[EVENTO CAMBIO ZONA] El camino para ser alguien; Parte 2 [GRUPO 1]
#50
Poco a poco empecé a notar cómo el aire se me escapaba entre los dientes, una sensación punzante que trepaba desde el cuello hasta los pulmones, haciendo que cada intento de respirar sonara más como un silbido agudo que como una inhalación. El bicho aquel, una masa de músculos húmedos y piel áspera, se había enroscado en torno a mi cuello como si quisiera fusionarse conmigo, apretando con una desesperación animal. Su fuerza no era la de un humano, no; era la fuerza de algo que no entiende de límites ni de miedo. Cada vez que intentaba moverme, sentía las fibras de su cuerpo tensarse más, estrujándome como si mi garganta fuera una presa que debía romperse a toda costa. Noté cómo sus uñas o garras, o lo que demonios fueran esas cosas, arañaban mi piel, abriéndola en cortes finos que ardían como si me hubiesen vertido sal marina encima. Me dolía, y no solo el cuello, sino la impotencia de no poder respirar con libertad, de tener esa criatura pegada a mí como un parásito que disfrutaba del sufrimiento que causaba. Intenté soltar una carcajada, una risa aguda y nerviosa que apenas salió como un jadeo, porque la situación tenía algo de absurdo: yo, un gyojin con fuerza suficiente para romper rocas, siendo estrangulado por una cosa tan insignificante y pegajosa. La rabia me empezó a hervir por dentro, mezclándose con un sabor metálico que se me acumulaba en la lengua; podía oler mi propia sangre, y eso me despertó un instinto que hacía tiempo no sentía. Cerré los ojos un segundo, no por miedo, sino para concentrarme. Sentí la presión en el cuello aumentar, el aire escapando, los músculos tensos, la piel ardiendo. Y aún así, una sonrisa se me dibujó en la cara, esa sonrisa tonta y perturbadora que tanto detestaban mis enemigos.

Cuando giré la cabeza lentamente, dejando que mi sonrisa se ensanchara con esa calma enfermiza que solía sacar de quicio a los demás. Mis ojos rojos se clavaron en la gigantona, la miré con desprecio mientras el aire se llenaba de esa tensión eléctrica que precede a la violencia. Mi pecho quedó expuesto, confiado, casi burlón, como si estuviera provocando a cualquiera que se atreviera a desafiarme. Pero no tuve tiempo ni de terminar de inflar el pecho, ni de soltar una palabra. Sentí un golpe brutal que me sacudió de repente, seco, violento, tan rápido que ni siquiera vi venir de dónde venía. Todo mi cuerpo se estremeció; el impacto del mink leopardo me detuvo en seco, cortando cualquier intento de mantener la compostura. Mi sonrisa se torció, no de miedo, sino de rabia contenida. Mis músculos se tensaron como los de un depredador que acaba de ser mordido por su presa. Apenas tuve tiempo de fijar la vista en aquel desgraciado cuando volvió a moverse, su cuerpo saltando con agilidad desde la pared como una bala viva. Su espada brilló un instante antes de caer sobre mi pierna derecha. El corte fue limpio, preciso y certero, como si conociera el punto exacto para hacerme gruñir. Sentí el filo abrirse paso entre la carne, una corriente ardiente subiendo por la pierna, y la sangre brotó tibia, escurriéndose entre mis escamas. Apreté los dientes, dejando escapar un gruñido ronco que se quebró por el esfuerzo. Mi instinto gyojin me pedía destrozarlo, arrancarle la garganta de un zarpazo, pero mi mente se mantenía helada, observando cada movimiento del mink, calculando. Su cuerpo en tensión, su respiración agitada… y yo, aún sin caer, sonreí de nuevo. -Tch… te mueves bien para un gato… uo- Mascullé, con voz aguda y cargada de irritación infantil, mientras la rabia se encendía como fuego bajo mi piel azulada.

El cuerpo me tembló por un instante, una vibración que recorrió mi columna hasta el final de la cola, como si el golpe en la pierna hubiera hecho resonar toda mi estructura ósea. Me incliné levemente hacia adelante, el aire escapando de mis pulmones en un jadeo ronco y agudo. Mis manos, casi por reflejo, se aferraron a la herida en la pierna derecha; sentí el calor de mi propia sangre resbalando entre los dedos, pegajosa, con ese olor metálico que me llenaba las fosas nasales. Solté un rugido corto, medio grito, medio protesta, el tipo de sonido que solo nace de una mezcla de dolor y furia contenida. Todo lo infantil en mí se desdibujó por unos segundos, reemplazado por un instinto más crudo, casi animal. Fue entonces cuando otro impacto me sacudió la cabeza. No fue una bala que atravesara, ni un disparo que me arrancara nada… más bien, se sintió como si alguien me hubiera lanzado una piedra con una puntería endemoniada. Rebotó en mi cráneo con un chasquido seco, haciendo que mi cabeza girara levemente hacia un lado. -Tsk… eso dolió-uo…- Gruñí entre dientes, con la voz aguda quebrándose entre la rabia y la sorpresa. El golpe me hizo parpadear varias veces, los ojos rojos nublándose unos instantes. Sentí un zumbido persistente, una vibración en el oído derecho que me hacía perder por momentos el equilibrio. No era dolor lo que me preocupaba, sino la sensación de que mi cuerpo comenzaba a responder más lento, mis músculos tensándose sin fuerza. ¿Era cansancio? ¿O acaso… había subestimado a esos miserables? Me quedé quieto, respirando con pesadez, el pecho subiendo y bajando en un ritmo desigual. La sonrisa tonta que solía dominar mi rostro se desvaneció apenas unos segundos, sustituida por un gesto más serio, casi incrédulo. -Quizá… los infravaloré-uo…- Pensé, apretando los dientes, mientras el sabor salado de la sangre se mezclaba con mi saliva. Y ese pensamiento me ardió más que la herida.

Volví a intentar inhalar con todas mis fuerzas, como quien busca hundirse en la marea para recuperar el aliento; erguí el torso con un esfuerzo que me quemó los músculos y llevé las manos torpes y húmedas hacia el bicho que tenía enroscado al cuello, dispuesto a arrancarlo con un movimiento seco y definitivo para volver a ser yo mismo, para volver a repartir orden y miedo en la misma medida. Noté mis dedos enfangados de sangre caliente y salada, el olor metálico que me pegaba en la nariz y convertía cada respiración en una operación militante; por un instante la esperanza fue un latido: si lo quitaba, si lo apartaba, podría recomponer la respiración y erguirme como siempre, con la sonrisa torcida que asusta y la calma que engaña. Pero cuando el impulso se organizó en mi cuerpo, algo pesado me alcanzó por detrás: la gigantona, con esa torpeza de montaña, me dio un golpe seco en la nuca que se sintió mas como un golpe amistoso que como un golpe agresivo. Me giré al instante, instinto puro, dispuesto a aplastar la molestia humana que se atrevía a tocarme, pero antes de que pudiera completar el giro un nuevo impacto como una piedra arrojada vino a estampar su presencia contra la sien izquierda; el crujido seco del golpe se extendió por mi cabeza y el mundo se convirtió en una acuarela desigual, con sonidos que llegaban lejanos y una presión sorda que me ordenaba detenerme. Sentí cómo la fuerza que tanto había dado por sentada empezaba a flaquear, una rendija pequeña que se agrandaba con cada respiración que me costaba más tomar; mi corazón palpitaba de manera rara, un latido que no obedecía y que me gritaba que quizás, sólo quizás, había subestimado a todos estos insectos que ahora me aprietan la vida. La rabia burbujeó en mí, infantil y colérica, buscando un estallido final, pero la niebla en los ojos y la punta afilada del dolor me obligaron a reconocer algo que me escuece admitir: me estoy debilitando.

No podía hacer mucho más… el aire me entraba a trompicones, cada respiración suena como un silbido ahogado dentro de mi garganta, y sentía cómo mi pecho se contrae sin control, buscando oxígeno donde ya no hay nada. Una rodilla, la derecha, se hundió en el suelo con un golpe seco, levantando un poco de polvo y salpicando sangre que ya no sé si es mía o de los otros;  sentía el suelo frío, áspero, y la vibración del impacto me recorría en el cuerpo hasta la punta de la cola, haciéndome temblar. Seguía con las manos clavadas al bicho que me estrangulaba, sus garras siguen hundiéndose en mi cuello, y el sonido de su respiración cerca de mi oído se mezclaba con el latido desesperado de mi propio corazón. Intenté apretar los dientes, pero el hueco donde faltaba el colmillo roto me dolía con cada intento de rabia. La piel del cuello me ardía; sentía cómo la presión aumentaba, cómo la vista empezaba a nublarse en los bordes, como si el mundo se cerrara en un túnel de luz azul y ruido. Por primera vez en mucho tiempo, me doy cuenta de que el cuerpo no siempre obedece a la voluntad. Yo, un Sakana, mitad beluga y mitad manta, un depredador del océano… reducido a esto. Mis brazos temblaban, las venas se me marcaban, y apenas logré aflojar un poco el agarre que tengo en el cuello. El pensamiento se deslizaba lento, pesado: ”¿Será este mi fin, uo?” Me negaba a aceptarlo, pero la mente se llenaba de imágenes: mis hermanos riéndose de mí, llamándome débil, una burla que me dolería más que la muerte misma. ”No… no pienso caer aquí, no pienso morir rodeado de estos insectos terrestres.” Pero el cuerpo no escuchaba, el aire no llega, y mientras la presión en el cuello me consume, solo alcanzo a mascullar entre dientes, en un hilo de voz aguda y rota: -No… todavía no…-uo-

RESUMEN


BÉLICO


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Cambios en estadísticas
Vitalidad: 634 - 541 = 93
Energia: 611 + 6 = 617
Espiritu: 150 + 0 = 150


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RE: [EVENTO CAMBIO ZONA] El camino para ser alguien; Parte 2 [GRUPO 1] - por Uosan Sakana - 13-11-2025, 03:04 AM

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