Sparring voluntario | Autonarrada, T1
#1
Invierno, día 3. Año 16.

Despuntó la mañana en la Isla del Karate, sitio de los más concurridos dentro del South Blue. El folklore de la isla, sus valores y cultura arraigados en las distintas artes marciales que allí prosperan, eran un atractivo no sólo para el turista al uso, sino, especialmente, para los guerreros. Artistas marciales de todas partes del mar llegaban a la isla en busca de tutela. Aprender una de las tres artes que se enseñaban en los grandes dojos de la montaña se consideraba un honor reservado para unos pocos afortunados. Se necesitaba fuerza, resiliencia y disciplina, tres cualidades comunes por separado, pero difíciles de encontrar juntas en un mismo individuo.

Enji, definitivamente, NO era uno de esos extrañisimos sujetos. Podía tener fuerza y ser resiliente —obstinado era la palabra en su caso—, pero su disciplina flaqueaba. El punto de su viaje en primer lugar había sido mejorar en ese aspecto.

Necesitaba mejorar.

Al aparecer el sol y filtrar sus primeros rayos por la ventana, Enji despertó. Perezoso se sacó las mantas de encima y el aire frío de la mañana chocó contra su piel, caliente por imposición. El resultado fue un escalofrío que subió desde su espalda baja hasta crisparle los pelos de la nuca.

—Carajo, parece que estamos definitivamente en invierno. —Se frotó los brazos para darse calor mientras se acercaba a la repisa junto a la puerta. Encima de ella se hallaba su uniforme—. Oi, Ford, ¿estás vivo o ya te congelaste? Levanta, enano, o me iré sin ti. Y no quiero tener otra queja por tus maullidos.

De debajo de la cama se asomó una silueta pequeña. Un zapato. En realidad, era una pantufla, y desde dentro de ella se asomaron las orejas de un gato blanco que, perezoso como su dueño, luchaba por escapar del cálido abrazo de la ensoñación.

Enji se acercó, se acuclilló delante suyo y levantó la pantufla.

—¿Cuánto tienes ya? ¿Un mes de vida? Más que suficiente para que te puedas ir valiendo por ti mismo. ¿Qué es eso de estar llorando cuando no me ves? Enano malcriado —dijo y, no sin un poco de resistencia, separó al gato del calzado, llevándose al mínimo con él mientras la pantufla caía al suelo. En los ojos de Ford vio la desesperación por regresar con morfeo, pero lo ignoró. Tenía que aprender a soltar la comodidad.

El relajo podía ser una enfermedad y los placeres, un veneno. Enji pasó demasiado tiempo sumergido en la desenfadada vida del borracho fumador, rebotando de un bar a otro mientras fingía buscar información que nunca era suficiente ni lo llevaba a ningún lado. Se convencía, sin embargo, de que el momento llegaría y sólo estaba siendo precavido. Al mismo tiempo, se anestesiaba diario con bebida para apaciguar el dolor del pensamiento. Pensar dolía, porque pensar de forma lúcida lo llevaba a una irremediable respuesta: estaba perdido. No sabía hacia dónde avanzar. No sabía qué camino tomar para llegar a su destino, su objetivo. No sabía ni siquiera dónde empezar. El mundo era enorme, desconocido, y por tanto aterrador.

Enji se calzó el uniforme, menos la gorra, que detestaba con el alma, y salió a la calle. Lo primero que sintió fue el viento frío, como una bofetada en la naríz. Estaba helado. La noche anterior se habían pisado temperaturas negativas y los expertos vaticinaban la llegada de la nieve.

«Es lo que dice mi rodilla. Siempre que va a nevar, la rodilla me duele como el demonio». Se fiaba más de esos ancianos supersticiosos que de cualquier informe meteorológico.

—¡Enji! Buenos días.

El marine levantó una mano para saludar a Garlo, el viejo trabajador de los campos de arroz que le había encajado al gato. Como de costumbre, Garlo andaba por el sendero más directo a los campos, dispuesto como cada mañana a empezar la jornada de siembra, cuidado o recolección, dependiendo de la época y el tiempo transcurrido desde su último ciclo.

La llegada del invierno había obligado a los agricultores de la isla a ingeniárselas para que la helada no quemase las plantaciones de arroz ni congelase el agua de los piletones. Muchas horas de trabajo habían culminado en la instalación de viveros: carpas de lona que cubrían los distintos piletones. Protegían los brotes de la helada y conservaban el calor y la humedad, favoreciendo el crecimiento.

—¿Hoy no tienes nada para mi, anciano? Tengo el día libre y entrenar me está aburriendo.

Garlo se detuvo para poder contestar a Enji.

—En esta época los arrozales no necesitan tantas manos, muchacho. Estamos en el medio, periodo entre la siempre y la cosecha. Pero si quieres algo para hacer, ve a preguntar en los dojos, ¡allí siempre necesitan una mano! —dijo—. Bueno, se me hace tarde. ¡Nos vemos, marine!

Enji fulminó a Garlo con la mirada, pero Garlo se dio la media vuelta y siguió su camino de todas formas. Enji, entonces, sacó un cigarro de su bolsillo.

—El hijo de puta cree que no sé lo que él quiere que yo haga. ¡Pero no lo voy a hacer! —Ford, en el bolsillo de su chaleco, asentía a sus palabras mientras Enji encendía su cigarrillo. Escupió el humo tras su primera pitada como si estuviera escupiéndole a las expectativas del viejo—. Puedo tener un día libre. Podríamos ir a tratar de pescar algo, ¿no? Tengo ganas de comer salmón.



—Hijo de puta…

Enji dio un salto hacia atrás con una pequeña voltereta y aterrizó en el límite del cuadrilátero pintado en el suelo. Aterrizó de pie, la guardia arriba, y su postura se mostró firme mientras daba pequeños saltitos en el lugar. Rebotaba con la punta de los pies en el tatami para mantener los músculos activos, preparado para salir en velocidad a la primera señal de ataque por parte de su contrincante.

—¡Treinta segundos! —anunció el referí del encuentro.

Su contrincante sintió la presión y se apuró. Graso error. Lanzó un ataque frontal, recto, proyectando el puño derecho hacia su centro. Enji pudo percibir la fuerza de ese golpe al atestiguar su ejecución. Buena técnica, excelente transición de peso, pero faltaba algo.

Velocidad.

Enji dio una voltereta, rotando como un trompo hacia su derecha. El puño pasó de largo y, con el impulso del giro, Enji estiró el brazo e impactó en el mentón del contrincante usando el dorso de la mano. Un golpe seco. Estuvo a punto de cortarle la lengua con sus propios dientes debido al abrupto cierre de la mandíbula.

—¡Punto! El sparring se termina.

El referí se colocó en medio para evitar la continuación de la pelea. Se trataba de un gesto tradicional, pero inutil. Nadie que estudiara artes marciales en alguno de los dojos atacaría a un oponente distraído cuando la campana ya sonó. En instancias de práctica, propasarse con el contrincante y poner en peligro su integridad era uno de los gestos más rechazados por el pueblo. Cualquiera que se dejase llevar por el calor de la batalla terminaría siendo repudiado.

—Buen sparring, Enji —dijo su contrincante mientras se masajeaba la mandíbula, sintiendo las secuelas del golpe. Caminaba lento. Estaba mareado.

—Sí, lo que digas, panzón. Estás muy lento. Bájale un poco a la comida y la próxima podrás darme con ese golpe del final —dijo Enji.

La visita a los dojos había terminado en eso: sparring para los nuevos alumnos cortesía del extranjero menos popular del pueblo. Uno de los dojos necesitaba voluntarios que fueran lo suficientemente duros como para aguantar un golpe o dos. Enji había soportado una docena desde que empezó y seguía bien. Al menos, eso decía.

—Ahora, en serio, estás bastante gordo. Te falta velocidad por todos los putos lados —prosiguió el marine. Se cruzó de brazos —su ropa había desaparecido ya—, y con una mano se rascó el cuello—. Ponte a hacer dieta o busca otro estilo de combate. Contra otros tanques como tú puede que te sirva, pero cualquiera con menos de cien kilos y más de metro setenta podría apalizarte. ¡Siguiente!

Pese a lo crudo de sus palabras, ningún alumno parecía tomárselo personal. “Para mejorar”, decían, y juraban quedarse con el mensaje.

—Putos fanáticos… —murmuró mientras su oponente anterior partía y el próximo llegaba, haciéndose con el lado contrario del tatami. Esta vez se trataba de una mujer—. Tu nombre, cara de apio.

La fémina estaba ataviada en un keikogi blanco y terminaba de atarse el pelo en una cola de caballo alta, para luego hacer un rodete con ella.

—Odilena

—¿Odilena? ¿Qué clase de nombre es ese? —Enji se colocó en posición, la guardia en alto con las manos levantadas frente a su torso. Los dedos extendidas se cerraron con fuerza y formaron dos puños—. ¿Todo bien en casa? Dios, espero que tus padres te odien menos de lo que me imagino.

—Cierra la boca —replicó Odilena, imitando su gesto de ponerse en guardia.

—¡El que se enoja pierde! —declaró Enji, y, con el movimiento del juez usando su mano como si fuera un hacha que corta un hilo entre ambos contrincantes, el sparring dio inicio.



Ford maulló al llegar a casa. Su maullido, agudo y corto, se le antojó a Enji muy similar a una risa. Una carcajada.

—Gato de mierda… —susurró Enji. En el camino a la habitación había recogido un poco de la nieve que empezó a caer entrada la noche y la sostenía contra su cara, irreconocible a causa de los numerosos moretones y los labios completamente hinchados—. ¿Tú de qué lado estás?


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Sparring voluntario | Autonarrada, T1 - por Enji - 17-11-2025, 09:55 AM
RE: Sparring voluntario | Autonarrada, T1 - por PX-4 - 18-11-2025, 04:55 AM

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