Vengo de aquí.
— ¡Jefe!¡Tenemos tierra a la vista por fin! — dijo Kraven, llamando mi atención a cubierta. Yo estaba en mi camarote. Se me seguía haciendo raro dormir en un sitio solo, sin mis amigos al lado, pero, por alguna razón, me preocupaba que no hubiera pesadillas. Casi se había convertido en una tónica y después de la pelea con Ren se habían agravado. Terminé de ajustar mis armas en el cinturón. No hacía mucho tenía la sospecha de ciertas cosas relacionadas con mis armas y tenía ganas de comprobarlo en mi nuevo destino. Tras enfundarme el manto celeste y colocar correctamente la placa de mi hombro, que dejaba caer el pequeño haori blanco por mi hombro izquierdo, salí hacia cubierta, donde Kraven estaba al timón. El navegante había hecho del viaje una delicia con el timón en sus manos. Casi parecía que conociera la embarcación al cien por cien y pudiera manejarla el solo.
— Buenos días, capitán. — saludé al navegante ex marine. — Largas ganas tenía de tomar tierra, aunque no lo creas. — dije subiendo a la segunda cubierta donde el timón se encontraba. — No me gusta inmiscuirme, señor. ¿Pero qué se le ha perdido a un Shichibukai en una isla desierta? — preguntó el hombre, mientras encendía otra pipa. — Amigos, Kraven. Viejos amigos. — respondí golpeando con confianza su espalda a media altura -donde llegaba- y volviendo a cubierta para acercarme a la escalera de bajada mientras Kraven aproximaba el Eidfrost a la costa. Delante de mi, una costa casi inmaculada con una subida escarpada que dirigía hacia un faro blanco inmenso. Supuse que ya habrían detectado mi presencia desde hace tiempo pues no me había molestado ni lo más mínimo en ocultar el barco ni mi aura. Tenía ganas de ver como habían pasado los años para mis conocidos de la marina. Cuando Kraven atracó, bajé a la costa y sentí la arena de playa cuando mis botas se hundían en ella mientras avanzaba hacia el límite de la playa. Sonreía.
93 de otorño, año 16
13:50 p.m. Costa de Mystoria.
— ¡Jefe!¡Tenemos tierra a la vista por fin! — dijo Kraven, llamando mi atención a cubierta. Yo estaba en mi camarote. Se me seguía haciendo raro dormir en un sitio solo, sin mis amigos al lado, pero, por alguna razón, me preocupaba que no hubiera pesadillas. Casi se había convertido en una tónica y después de la pelea con Ren se habían agravado. Terminé de ajustar mis armas en el cinturón. No hacía mucho tenía la sospecha de ciertas cosas relacionadas con mis armas y tenía ganas de comprobarlo en mi nuevo destino. Tras enfundarme el manto celeste y colocar correctamente la placa de mi hombro, que dejaba caer el pequeño haori blanco por mi hombro izquierdo, salí hacia cubierta, donde Kraven estaba al timón. El navegante había hecho del viaje una delicia con el timón en sus manos. Casi parecía que conociera la embarcación al cien por cien y pudiera manejarla el solo.
— Buenos días, capitán. — saludé al navegante ex marine. — Largas ganas tenía de tomar tierra, aunque no lo creas. — dije subiendo a la segunda cubierta donde el timón se encontraba. — No me gusta inmiscuirme, señor. ¿Pero qué se le ha perdido a un Shichibukai en una isla desierta? — preguntó el hombre, mientras encendía otra pipa. — Amigos, Kraven. Viejos amigos. — respondí golpeando con confianza su espalda a media altura -donde llegaba- y volviendo a cubierta para acercarme a la escalera de bajada mientras Kraven aproximaba el Eidfrost a la costa. Delante de mi, una costa casi inmaculada con una subida escarpada que dirigía hacia un faro blanco inmenso. Supuse que ya habrían detectado mi presencia desde hace tiempo pues no me había molestado ni lo más mínimo en ocultar el barco ni mi aura. Tenía ganas de ver como habían pasado los años para mis conocidos de la marina. Cuando Kraven atracó, bajé a la costa y sentí la arena de playa cuando mis botas se hundían en ella mientras avanzaba hacia el límite de la playa. Sonreía.
— ¿Hay alguien en casa? —
Resumen
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