18-11-2025, 08:10 PM
Cuando parecía que la situación por fin se había calmado y Kibai se estrujaba los sesos para averiguar cómo salir de aquel encierro, un enorme temblor comenzó a sacudir toda la estructura en la que se encontraban. Grietas enormes se abrieron en las paredes de roca, haciéndose cada vez más anchas y profundas, y trozos pequeños y no tan pequeños comenzaban a desmoronarse desde las alturas, algunos cayendo peligrosamente cerca de los que aún continuaban vivos en la meseta rocosa del interior. Como un gigantesco castillo de naipes cuyo constructor de repente hubiese abandonado todo interés, las paredes del cubo de roca donde el mink y el resto de cautivos habían enfrentado al gyojin se deshicieron hasta quedar convertidas en un montón de escombros. Kibai se asombró al ver que tanto a su derecha como a su izquierda, se podían observar otras planicies rocosas similares, con lo que parecían otros grupos de personas de todo tipo de tamaños y colores en ellas.
“Hemos sido objeto de alguna clase de experimento de supervivencia?” pensó el mink. “O simplemente los que idearon esto preferían tener más de un sitio al que prestar su atención, por si la lucha en alguna de las arenas se volvía aburrida o acababa demasiado rápido?
En ese momento, un fuerte impacto en el costado derecho le hizo encogerse. Uno de los fragmentos rocosos se había fragmentado en otros más pequeños, y una de las esquirlas había salido disparada hacia Kibai. Luchando para contener un grito, el mink alzó la cabeza apretandose la zona golpeada. Tenían que salir de allí cuanto antes, o corrían el serio riesgo de morir aplastados por los escombros que continuaban cayendo desde los cuatro costados.. A su espald,a captó por el rabillo del ojo como la pared casi se había derrumbado por completo, y al otro lado, en una línea casi cómicamente perfecta, como si nada de aquello hubiese sucedido y fuese un mal sueño, los barcos que habían formado parte del convoy permanecían fondeados a cierta distancia, balanceándose suavemente siguiendo los impulsos de las corrientes del Grand Line.
“Los barcos están ahí!” gritó el mink. “Si nos damos prisa, podremos salir de aquí antes de que esas rocas nos conviertan en papilla!”
Sin embargo, cuando ya se disponía a salir a toda prisa en dirección al distintivo perfil del Royal Quiver, algo en el frente opuesto captó su atención. Tras las paredes ya casi desmoronadas, aún iluminada por varios faroles, se alzaba una gigantesca estructura de piedra en forma de torre. La edificación se hallaba situada en perfecta disposición respecto a todas las planicies rocosas convertidas en arenas de combate, proporcionando a los que estuviesen en ella una perfecta visión de lo que sucedía en todos los cubos. Si alguien era el responsable de todo aquello, o podía tener alguna información al respecto, de seguro estaba allí.
Kibai no tuvo ni que pensárselo.
Con una mirada de sombría determinación, el mink encajó a Raimei de vuelta a su vaina, se apretó el cinturón, y ajustó mejor las cinchas y broches de la capa de Marine, antes de dirigir una última mirada desanimada hacia la arena. Desde que se había despertado, había sido totalmente incapaz de localizar su gorra, que debía de haberse caído al agua cuando los barcos habían protagonizado aquel tremendo choque múltiple al descender la Red Line.
Acto seguido, lanzando un salvaje rugido se lanzó corriendo hacia la torre, pasando como una exhalación por la derecha de la joven mink mono humanoide, saltando de roca en roca con más fiereza que precaución, notando como la luz de la luna que hasta ahora no se había dignado a aparecer iluminaba su camino. No era el único que había tenido la misma idea al parecer. No solo desde su plataforma, sino desde todas las otras los antiguos cautivos se habían movilizado, corriendo ya fuese hacia la torre o saliendo a toda velocidad hacia los barcos fondeados. En medio de uno de los saltos, un pensamiento fugaz azotó la mente de Kibai, haciendo que se le escapase el aliento de los pulmones. Se había creado como parte de la tribu nocturna de Zou, y conocía perfectamente aquel grado de iluminación sin ni siquiera tener que alzar la cabeza hacia el cielo. Aquella noche había luna llena.
“Mierda…No, hoy no…” masculló entre dientes sacudiendo la cabeza mientras continuaba su carrera hacia la torre, aprovechando los escombros para hacer un rebote y sobrepasar por encima a la joven Oni que ya había iniciado también su carrera hacia el edificio. No podía perder el control en aquel lugar. Había demasiados civiles que podían ser heridos solo por ponerse en su camino. Tendría que asegurarse de no entrar en Sulong.
“Además, sabes de sobra que tras el combate estás demasiado agotado. Apenas lograrías estar unos segundos en Sulong antes de caer rendido, y es muy probable que ni siquiera sobrevivas al proceso.” le dijo una vocecilla interna que compartía un tono asombrosamente similar al del diminuto oficial de cubierta del barco del capitán Senjuro. Y tenía razón, Kibai aún no dominaba lo suficiente el Sulong para controlarlo, ni estaba acostumbrado a la tremenda cantidad de energía que este estado tomaba del usuario. Si entraba en Sulong, lo esperable es que nunca despertase.
Apartando aquellos pensamientos de su cabeza, Kibai se concentró en seguir saltando de roca en roca usando tanto manos como pies para avanzar hacia la torre lo más rápido posible. Si quería averiguar finalmente de qué iba toda aquella situación, sin duda tenía que alcanzar aquella estructura de piedra.
“Hemos sido objeto de alguna clase de experimento de supervivencia?” pensó el mink. “O simplemente los que idearon esto preferían tener más de un sitio al que prestar su atención, por si la lucha en alguna de las arenas se volvía aburrida o acababa demasiado rápido?
En ese momento, un fuerte impacto en el costado derecho le hizo encogerse. Uno de los fragmentos rocosos se había fragmentado en otros más pequeños, y una de las esquirlas había salido disparada hacia Kibai. Luchando para contener un grito, el mink alzó la cabeza apretandose la zona golpeada. Tenían que salir de allí cuanto antes, o corrían el serio riesgo de morir aplastados por los escombros que continuaban cayendo desde los cuatro costados.. A su espald,a captó por el rabillo del ojo como la pared casi se había derrumbado por completo, y al otro lado, en una línea casi cómicamente perfecta, como si nada de aquello hubiese sucedido y fuese un mal sueño, los barcos que habían formado parte del convoy permanecían fondeados a cierta distancia, balanceándose suavemente siguiendo los impulsos de las corrientes del Grand Line.
“Los barcos están ahí!” gritó el mink. “Si nos damos prisa, podremos salir de aquí antes de que esas rocas nos conviertan en papilla!”
Sin embargo, cuando ya se disponía a salir a toda prisa en dirección al distintivo perfil del Royal Quiver, algo en el frente opuesto captó su atención. Tras las paredes ya casi desmoronadas, aún iluminada por varios faroles, se alzaba una gigantesca estructura de piedra en forma de torre. La edificación se hallaba situada en perfecta disposición respecto a todas las planicies rocosas convertidas en arenas de combate, proporcionando a los que estuviesen en ella una perfecta visión de lo que sucedía en todos los cubos. Si alguien era el responsable de todo aquello, o podía tener alguna información al respecto, de seguro estaba allí.
Kibai no tuvo ni que pensárselo.
Con una mirada de sombría determinación, el mink encajó a Raimei de vuelta a su vaina, se apretó el cinturón, y ajustó mejor las cinchas y broches de la capa de Marine, antes de dirigir una última mirada desanimada hacia la arena. Desde que se había despertado, había sido totalmente incapaz de localizar su gorra, que debía de haberse caído al agua cuando los barcos habían protagonizado aquel tremendo choque múltiple al descender la Red Line.
Acto seguido, lanzando un salvaje rugido se lanzó corriendo hacia la torre, pasando como una exhalación por la derecha de la joven mink mono humanoide, saltando de roca en roca con más fiereza que precaución, notando como la luz de la luna que hasta ahora no se había dignado a aparecer iluminaba su camino. No era el único que había tenido la misma idea al parecer. No solo desde su plataforma, sino desde todas las otras los antiguos cautivos se habían movilizado, corriendo ya fuese hacia la torre o saliendo a toda velocidad hacia los barcos fondeados. En medio de uno de los saltos, un pensamiento fugaz azotó la mente de Kibai, haciendo que se le escapase el aliento de los pulmones. Se había creado como parte de la tribu nocturna de Zou, y conocía perfectamente aquel grado de iluminación sin ni siquiera tener que alzar la cabeza hacia el cielo. Aquella noche había luna llena.
“Mierda…No, hoy no…” masculló entre dientes sacudiendo la cabeza mientras continuaba su carrera hacia la torre, aprovechando los escombros para hacer un rebote y sobrepasar por encima a la joven Oni que ya había iniciado también su carrera hacia el edificio. No podía perder el control en aquel lugar. Había demasiados civiles que podían ser heridos solo por ponerse en su camino. Tendría que asegurarse de no entrar en Sulong.
“Además, sabes de sobra que tras el combate estás demasiado agotado. Apenas lograrías estar unos segundos en Sulong antes de caer rendido, y es muy probable que ni siquiera sobrevivas al proceso.” le dijo una vocecilla interna que compartía un tono asombrosamente similar al del diminuto oficial de cubierta del barco del capitán Senjuro. Y tenía razón, Kibai aún no dominaba lo suficiente el Sulong para controlarlo, ni estaba acostumbrado a la tremenda cantidad de energía que este estado tomaba del usuario. Si entraba en Sulong, lo esperable es que nunca despertase.
Apartando aquellos pensamientos de su cabeza, Kibai se concentró en seguir saltando de roca en roca usando tanto manos como pies para avanzar hacia la torre lo más rápido posible. Si quería averiguar finalmente de qué iba toda aquella situación, sin duda tenía que alcanzar aquella estructura de piedra.
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