07-11-2025, 06:36 PM
Mi voz aún resonaba con desdén cuando algo atravesó mi defensa con una velocidad que mi mente apenas registró. Ese pequeño ser pálido. Se había movido como una sombra, y su katana cortó a través de mi cuerpo con precisión escalofriante. No fue un corte superficial como antes. Esta vez fue profundo. Sentí cómo el acero frío separaba músculo, rozaba hueso, y mi sangre brotó manchando mis labios púrpura oscuro. ¿Cómo? Mi mente se fragmentó. Las paredes giraron. Los rostros se multiplicaron. Durante tres segundos eternos, perdí la noción de dónde terminaba yo y dónde comenzaba el mundo. La confusión me tragó como una ola oscura. Entonces, como un relámpago de claridad, sentí llegar el siguiente ataque. Hielo. Otra vez ese hielo repugnante. La mujer de cabello blanco había lanzado su técnica mientras yo me tambaleaba. Giré la cabeza apenas a tiempo, sintiendo el frío rasgar mi mejilla izquierda. El dolor era... inaceptable. Pero no tuve tiempo de procesar la humillación. Porque entonces sentí una presencia masiva acercándose desde mi izquierda. El gigante barbudo.
De repente, el mundo se volvió nítido. Cada detalle se cristalizó ante mis ojos, cada fibra muscular del coloso tensándose, cada gota de sudor cayendo de su frente bárbara, cada milímetro de su puño descendiendo hacia mí como un meteoro de carne y barba repugnante. Mis sentidos se agudizaron hasta un punto casi doloroso, como si pudiera contar cada latido de mi corazón acelerado. ¡Muévete! Mi cuerpo respondió antes que mi mente. Mis músculos se aflojaron, se volvieron fluidos, como si mis huesos se hubieran convertido en seda. Una ligereza antinatural me invadió, no era velocidad, era gracia pura, la capacidad de posicionarme con precisión milimétrica. No podía esquivar. No había tiempo. Pero sí pude plantarme, rotar mi torso, distribuir el peso, preparar mi cuerpo para absorber el golpe en lugar de ser destrozado por completo. El impacto me atravesó como un trueno. Mis huesos crujieron. Mis órganos se comprimieron. Sentí cómo mis costillas, esas perfectas costillas que enmarcaban mi torso divino, se fracturaban bajo la presión monstruosa. La fuerza me habría lanzado metros atrás, pero yo la detuve. Con pura voluntad y orgullo, mantuve mi posición, clavando mis pies en el suelo rocoso mientras cada célula de mi cuerpo gritaba en agonía. Pero mi cuerpo... mi precioso cuerpo... ya no respondía.
Sangre goteaba de mi boca. Mi respiración era un jadeo irregular. Mis piernas temblaban, mis piernas, que nunca habían temblado ante nada. Y entonces llegaron los demás. El golpe del otro gigante (brutal, descoordinado, grotesco) impactó mi cuello. La lava de esa pelirroja escandalosa, esa zorra persistente, envolvió todo mi cuerpo en agonía fundida. El veneno de mi propia cola ya no importaba. El frío de la mujer pálida ya no importaba. Nada importaba. Porque, por primera vez en mi existencia magnífica, comprendí algo terrible: Iba a morir.
Mis rodillas cedieron. Caí, pero incluso cayendo mantuve cierta gracia, porque eso es lo que soy, lo que seré incluso en la muerte. Mi espalda tocó el suelo frío, y mis ojos carmesí miraron hacia el techo invisible de esta prisión pétrea. Las estrellas... ¿había estrellas allá arriba? No podía verlas. Solo oscuridad. Pero incluso ahora, con mi vida escapando en ríos de sangre, mi mente se aferró a lo único que siempre había sido verdad – “Ho... ho... ho...” – mi risa salió quebrada, cada sílaba manchada de sangre – “Qué... adorable... espectáculo...” – mis labios púrpura se curvaron en una última sonrisa – “pueden... matarme... simios...” – cada palabra era un esfuerzo monumental – “pero... incluso... en la muerte...” – mis ojos comenzaron a cerrarse – “sigo siendo... más hermoso... que cualquiera... de ustedes...” – La oscuridad me abrazó, pero no como una derrota. No. Era como un telón final, cerrándose después de la actuación perfecta. Mi cuerpo yacía inmóvil, rodeado de hielo, magma, y sangre. Los anillos de oro en mi cola tintinearon una última vez, suavemente, como una campana de funeral. Y en ese último instante de consciencia, antes de que todo se desvaneciera, pensé: Al menos... moriré... siendo el más bello que jamás hayan visto. Entonces, la nada.
El cuerpo de Uoichi Sakana, narcisista, cruel, magnífico, quedó tendido en el suelo de piedra, sus ojos carmesí fijos en el vacío, esa sonrisa condescendiente aún grabada en sus labios como un último acto de desafío.
Incluso en la muerte, se negaba a perder su elegancia.
De repente, el mundo se volvió nítido. Cada detalle se cristalizó ante mis ojos, cada fibra muscular del coloso tensándose, cada gota de sudor cayendo de su frente bárbara, cada milímetro de su puño descendiendo hacia mí como un meteoro de carne y barba repugnante. Mis sentidos se agudizaron hasta un punto casi doloroso, como si pudiera contar cada latido de mi corazón acelerado. ¡Muévete! Mi cuerpo respondió antes que mi mente. Mis músculos se aflojaron, se volvieron fluidos, como si mis huesos se hubieran convertido en seda. Una ligereza antinatural me invadió, no era velocidad, era gracia pura, la capacidad de posicionarme con precisión milimétrica. No podía esquivar. No había tiempo. Pero sí pude plantarme, rotar mi torso, distribuir el peso, preparar mi cuerpo para absorber el golpe en lugar de ser destrozado por completo. El impacto me atravesó como un trueno. Mis huesos crujieron. Mis órganos se comprimieron. Sentí cómo mis costillas, esas perfectas costillas que enmarcaban mi torso divino, se fracturaban bajo la presión monstruosa. La fuerza me habría lanzado metros atrás, pero yo la detuve. Con pura voluntad y orgullo, mantuve mi posición, clavando mis pies en el suelo rocoso mientras cada célula de mi cuerpo gritaba en agonía. Pero mi cuerpo... mi precioso cuerpo... ya no respondía.
Sangre goteaba de mi boca. Mi respiración era un jadeo irregular. Mis piernas temblaban, mis piernas, que nunca habían temblado ante nada. Y entonces llegaron los demás. El golpe del otro gigante (brutal, descoordinado, grotesco) impactó mi cuello. La lava de esa pelirroja escandalosa, esa zorra persistente, envolvió todo mi cuerpo en agonía fundida. El veneno de mi propia cola ya no importaba. El frío de la mujer pálida ya no importaba. Nada importaba. Porque, por primera vez en mi existencia magnífica, comprendí algo terrible: Iba a morir.
Mis rodillas cedieron. Caí, pero incluso cayendo mantuve cierta gracia, porque eso es lo que soy, lo que seré incluso en la muerte. Mi espalda tocó el suelo frío, y mis ojos carmesí miraron hacia el techo invisible de esta prisión pétrea. Las estrellas... ¿había estrellas allá arriba? No podía verlas. Solo oscuridad. Pero incluso ahora, con mi vida escapando en ríos de sangre, mi mente se aferró a lo único que siempre había sido verdad – “Ho... ho... ho...” – mi risa salió quebrada, cada sílaba manchada de sangre – “Qué... adorable... espectáculo...” – mis labios púrpura se curvaron en una última sonrisa – “pueden... matarme... simios...” – cada palabra era un esfuerzo monumental – “pero... incluso... en la muerte...” – mis ojos comenzaron a cerrarse – “sigo siendo... más hermoso... que cualquiera... de ustedes...” – La oscuridad me abrazó, pero no como una derrota. No. Era como un telón final, cerrándose después de la actuación perfecta. Mi cuerpo yacía inmóvil, rodeado de hielo, magma, y sangre. Los anillos de oro en mi cola tintinearon una última vez, suavemente, como una campana de funeral. Y en ese último instante de consciencia, antes de que todo se desvaneciera, pensé: Al menos... moriré... siendo el más bello que jamás hayan visto. Entonces, la nada.
El cuerpo de Uoichi Sakana, narcisista, cruel, magnífico, quedó tendido en el suelo de piedra, sus ojos carmesí fijos en el vacío, esa sonrisa condescendiente aún grabada en sus labios como un último acto de desafío.
Incluso en la muerte, se negaba a perder su elegancia.
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