04-11-2025, 08:39 AM
Su mano presionó con más fuerza el hombro del cocinero mientras que luchaba contra la tonta idea que tenían sus pies de tropezar en cada paso que daba, era un alivio que el estudio de Otto no fuera demasiado grande y que los pasos que dio para llegar hasta el frente de la mesa con los mapas ordenados no fueron demasiados, aunque, si tenía que ser sincero, le parecieron una eternidad; sin embargo, esa eternidad no se comparó con la visión enrevesada de los mapas que, como si tuvieran vida propia, a ojos del pelirosa, parecían moverse.
Estaba seguro de que los dibujos y las letras en los mapas estaban estáticos, muy seguro, pero no le pareció tan loco ver la “rotación” del planeta “dibujada” en aquellos papeles que apenas y podía descifrar en su estado y, aún así, por unos cinco segundos, su mente se despejó su suficiente para notar algo extraño en la ruta marcada, algo que notaba incluso sin ser navegante.
—¿Cómo que ruta perfecta? —Bufó con el mismo tono de borracho molesto que cargaba desde que entró a la casa. —Faltan mapas, chico…eh… ¿Cuál era tu nombre? No soy experto, pero las corrientes no concuerdan del todo y aunque unas todos los mapas hay “baches” entre ellos, si siguen esa ruta tal cual, se perderán, porque se encontrarán con más cosas de por medio —. Se encogió de hombros, de todos modos ¿quién le haría caso a un borracho? Aunque su comentario si que iba muy en serio, aunque, luego de eso, los números, letras y otros dibujos en el mapa volvieron a ser parte de un enigma indescifrable producto de su mente trastocada por el alcohol.
No se tomó la molestia de decir más nada y, para calmarse, su mirada se centró en la ventana del estudio, desde donde podía ver el cielo aun celeste y con nubes que fueron suficientes para que el médico se perdiera entre aquella blancura y dejara de escuchar el resto de la conversación entre el historiador y el cocinero.
—¡Será un honor trabajar contigo entonces! ¡Estaré esperando por la información! —El chico hablaba con entusiasmo mientras los tres hombres se dirigían a la salida, aunque uno de ellos, el pelirosa, solo parecía ser guiado por pura inercia, pues parecía estar en otro plano. —Espero que puedan tener un buen viaje…las islas del mapa están en el Grand Line y supongo que saben que es un mar peligroso, no solo por las mareas y el clima, si no por la clase de gente que dicen que hay…tengan cuidado —. Con aquel gesto, el historiador intercambió su den den mushi con el del pelinegro y se despidió del curioso dúo, algo esperanzado al sentir que, aunque fuera poco, algo había avanzado en su “exploración”.
Mientras tanto, ya fuera de la casa, el médico respiró el aire fresco del pueblo, su mente se despejó un poco, pero no tanto como para pensar de manera correcta, mucho menos cuando su preciada menta escaseaba, de hecho, con cada paso que daba empezaba a sentirse más débil, sus piernas temblaban y estaba seguro que había empezado a sudar frío en algún momento…no…no solo era sudor, se sentía más frío, como si su temperatura hubiera bajado un par de grados de la nada, tampoco le prestaba mucha atención a su alrededor, no vigilaba como era debido y las voces de las personas se escuchaban lejanas, incluso la del cocinero que lo acompañaba.
—¿Eh? ¿Barco? No, no, estoy bien, de verdad…muy bien…solo…vamos por las plantas —. Esas primeras palabras salieron entre la calma y el cansancio de alguien que se notaba agotado, mejor dicho, “enfermo” y; sin embargo, fue lo único tranquilo que le siguió a aquella conversación, pues menos de un segundo bastó para que el doctor se diera cuenta de que tal vez no encontraría lo que buscaba y, en su cabeza, los peores escenarios empezaron a formarse con tanta rapidez como la de un tren, ideas que iban y venían sin darle ni un minuto de descanso.
—¿Quieres? ¿Puedes? ¡Oh no! ¿Y si no encontramos menta en el mercado? —Su tono de voz subió apenas un poco y su manera de hablar se sentía más acelerada. —Ay no, no, no, no puedo quedarme sin menta… ¿Qué voy a hacer? La necesito…es lo único que puede…calmarme…no puedo estar así, no puedo, no puedo —. Soltó el hombro de Uker y, aunque seguía mareado, empezó a caminar en círculos en un mismo lugar al mismo tiempo que sus dientes volvían a morder su labio inferior con fuerza y, por un instante, solo un instante…dejó de respirar…grave error.
Lo siguiente que supo es que empezó a formarse un nudo en su garganta y un cosquilleo ansioso empezó a recorrer su estómago con tanta insistencia que pensó que eran bichos que intentarían salir de su interior —algo improbable y lo sabía, pero que fue lo único con lo que pudo comparar esa sensación—, pero de él no salieron bichos ni mucho menos, solo se quedó en blanco y detuvo su caminar en círculo para volver a apoyarse en el hombro del cocinero, justo frente a él. Ahora sí que jadeaba, retomando el aire que antes se negó y, con eso, una sensación que reconoció bastante bien.
No le dio tiempo de retroceder, tampoco de girar su cabeza hacia otro lado que no fuera el suelo, pues su único instinto fue el de inclinarse un poco antes de soltar el almuerzo y la cerveza justo en los zapatos del pobre cocinero cuyo único crimen fue encontrarse con el pelirosa en la peor situación posible.
El médico, por otro lado, sintió la quemazón en su garganta y el sabor amargo en su boca de la comida desperdiciada. Si tenían que preguntarle era un asco, sí…podía ser médico, pero una cosa no quitaba la otra, el vómito siempre era asqueroso, la sensación viscosa que le dejaba en la boca solo le hacían querer devolver el resto de la comida, pero con la poca consciencia que le quedaba, esta vez sí que pudo contenerse.
—Cocinero, creo que estoy en las puertas de la muerte…— Y, por supuesto que tenía que exagerar, hacer algo de drama. Es médico, no paciente.
