06-11-2025, 06:37 PM
(Última modificación: 06-11-2025, 06:43 PM por Krysser.
Razón: Energía y detalles karmas
)
La luz de la luna, irónicamente, le había arrastrado a la oscuridad. Pero una nueva luz le devolvió a la realidad, un destello tan violento que lo arrancó del abismo a la fuerza.
Una luz blanca, ardiente y cegadora, explotó frente a sus ojos como si el propio sol se hubiera derramado dentro del foso. Krysser rugió, retrocediendo instintivamente, sintiendo cómo el resplandor atravesó la neblina y le quemó las retinas, deshaciendo el hilo que lo mantenía atado al frenesí lunar.
Por un instante, el mundo se convirtió en una maraña de ruido y colores. Y luego, silencio. Sus propios pensamientos ocuparon su cabeza, estaba de vuelta. El aire volvió a entrar en sus pulmones. Su corazón, que había latido como un trueno desbocado, comenzó a recuperar el compás. La electricidad que chispeaba entre su pelaje empezó a disiparse, como si la tormenta hubiera pasado. Y en ese regreso a la conciencia, en ese parpadeo confuso donde lo humano volvía a imponerse a la bestia, Krysser lo vio. Su garra. Y, más importante, la sangre que la manchaba.
El rojo oscuro manchaba los filos de sus armas, goteando lentamente sobre la piedra. Al costado, Zhang permanecía en pie, firme pese al impacto anterior, aunque con el cuerpo algo magullado y signos de daño que encajaban con los de sus armas de forma evidente, a pesar de sus intentos por atender las heridas. Pero los ojos del burro permanecían con una calma imperturbable. Ninguna palabra, ningún reproche. Solo comprensión, sin duda el anciano equino entendía lo que acababa de suceder, y su reacción parecía ser el perdón inmediato. Y eso dolía más que cualquier herida, pues el tigre no sentía merecer ese perdón.
Krysser tragó saliva.
-Yo… -Quiso decir algo, pero la voz que resonaba más allá en aquel comienzo de un discurso improvisado interrumpió todo intento. Era Uoroku.
El gyojin aún estaba allí, pero ya no parecía el mismo monstruo que había dominado el campo con su aura imponente. El ataque de Uker, aunque acabó pagando un alto precio, lo había alcanzado, desviando su concentración, y ahora se veía obligado a reaccionar. Por primera vez, a pesar de lo que quería decir con sus palabras, parecía vulnerable.
El tigre levantó la cabeza. Toda la ira contenida, toda la vergüenza, toda la culpa, se transformó en algo nuevo. Determinación pura. La bestia no había desaparecido, solo se había domado. Y entonces el aire volvió a rugir.
Rosse fue el primero en moverse, apenas un segundo después de escuchar el inicio del discurso tras la herida provocada a Uker. Su silueta luminosa se impulsó en el aire, resplandeciendo como un cometa directo a su objetivo, siendo la estela que guió los siguientes pasos del tigre, que se apresuró a salir tras él. En un movimiento perfecto, la luz misma giró sobre sí y descargó una patada devastadora sobre la herida de Uoroku, que aún estaba recomponiéndose. El golpe lo lanzó hacia arriba, y no tardó en llegar otro que lo lanzara de vuelta directo contra el suelo rocoso.
El gyojin apenas tendría tiempo de entender lo que sucedía cuando una sombra ascendió tras él. Krysser.
El tigre cayó con la velocidad de un rayo, pese a no utilizar el electro, seguía siendo increíblemente veloz para su tamaño. Aquel gyojin no se callaba la boca, y su olor era imposible de distinguir, así que incluso con la visión algo afectada por la luz le fue increíblemente fácil ubicarlo. Y entonces descargó su técnica. Pero no aquella con la que había herido a su compañero instantes antes, sino su versión original, la que dio origen a su estilo, la que lo había acompañado desde entonces.
-¡Gōken! -El grito retumbó en el foso cuando las dos garras brillantes se cruzaron en un golpe doble, una embestida que se estrelló contra el enemigo en el aire.
El impacto liberó una onda de choque que barrió la piedra y levantó polvo y agua en todas direcciones, pero fue incapaz de mover el pesado cuerpo del gyojin, que continuaba en caída. Uoroku era impulsado hacia abajo por la propia gravedad, mientras Krysser giró en el aire tras el golpe y aterrizó de pie, con una rodilla clavada en el suelo, jadeando. La energía de su forma Sulong ya lo había abandonado por completo, dejando solo el cansancio y la rabia contenida. Apenas alcanzó a dar un portentoso salto para alejarse de su enemigo, pues la venganza no le competía solo a él.
Zhang, el viejo mink, quien más había sufrido aquella treta. No había habido demasiadas palabras, ni tampoco la necesidad de ellas. Solo un propósito compartido, solo la sensación desde que salió tras Rosse de que el burro iría junto a ellos dos a por su enemigo común. Habiendo cumplido su parte de aquella venganza, Krysser se apartó a un costado, cediéndole el paso con un leve asentimiento. La batalla aún no había terminado, pero esta vez no atacaba él solo.
Y mientras el aire tal vez se llenaba de electricidad y escarcha, el tigre pensó que quizá aquella era la verdadera redención, no el perdón vacío, sino la redención de seguir luchando junto a los que aún creían en él.
Una luz blanca, ardiente y cegadora, explotó frente a sus ojos como si el propio sol se hubiera derramado dentro del foso. Krysser rugió, retrocediendo instintivamente, sintiendo cómo el resplandor atravesó la neblina y le quemó las retinas, deshaciendo el hilo que lo mantenía atado al frenesí lunar.
Por un instante, el mundo se convirtió en una maraña de ruido y colores. Y luego, silencio. Sus propios pensamientos ocuparon su cabeza, estaba de vuelta. El aire volvió a entrar en sus pulmones. Su corazón, que había latido como un trueno desbocado, comenzó a recuperar el compás. La electricidad que chispeaba entre su pelaje empezó a disiparse, como si la tormenta hubiera pasado. Y en ese regreso a la conciencia, en ese parpadeo confuso donde lo humano volvía a imponerse a la bestia, Krysser lo vio. Su garra. Y, más importante, la sangre que la manchaba.
El rojo oscuro manchaba los filos de sus armas, goteando lentamente sobre la piedra. Al costado, Zhang permanecía en pie, firme pese al impacto anterior, aunque con el cuerpo algo magullado y signos de daño que encajaban con los de sus armas de forma evidente, a pesar de sus intentos por atender las heridas. Pero los ojos del burro permanecían con una calma imperturbable. Ninguna palabra, ningún reproche. Solo comprensión, sin duda el anciano equino entendía lo que acababa de suceder, y su reacción parecía ser el perdón inmediato. Y eso dolía más que cualquier herida, pues el tigre no sentía merecer ese perdón.
Krysser tragó saliva.
-Yo… -Quiso decir algo, pero la voz que resonaba más allá en aquel comienzo de un discurso improvisado interrumpió todo intento. Era Uoroku.
El gyojin aún estaba allí, pero ya no parecía el mismo monstruo que había dominado el campo con su aura imponente. El ataque de Uker, aunque acabó pagando un alto precio, lo había alcanzado, desviando su concentración, y ahora se veía obligado a reaccionar. Por primera vez, a pesar de lo que quería decir con sus palabras, parecía vulnerable.
El tigre levantó la cabeza. Toda la ira contenida, toda la vergüenza, toda la culpa, se transformó en algo nuevo. Determinación pura. La bestia no había desaparecido, solo se había domado. Y entonces el aire volvió a rugir.
Rosse fue el primero en moverse, apenas un segundo después de escuchar el inicio del discurso tras la herida provocada a Uker. Su silueta luminosa se impulsó en el aire, resplandeciendo como un cometa directo a su objetivo, siendo la estela que guió los siguientes pasos del tigre, que se apresuró a salir tras él. En un movimiento perfecto, la luz misma giró sobre sí y descargó una patada devastadora sobre la herida de Uoroku, que aún estaba recomponiéndose. El golpe lo lanzó hacia arriba, y no tardó en llegar otro que lo lanzara de vuelta directo contra el suelo rocoso.
El gyojin apenas tendría tiempo de entender lo que sucedía cuando una sombra ascendió tras él. Krysser.
El tigre cayó con la velocidad de un rayo, pese a no utilizar el electro, seguía siendo increíblemente veloz para su tamaño. Aquel gyojin no se callaba la boca, y su olor era imposible de distinguir, así que incluso con la visión algo afectada por la luz le fue increíblemente fácil ubicarlo. Y entonces descargó su técnica. Pero no aquella con la que había herido a su compañero instantes antes, sino su versión original, la que dio origen a su estilo, la que lo había acompañado desde entonces.
-¡Gōken! -El grito retumbó en el foso cuando las dos garras brillantes se cruzaron en un golpe doble, una embestida que se estrelló contra el enemigo en el aire.
El impacto liberó una onda de choque que barrió la piedra y levantó polvo y agua en todas direcciones, pero fue incapaz de mover el pesado cuerpo del gyojin, que continuaba en caída. Uoroku era impulsado hacia abajo por la propia gravedad, mientras Krysser giró en el aire tras el golpe y aterrizó de pie, con una rodilla clavada en el suelo, jadeando. La energía de su forma Sulong ya lo había abandonado por completo, dejando solo el cansancio y la rabia contenida. Apenas alcanzó a dar un portentoso salto para alejarse de su enemigo, pues la venganza no le competía solo a él.
Zhang, el viejo mink, quien más había sufrido aquella treta. No había habido demasiadas palabras, ni tampoco la necesidad de ellas. Solo un propósito compartido, solo la sensación desde que salió tras Rosse de que el burro iría junto a ellos dos a por su enemigo común. Habiendo cumplido su parte de aquella venganza, Krysser se apartó a un costado, cediéndole el paso con un leve asentimiento. La batalla aún no había terminado, pero esta vez no atacaba él solo.
Y mientras el aire tal vez se llenaba de electricidad y escarcha, el tigre pensó que quizá aquella era la verdadera redención, no el perdón vacío, sino la redención de seguir luchando junto a los que aún creían en él.
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