron a su vez. Kibai controló su posición a ambos lados, antes de aferrar la empuñadura de su espada.

“Exigir pagos por protección es un delito.”

“¿Ah, sí? No me digas…” El Triguero ladeó la cabeza, sonriendo con sorna. “¿Y quién lo dice? ¿Tú? ¿Un recluta recién bajado del barco? ¿Tienes pruebas? ¿Testigos? ¿Documentos? ¿Alguien que vaya a declarar?”

Kibai, sin alterar el tono, cerró los ojos para localizar la posición exacta de lo que estaba buscando y señaló hacia su derecha.

“Le tengo a él”

Uno de los rufianes, sentado en un banco con un trapo sucio en la mano, se levantó de un salto escondiendo la extremidad detrás de su espalda. El corte que el improvisado vendaje tapaba todavía sangraba, con la misma fragancia metálica que había guiado a Kibai hasta allí.

El Triguero dejó de sonreír.

“Tu chico cometió un error” dijo el mink. “Y ese error lo vincula directamente al hurto del mercado. Esta vez hay pruebas. Se te acabó el negocio, Garruk.”

Los matones a su alrededor comenzaron a murmurar. Algunos apretaron los dientes. Otros miraron a su jefe, inseguros.
El hombretón se levantó despacio, haciendo crujir las maderas de la tarima bajo su peso. Levantó él kanabō, apoyándolo en su hombro.

“Desde luego, eres valiente, mink… eso,o eres un tremendo idiota. No sé cuál de las dos. Pero una cosa sí sé: no pienso dejar que un extranjero peludo me diga cómo manejar mi ciudad. Esta base y estos oficiales son todos clientes míos. ¿O crees que estoy aquí porque sí?

Pero entonces una voz irrumpió desde la entrada. Uno de los miembros llegó a la carrera, deteniéndose medio segundo a recuperar el aliento antes de dirigirse hacia Garruk.

“¡Jefe! ¡Jefe! ¡La Marina está viniendo! ¡¡Alguien los ha avisado!! Las patrullas están rodeando la zona industrial… ¡y vienen hacia aquí!”

El rostro del Triguero cambió de su mueca de sorna a una máscara de furia fría.

“Matadlo” ordenó, señalando a Kibai con el kanabō. “Partidle cada hueso del cuerpo, después incendiad esto y desapareced.”

Luego se giró, pateó una mesa para abrirse paso, y huyó hacia una puerta trasera.

Kibai intentó perseguirlo, pero tres de los matones se interpusieron, mientras el resto amenazaba con rodearlo por todos lados. Sabiendo que antes o después una daga se le colaría entre las costillas, Kibai desenvainó a Raimei y dio un gran salto, asestando dos cortes hacia los oponentes que tenía enfrente y usando al tercero como plataforma de apoyo para lanzarse contra una ventana del piso superior.

El aire nocturno le recibió entre una marea de astillas y cristales rotos. Kibai usó ambos brazos para proteger su rostro, mientras giraba el cuerpo para amortiguar la caída con una voltereta. Mientras algunos fragmentos aún seguían cayendo, el mink observó la calle al otro lado del almacén, agradeciendo una vez más su vista nocturna. El Triguero ya corría calle abajo, de vuelta hacia los muelles. Su olor era inconfundible: una mezcla nauseabunda de cebada fermentada y sudor ácido que se dibujaba para Kibai como una gigantesca señal que apuntaba a su objetivo.

Kibai agarró rápidamente un madero y atrancó la puerta por la que el hombretón acababa de salir para evitar que otros hombres lo persiguiesen, antes de iniciar a su vez una carrera frenética hacia los muelles. Aquel malnacido no iba a escapar a su destino.

El muelle del extremo sur se extendía silencioso bajo la luz de la luna creciente. Desde su posición, Kibai podía oír el choque del oleaje contra los maderos de los cascos y el crujido de las cuadernas de las velas, como un murmullo constante y familiar. El olor a sal, brea y metal húmedo impregnaba cada rincón, envolviendo el aire en una mezcla punzante que se adhería al paladar.

Kibai emergió del último callejón de la zona industrial. Su respiración escapaba en nubes blancas que se deshacían entre sus colmillos. 

El Triguero estaba de espaldas, hablando con uno de sus hombres junto a un amarre privado. El barco frente a ellos parecía estar listo para partir: un mercante pequeño, pero bien cargado; la madera crujía bajo el peso y el viento parecía ansioso por hinchar las velas, casi como si tuviera más prisa que su dueño.

El hombretón se dio la vuelta apenas percibió la presencia del mink. La luz temblorosa de los farolillos dibujó su silueta y reflejó destello en el kanabō de hierro, cubierto de golpes, marcas y abolladuras. 

“Así que has venido hasta aquí…” gruñó.

Kibai avanzó sin dudar. La mano se deslizó hacia la empuñadura de Raimei y la hoja salió con un murmullo frío que se mezcló con la brisa marina. A través del frío, sentía cómo la madera de la empuñadura se calentaba por la tensión de su agarre. No pensaba dejar que aquel hombre se escapara, no después de todo lo que había visto en el distrito y de las amenazas que llevaba oyendo desde que lo había encontrado.

“No vas a ir a ninguna parte.” dijo, sin despegar la mirada del rival. “Garruk, por los delitos de crimen organizado, extorsión, robo y daños a la propiedad, quedas arrestado”

El Triguero soltó una carcajada ronca, cargada de desprecio.

“¿Tú? ¿Un recluta mojado? Niño, yo mando en estos muelles desde antes de que tus patas aprendieran a correr.”

Kibai no contestó. Solo bajó el centro de gravedad, fijando sus pies con las garras en la madera del muelle, escuchando cómo esta respondía a su peso. Cada fibra de su cuerpo se tensó como un resorte preparado.

“Pues se te ha acabado la legislatura.”

El Triguero cargó primero.

El rugido del kanabō al cortar el aire precedió al impacto. Kibai alzó a Raimei en un ángulo defensivo justo a tiempo. El choque fue brutal. Sintió un latigazo en todo el brazo y las vibraciones recorrieron su columna. El golpe lo desplazó varios metros hacia atrás; sus garras rasparon la madera dejando surcos hasta que logró detenerse. El corazón retumbaba dentro del pecho.

El hombretón se rió, satisfecho.

“¡Eso es! ¡Maúlla bien fuerte mientras te aplasto, gatito, que se enteren tus dueños de la base de lo que pasa con su mascota!”

Kibai no se molestó en responder a las provocaciones de su rival. Inspiró hondo y se lanzó hacia adelante, movido por un instinto que rugía bajo la piel. Raimei describió un arco plateado buscando la muñeca del Triguero. El hombre giró el kanabō y desvió la hoja con habilidad sorprendente para su tamaño, retrocediendo solo medio paso. Pero ese pequeño retroceso era suficiente para él.

Rodó a un lado y atacó con una patada lateral usando sus garras traseras. Sintió la resistencia al rozar el abrigo grueso del rival y luego la piel, arrancándole un jadeo y dibujando tres líneas sangrantes que se extendieron en su costado.

“¡Maldita sea, vas a pagar por esa chaqueta, bastardo. Vale más que el sueldo de tu batallón entero!” bufó el Triguero, irritado.

Su respuesta llegó en forma de un golpe horizontal. Kibai sintió el aire desgarrarle la oreja cuando se inclinó hacia abajo para evitar que la cabeza le estallase como un melón. El arma impactó contra un poste del muelle, partiéndolo en dos. Las astillas volaron por todas partes, obligando al mink a cubrirse para evitar que alguna de las afiladas puntas de madera se le clavase en el rostro.

No obstante, aquel golpetazo había desequilibrado al Triguero, así que Kibai lo aprovechó: contraatacó con un tajo ascendente que alcanzó el antebrazo de su adversario. La sangre brotó, y el hombre retrocedió con un siseo de dolor.

“Vaya, parece que pegas más fuerte de lo que parece…”

Sin darle tiempo a recomponerse, el Triguero cambió de estrategia. Embistió con todo su peso, como un buey desbocado. Kibai trató de interponer la espada, pero el impacto lo sacudió por entero. Salió despedido y rodó por el muelle hasta estrellarse contra unos barriles. La madera cedió y sintió un pinchazo en el costado. Sangría tibia bajaba por su camisa, tiñendo de rojo la tela y el cinturón. 

Apretando los dientes para no gritar, se sacudió la cabeza para despejar la visión.Su rival ya estaba encima de él, enarbolando el kanabo con ambas manos, listo para descargarlo sobre su cabeza.

“¡Muere, maldito animal!”

Kibai rodó a un lado justo cuando el arma descendió, aplastando los barriles. La cerveza salió disparada en un estallido que empapó el aire de aroma agrio. El mink aprovechó la apertura para impulsarse y saltar. Sus garras se clavaron en el brazo del rival y usó ese punto de apoyo para girar sobre sí mismo, cortando la parte trasera del hombro del Triguero de un nuevo tajo al caer.

El hombre soltó un rugido ronco, entre dolor e ira, apoyandose en el kanabo para recuperar el aliento.

“Impertinente… ¿Crees que vas a conseguir detenerme con estos arañazos?"

Con los músculos hinchandose por el esfuerzo, el Triguero se giró , en un movimiento de barrido amplio, describiendo un arco devastador, y Kibai sintió el viento levantarse antes incluso de que el arma estuviera cerca. Clavó las manos en las tablas, flexionó las piernas y dio una voltereta hacia atrás. El kanabō pasó por debajo, tan cerca que casi sintió la vibración del hierro en su espalda y como su cola se elevaba casi por reflejo para no recibir el impacto. Aterrizó sobre sus pies, deslizándose un par de metros hacia atrás por la humedad del muelle. Su rival, ya erguido, lo miraba con una sonrisa que destilaba pura crueldad.

“No entiendes cómo funciona esta isla.” gruñó. “Cuando todo esto se calme, me aseguraré de que cada bastardo que se atrevió a darte una pista termine con las piernas rotas. Y las chicas del puerto…” rió con los dientes manchados de sangre “Ellas aprenderán a no abrir la boca. “Creo que las venderé como esclavas si hace falta. Los humanos se pagan bastante bien, y no suelen dar problemas”

El estómago de Kibai se contrajo como si hubiera tragado hielo. Algo en su interior se encendió de golpe. Notó como las orejas se le plegaban hacia atrás sobre su cabeza y la cola se erizaba. Su respiración cambió a una exhalación profunda y pesada, con los colmillos sobresaliendo de las mandíbulas.

“Tché…Que mala suerte has tenido, Triguero.” bufó.

El mink se arrancó la capa y la dejó caer sobre las tablas, sin apartar la mirada de su adversario. La luna creciente brillaba sobre el mar, inundando el muelle con tanta luz que para Kibai era como si fuese pleno mediodía. La hoja de Raimei destelleaba, teñida a medias con la sangre de aquel bruto.

“Yo no soy humano” susurró.

Se acuclilló ligeramente, bajando su centro de gravedad. Con un gesto de la muñeca, giró a Raimei en un agarre invertido con la hoja apuntando hacia atrás. Era una postura hecha para aprovechar la agilidad de su cuerpo, no la fuerza bruta. La había practicado cientos de veces, pero nunca la había usado en combate real.

El Triguero lo observaba, confundido.

Kibai inspiró profundamente. Casi podía sentir cómo el aire frío le limpiaba la mente, cómo su pulso se estabilizaba pese a la adrenalina. Arqueó los pies sobre la madera del muelle, preparando cada tendón y cada músculo.

Y entonces rugió con toda la fuerza de sus pulmones, como exigía su propio estilo:

¡¡GEKKŌ NO ISSEN!!

El grito lo impulsó hacia adelante. Se movió con toda la velocidad que su cuerpo le permitía, manteniendo los ojos fijos en su adversario. El Triguero intentó reaccionar. Levantó el kanabō, pero lo hizo un segundo tarde. Kibai se deslizó por debajo de su guardia, casi agachado a cuatro patas, giró la cintura y descargó un corte preciso y diagonal. Sintió la resistencia del abrigo, luego la piel, luego músculo. La sangre tiñó por completo el filo de Raimei, y el olor de la sangre inundó los pulmones del mink.

El impacto hizo que el Triguero soltara un jadeo ronco. Su cuerpo quedó rígido durante un instante y luego cayó de rodillas, tambaleándose. La respiración del gigante se convirtió en un gemido húmedo mientras intentaba sostenerse. Finalmente, colapsó hacia adelante, golpeando las tablas con un crujido pesado.

Kibai quedó detrás de él, estabilizando su respiración mientras apoyaba la punta de Raimei en el suelo. No tuvo ni que volver la vista hacia el cuerpo para estar seguro de que no volvería a levantarse.

Solo entonces murmuró, con un cansancio profundo:

“Se acabó.”

El eco de su voz se mezcló con el romper de las olas. Poco después, los gritos de Joss y de los marines llenaron el muelle. Su compañero llegó jadeando, se quedó boquiabierto ante la escena y apenas logró articular palabra antes de soltar una carcajada incrédula.

“Kibai… ¡por todos los cielos! ¡Lo has hecho pedazos!”

El mink se limitó a envainar a Raimei y limpió la sangre de su costado. Parecía que iba a necesitar unos cuantos puntos..

“Tan solo hice mi trabajo” respondió.

Joss lo golpeó suavemente en el hombro, sonriendo con orgullo.

“No, compañero. Hoy has ayudado a medio distrito. Créeme, te lo van a agradecer más de lo que piensas.”

Kibai alzó la vista hacia la luna, que seguía brillando tranquila como si nada hubiera ocurrido.

“Tché… Ni que yo fuese humano.”

Pero Joss ya estaba riendo mientras lo acompañaba a la enfermería. Aquello sin duda sería algo digno de recordar.
[Imagen: gvCFAP2.png]
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[FIC - Pasado] Segando el trigo - por Kibai - 25-11-2025, 03:52 AM
RE: [FIC - Pasado] Segando el trigo - por Kibai - 05-12-2025, 03:03 AM
RE: [FIC - Pasado] Segando el trigo - por Kibai - 16-01-2026, 01:37 AM
RE: [FIC - Pasado] Segando el trigo - por Kibai - 20-01-2026, 04:14 AM
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RE: [FIC - Pasado] Segando el trigo - por Kibai - 04-05-2026, 02:31 AM
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