07-11-2025, 07:09 PM
27 de otoño, año 16.
Hace más de tres mil años, un ser pensante, como tú y como yo —mi estimado lector—, descubrió un día que no estaba satisfecho con todo lo que aprendía. Pues, habiendo nacido con la posibilidad de soñar, su entorno le había enseñado que los sueños solo surgen cuando se está dormido.
Hace treinta y dos, otro ser al que también le gustaba pensar llegó a la misma conclusión.
No, Bai no era sabia —ni tampoco pretendía serlo—; simplemente, en ella habitaba un hambre insaciable, tan atroz que le revolvía las entrañas y las estrangulaba, obligándola a avanzar cada día un poco más. Y si uno le preguntaba, afirmaba que su sed era como un parásito famélico que se alimentaba de certezas. Porque, por más que aprendiera, comprendiera o se exigiera, algo dentro de ella seguía queriendo más, como si cada ápice de conocimiento alcanzado no hiciera sino revelar el abismo que ocultaba.
Así pues, a veces contemplaba el firmamento para olvidar y pensar en sus ancestros; pero, si lo hacía por demasiado tiempo, acababa sintiendo que el mundo la reclamaba con voces que no podía entender. Otras veces bastaba el silencio de una noche sin luna para que su mente comenzara a girar, inquieta, buscando un sentido que aún no alcanzaba a descifrar.
Y no le servían sus libros ni la bitácora. Tampoco las noches de pasión que usaba como panacea personal.
Fue entonces, en una de esas múltiples noches de hambre intensa, cuando recordó por qué había abandonado su hogar: necesitaba saber. ¿Y qué mejor forma de conocer que explorar la nueva isla en la que se encontraba?
Al fin y al cabo, si el conocimiento era su sustento, la isla podía ser su festín.
Durante los tres días siguientes, Mudai se dedicó a estudiar antiguos registros del clima: anotaciones dispersas, signos en tablillas y símbolos cuyo significado podía entender a medias. Claro, obvió las letras y los textos, pues pese a que Lan estaba por las cercanias, no quiso molestarla. De esta forma, analizó con paciencia todo lo que pudo y trazó correspondencias entre estaciones y mareas que, al final, le dió un patrón de humedad.
Sí, ahora estaba satisfecha.
Aquellas condiciones —la humedad persistente, el sol templado o el ritmo de las lluvias— podían sustentar especies poco habituales para la birkiniana, y, de entre todas ellas, una le llamaba especialmente la atención: el árbol del dragón.
El mismo del que se decía que sangraba una resina carmesí apodada como sangre de drago.
Al alba del cuarto día, preparó su morral con cuadernos, frascos vacíos y una navaja de campo que, desde ese preciso instante, sería su inseparable compañera. Sin embargo, justo antes de partir, una idea chispeó en su mente barroca:
¿Y si avisaba a Zhang para que la ayudara?
Él era médico, y si lograba aplicar sus conocimientos con acierto, quizá podrían crear un cataplasma decente con aquella resina, lo bastante potente para secar pequeñas infecciones cutáneas.
Sí, eso seguro le interesaba.
—Zhang —llamó a la puerta de su habitación al tiempo que lo llamaba por su nombre —¡Zhang! —Alzó un poco la voz por si no la había escuchado.
Y al responderle lo primero que hizo fue poner por delante un cuaderno de pocas hojas, amarillento y lleno de garabatos y dibujos.
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