[personajeinvalido=2315]
La distancia desde la torre hasta las planicies de roca no era demasiado extensa, pero tras la prolongada batalla con el gyojin, bastó para que el pecho de Kibai subiese y bajase vigorosamente cuando por fin, tras un último salto, sus piernas aterrizasen en el lugar.
Con alegría, comprobó que tanto Moja como el contramaestre Redgrave estaban allí, pero no vio por ninguna parte al contramaestre Gaudfrid. El mink tragó saliva, preocupado. ¿Acaso le habría sucedido algo? Haciendo una cuenta rápida de todos los presentes, era perfectamente posible que en alguna de las otras arenas de combate, las batallas sucedidas se hubiesen cobrado vidas.
"Tranquilo, Kibai..." pensó obligándose a serenarse mientras se quitaba el polvo de la capa y se acercaba junto a sus compañeros. "Seguro que ha vuelto a asegurar el Royal Quiver para evitar que alguien se lo intente llevar. Además, su mascota está aún allí a buen seguro, de modo que querrá comprobar como está."
Apenas había logrado posicionarse con sus compañeros cuando una mujer humana, vestida de cuero y cubierta de cicatrices desenvainó sus armas y lo encaró, maldiciéndolos y culpándolos de toda aquella situación. Kibai entrecerró los ojos, golpeando con el pulgar la guardia de Raimei, que con un sonoro pluc abandonó un par de centímetros su viana, lista para ser desenvainada con rapidez si la mujer daba un paso más, acompañando su gesto con un quedo rugido que surgió del fondo de su garganta.
Sin embargo, el contramaestre Redgrave pareció decidir que la situación no debía escalar, ya que no hizo ningún amago de adoptar una posición defensiva y se limitó a intentar desescalar la situación. Parecía que la mayoría de los presentes habían tenido suficiente pelea por aquella noche. Sin embargo, Kibai notaba la luna a su espalda, quemándole como su fuese el sol de mediodía, tentándolo con su luz para abandonarse a sus instintos.
En ese momento, una voz conocida lo devolvió a la realidad. El joven birkaniano, aún bastante afectado por las heridas que Uosan le había infligido con su primer ataque (y que Kibai podría haber olido a un kilómetro de distancia con tanta sangre en sus ropas) se le acercó pausadamente.
"Oiga, oficial kibai. Se que puede ser prepotente dado que no me conoce, pero la cosa no pinta bien con tanto pirata reunido aquí, si me pasa algo ¿podría entregarle un mensaje a alguien de mi parte?"
El mink asintió.
"Por supuesto. Pero tranquilo, no creo que a nadie le queden demasiadas ganas de pelear ya. ¿Qué necesitas?
El birkaniano pareció aliviado, pues soltó un suspiro antes de seguir.
"Se trata de un gigante, lleva un adorno de metal en el pelo y usa una gabardina negra. Dígale por mi que su compañero Svart espera que siga su camino sin él"
A Kibai se le pasó por la cabeza la imagen del joven subido al hombro del gigante como si fuese una especie de angelillo de la guardia, y a pesar de la situación esbozó una sonrisa.
"Está bien, si me encuentro a tu amigo, se lo diré Svart, puedes contar con ello"
Acto seguido, cayó en la presencia de los dos individuos que allí estaban. Aunque sus palabras parecían interesantes, lo cierto es que algo llevaba carcomiéndole la conciencia desde hacía días, desde aquella fruta de sabor horrible. Qué podría haber sido?
La distancia desde la torre hasta las planicies de roca no era demasiado extensa, pero tras la prolongada batalla con el gyojin, bastó para que el pecho de Kibai subiese y bajase vigorosamente cuando por fin, tras un último salto, sus piernas aterrizasen en el lugar.
Con alegría, comprobó que tanto Moja como el contramaestre Redgrave estaban allí, pero no vio por ninguna parte al contramaestre Gaudfrid. El mink tragó saliva, preocupado. ¿Acaso le habría sucedido algo? Haciendo una cuenta rápida de todos los presentes, era perfectamente posible que en alguna de las otras arenas de combate, las batallas sucedidas se hubiesen cobrado vidas.
"Tranquilo, Kibai..." pensó obligándose a serenarse mientras se quitaba el polvo de la capa y se acercaba junto a sus compañeros. "Seguro que ha vuelto a asegurar el Royal Quiver para evitar que alguien se lo intente llevar. Además, su mascota está aún allí a buen seguro, de modo que querrá comprobar como está."
Apenas había logrado posicionarse con sus compañeros cuando una mujer humana, vestida de cuero y cubierta de cicatrices desenvainó sus armas y lo encaró, maldiciéndolos y culpándolos de toda aquella situación. Kibai entrecerró los ojos, golpeando con el pulgar la guardia de Raimei, que con un sonoro pluc abandonó un par de centímetros su viana, lista para ser desenvainada con rapidez si la mujer daba un paso más, acompañando su gesto con un quedo rugido que surgió del fondo de su garganta.
Sin embargo, el contramaestre Redgrave pareció decidir que la situación no debía escalar, ya que no hizo ningún amago de adoptar una posición defensiva y se limitó a intentar desescalar la situación. Parecía que la mayoría de los presentes habían tenido suficiente pelea por aquella noche. Sin embargo, Kibai notaba la luna a su espalda, quemándole como su fuese el sol de mediodía, tentándolo con su luz para abandonarse a sus instintos.
En ese momento, una voz conocida lo devolvió a la realidad. El joven birkaniano, aún bastante afectado por las heridas que Uosan le había infligido con su primer ataque (y que Kibai podría haber olido a un kilómetro de distancia con tanta sangre en sus ropas) se le acercó pausadamente.
"Oiga, oficial kibai. Se que puede ser prepotente dado que no me conoce, pero la cosa no pinta bien con tanto pirata reunido aquí, si me pasa algo ¿podría entregarle un mensaje a alguien de mi parte?"
El mink asintió.
"Por supuesto. Pero tranquilo, no creo que a nadie le queden demasiadas ganas de pelear ya. ¿Qué necesitas?
El birkaniano pareció aliviado, pues soltó un suspiro antes de seguir.
"Se trata de un gigante, lleva un adorno de metal en el pelo y usa una gabardina negra. Dígale por mi que su compañero Svart espera que siga su camino sin él"
A Kibai se le pasó por la cabeza la imagen del joven subido al hombro del gigante como si fuese una especie de angelillo de la guardia, y a pesar de la situación esbozó una sonrisa.
"Está bien, si me encuentro a tu amigo, se lo diré Svart, puedes contar con ello"
Acto seguido, cayó en la presencia de los dos individuos que allí estaban. Aunque sus palabras parecían interesantes, lo cierto es que algo llevaba carcomiéndole la conciencia desde hacía días, desde aquella fruta de sabor horrible. Qué podría haber sido?
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