[EVENTO CAMBIO ZONA] El camino para ser alguien; Parte 2 [GRUPO 1]
#57
Aquel pequeño bicho… si es que hasta pensarlo me encendía la sangre. Era ridículo, absolutamente ridículo, que una cosa tan escuálida, tan insignificante, tan… minúscula, tuviera aquella fuerza que ahora me estaba aplastando el cuello como si fuera una red de pesca vieja. Lo sentía enroscado alrededor de mí, su cuerpo apretando con una determinación que no tenía nada de animalito adorable; era una trampa viva, una cuerda maldita que se cerraba más y más cada vez que intentaba liberarme. Mis manos, esas manos que tantas veces habían arrancado tablones, que habían partido maderos, que podían dejar sin dientes a cualquier humano de un manotazo… estaban temblando. Temblando de verdad. Notaba el sudor mezclándose con la humedad de mi propia piel marina, resbalándome entre los dedos mientras trataba de meterlos entre su agarre para arrancarlo de mi cuello, pero cada vez que lo hacía, el bicho reaccionaba como si entendiera mi intención, apretando con más rabia, como si quisiera arrancarme la tráquea de un tirón. La sensación era asfixiante, desesperante, como si un anillo de hierro ardiente me cerrara la garganta y me impidiera meter siquiera una bocanada de aire. Intentaba respirar. Intentaba. Pero el aire entraba a sorbos diminutos, como agujas que apenas bastaban para mantenerme consciente. Mi visión empezaba a oscurecerse en los bordes, un hormigueo me recorría la cabeza y el pecho, y sentía que el pulso me golpeaba detrás de los ojos con cada latido acelerado. La gema en mi frente palpitaba de manera tenue, como si se hundiera también en ese pozo de ahogo. La panza se me contraía sola, intentando forzar una inhalación que nunca llegaba. Cada segundo que pasaba me robaba fuerzas. Y lo peor, lo que más me humillaba, era esa sensación punzante de impotencia. Yo, un gyojin, un Sakana, sometido por un pequeño parásito de tierra. Mi voz aguda salió quebrada, casi inaudible. -Suéltame… ya…-uo…- Pero ni eso.

Intentaba inflar mis pulmones, pero cada intento era como empujar una pared que retrocedía conmigo, burlándose, negándose a ceder ni un milímetro. No había aire. Nada. Solo un vacío áspero que quemaba por dentro, un vacío que cada vez pesaba más, como si mis propios órganos se hundieran hacia abajo. Mi garganta ya no sabía si dolía o si simplemente estaba entumecida del esfuerzo inútil. El mundo empezó a desmoronarse por los bordes. Primero se volvió borroso, después vibrante, después espeso, como si alguien estuviera pintando de negro cada rincón de mi vista, cubriéndolo todo con una manta fría. La oscuridad avanzó sin prisa, pero con la inevitabilidad de una marea profunda, y yo, tonto de mí, seguía luchando, abriendo la boca como un pez fuera del agua, esperando algo que no iba a llegar. Las piernas se me aflojaron y sentí cómo la fuerza me abandonaba sin pedir permiso, dejándome caer completamente de rodillas antes de que mi cuerpo se venciera del todo y golpeara el suelo con un sonido que ni siquiera escuché bien. Y entonces, justo cuando creí que iba a perderme del todo, cuando la sombra ya estaba subiéndome por los ojos, llegaron las imágenes. No las pedí, pero allí estaban, claras, vivas, como proyecciones grabadas en mi cabeza desde que era un renacuajo. Mis hermanos. Uoichi golpeándome en la coronilla porque decía que mi gema brillaba demasiado. Uoni tirándome agua helada mientras dormía. Uoyon colgándome de una cuerda del muelle diciendo que así aprendería a balancear el peso. Uogo enseñándome a intimidar a los humanos aunque yo lo hacía fatal. Uoroku burlándose de mi sonrisa rara. Todos riéndose. Todos empujándome. Todos molestándome. Y yo, siempre ahí, soportando, tragando, obedeciendo, como el pequeño tonto que había aprendido a ser para ellos. Pero esas imágenes… esas risas. No eran crueles. Eran nuestras. Eran las que me habían hecho fuerte. Las que me habían enseñado que caer está permitido, pero quedarse tirado no. Y allí estaba yo… tirado. Derrotado por mi propio ego, por creerme demasiado grande, demasiado invencible, demasiado gyojin como para temer a alguien. Los había fallado. Los estaba fallando. Dejándome vencer por un bicho y por mi soberbia. Y mientras ese pensamiento me atravesaba, la oscuridad terminó de devorar mi vista, dejándome suspendido en un silencio que dolía más que la falta de aire.

Sentí los golpes como si fueran ecos lejanos golpeando una puerta cerrada, débiles, lentos, casi tímidos. Ahora, en cambio, todo era silencio por dentro, un silencio ancho, suave, como el mar cuando decide no moverse. Ese contraste me inquietó y me tranquilizó a la vez, una mezcla rara, espesa, que me envolvía mientras mi cuerpo seguía recibiendo castigo. Pero ya nada dolía, nada tenía filo, nada tenía sombra. Solo esa calma extraña, como si una manta de agua tibia me cubriera la cabeza y me invitara a cerrar los ojos lentamente, sin prisas y sin miedo, y eso era curioso porque nunca me había gustado quedarme quieto, nunca me había gustado rendirme, y sin embargo allí estaba, dejando que todo se apagara, dejando que aquella serenidad imposible me tragara entera. Me di cuenta de que no podía mover los dedos, ni la cola, ni siquiera el músculo que sostenía mi sonrisa tonta y perturbadora, esa que siempre asustaba a los críos y desesperaba a los adultos; era como si mi cuerpo entero se hubiera convertido en una pintura a medio borrar. Intenté hablar, decir cualquier cosa, un chiste borde, un insulto infantil, un rugido colérico que demostrara que aún quedaba algo de mí, pero la voz aguda que siempre me acompañaba no salió, atrapada en alguna parte entre mis cuernos inútiles y mi pecho hundido. Finalmente lo entendí, lo sentí más que pensarlo, como si la gema celeste incrustada en mi frente hubiese brillado un instante para explicármelo todo: mi conciencia estaba aflojando el nudo que me ataba al cuerpo. Era una sensación extraña, como si me deslizara hacia atrás, como si flotara sobre mí mismo, dejando atrás mis ojos rojos, mis protuberancias inútiles, mi piel azul claro cubierta de heridas recientes, y en ese deslizamiento suave pensé en mis hermanos, en lo fastidiosos que eran, en lo mucho que me hacían rabiar, en lo obediente que terminaba siendo frente a ellos pese a mi orgullo ridículo, en lo que daría por gritarles una última vez que no lloraran, que el mediano seguía aquí, que el bueno de Uosan Sakana no se perdería tan fácil. Pero mi conciencia se fue, llevándose mi vida con ella.

RESUMEN


BÉLICO


SIGUIENTE TURNO
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 93 - 217 = -124
Energia: 617 + 0 = 617
Espiritu: 150 + 0 = 150


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RE: [EVENTO CAMBIO ZONA] El camino para ser alguien; Parte 2 [GRUPO 1] - por Uosan Sakana - 14-11-2025, 11:59 PM

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