[personajeinvalido=2283]
Intente separarme algunos metros de el ya que venia hacia a mi , unos dos metros. Justo oi el grito hacia dos de mis compañeros que estaban en el mismo sitio que yo.
Antes de ver su cola, mi mano, en forma de puño intento dirijirse a el para poder darle. justo cuando se giraba para hablar, le di , conseguí darle.
Pero noté su golpe también y caí; fue como si el mundo me escupiera fuera de su eje. Caí al suelo con un ruido seco, el aire escapando de mis pulmones en un gemido breve. Por un instante, todo fue silencio, un eco sordo en mis oídos que sólo dejaba espacio para el latido de mi propio corazón. Lo miré desde abajo.
Sus palabras me atravesaron sin dejar marca. Ya no dolían. Me habían dicho cosas peores, me habían hecho sentir menos que nada, y aun así seguía aquí, respirando. Las palabras... solo eran aire. Y yo ya estaba acostumbrada a ese tipo de comportamientos; la crueldad ajena y familiar se había convertido en una melodía de fondo que aprendí a ignorar.
Pero la impotencia pesaba, una losa fría sobre mis hombros. No podía hacer nada… o al menos, eso creía. Cerré los ojos por un segundo y lo pensé, con la garganta apretada:
—¿Capitán Ash...? ¿Dónde estás? —susurré casi sin voz—. Los extraño a todos… quiero irme con mis nakamas.
El recuerdo de sus rostros me dio la fuerza que necesitaba. Me incorporé lentamente, sintiendo cómo cada músculo protestaba con un ardor punzante. El dolor era real, pero también lo era mi decisión.
Levanté la vista, fijé mis ojos en aquel asqueroso ser y, antes de avanzar, escupí las palabras como una bofetada:
—Estoy acostumbrada a mierdas como tú. Si te crees que me vas a dañar el ego, lo tienes claro... zarrapastroso de mierda.
La insulté sin rastro de duda; las palabras me calmaron. Luego, sin pensarlo más, eché a correr hacia él felino para poder acercarme a aquellos seres que me acompañaban y que obviamente pareciamos todos estar en el mismo bando. Mis piernas se movían solas, impulsadas por algo más fuerte que el miedo o el dolor. No me importaba el riesgo. No me importaba caer otra vez. Lo único que quería era demostrar que seguía en pie… que aún no había terminado.
Intente separarme algunos metros de el ya que venia hacia a mi , unos dos metros. Justo oi el grito hacia dos de mis compañeros que estaban en el mismo sitio que yo.
Antes de ver su cola, mi mano, en forma de puño intento dirijirse a el para poder darle. justo cuando se giraba para hablar, le di , conseguí darle.
Pero noté su golpe también y caí; fue como si el mundo me escupiera fuera de su eje. Caí al suelo con un ruido seco, el aire escapando de mis pulmones en un gemido breve. Por un instante, todo fue silencio, un eco sordo en mis oídos que sólo dejaba espacio para el latido de mi propio corazón. Lo miré desde abajo.
Sus palabras me atravesaron sin dejar marca. Ya no dolían. Me habían dicho cosas peores, me habían hecho sentir menos que nada, y aun así seguía aquí, respirando. Las palabras... solo eran aire. Y yo ya estaba acostumbrada a ese tipo de comportamientos; la crueldad ajena y familiar se había convertido en una melodía de fondo que aprendí a ignorar.
Pero la impotencia pesaba, una losa fría sobre mis hombros. No podía hacer nada… o al menos, eso creía. Cerré los ojos por un segundo y lo pensé, con la garganta apretada:
—¿Capitán Ash...? ¿Dónde estás? —susurré casi sin voz—. Los extraño a todos… quiero irme con mis nakamas.
El recuerdo de sus rostros me dio la fuerza que necesitaba. Me incorporé lentamente, sintiendo cómo cada músculo protestaba con un ardor punzante. El dolor era real, pero también lo era mi decisión.
Levanté la vista, fijé mis ojos en aquel asqueroso ser y, antes de avanzar, escupí las palabras como una bofetada:
—Estoy acostumbrada a mierdas como tú. Si te crees que me vas a dañar el ego, lo tienes claro... zarrapastroso de mierda.
La insulté sin rastro de duda; las palabras me calmaron. Luego, sin pensarlo más, eché a correr hacia él felino para poder acercarme a aquellos seres que me acompañaban y que obviamente pareciamos todos estar en el mismo bando. Mis piernas se movían solas, impulsadas por algo más fuerte que el miedo o el dolor. No me importaba el riesgo. No me importaba caer otra vez. Lo único que quería era demostrar que seguía en pie… que aún no había terminado.
resumen
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