Aún continuaba corriendo, mientras el viento rugía en su oído, mezclado con el eco del agua que aún chisporroteaba sobre la roca mojada y las olas que rompían contra la artificial estructura, tan rápido como un relámpago contenido, sintiendo cada músculo aún palpitante de electricidad, cuando un destello lo cambió todo. La luz de la luna.
Durante un instante, una luz plateada, pura y antinatural, cayó reflejada en línea directa sobre la escena tras rebotar en el espejo que coronaba los muros. Aquello no sería algo que temer ni preocupante, sino fuera por aquel maldito Uoroku. Con una extraña técnica, desde la cabeza del enemigo, en la piel reluciente del gyojin, la luna se reflejó con la precisión de una daga.
Y esa chispa, ese reflejo exacto, bastó. El corazón de Krysser se detuvo un segundo… Y luego se desató.
Conocía bien aquel sentimiento, aquella sensación de la cual ya había advertido a Fyodor, aunque el resto de los presentes no tendrían esa información. Iba a ser peligroso. Iba a ser letal.
La electricidad de su cuerpo rugió con una potencia descomunal, mezclándose con algo más antiguo, algo salvaje. La energía lunar lo atravesó como un torrente divino, transformando el dolor en fuerza y la razón en furia. La piel bajo su abrigo se erizó, el pelaje blanco resplandeció con un fulgor eléctrico, y su mirada se volvió un pozo de luz sin fondo. Era el Sulong. La "bestia" que tanto temía Krysser había despertado.
Un gruñido gutural resonó por todo el foso, un sonido que no era del todo humano ni del todo animal. El aire tembló. La electricidad crepitó en líneas de luz que se curvaban a su alrededor como serpientes azules. Cada respiración parecía vibrar con el peso de un trueno, pero ahora, el de uno desatado.
Si el destino hubiera sido justo, en ese preciso instante, se habría abalanzado sobre Uoroku. Pero aquella bestia no vio enemigos ni aliados. Solo presas. Y entre todas las presencias, una destacaba por encima del resto, tal vez por el recuerdo o el instinto. La más firme, la más sólida, la más veterana.; y sobre todo, la más familiar. Zhang. Su instinto no le dejó dudar. Si debía medirse, sería primero con el guerrero mink.
Con un rugido que quebró el aire, Krysser se impulsó con una violencia imposible. El suelo bajo sus pies se fracturó en el punto de apoyo, levantando esquirlas de piedra que quedaron suspendidas por un instante en la estela de luz que lo rodeaba.
Su figura cruzó la distancia entre ambos, unos dieciocho metros, en apenas un parpadeo. La corriente de aire que dejó tras de sí fue un vendaval que hizo temblar la humedad del aire. Pasó de estar a distancia a respirar frente al otrora compañero. Un destello blanco, un trueno. Y entonces, el impacto.
El tigre se lanzó de lleno, con un movimiento limpio, brutal y preciso, con su brazo disparado en un golpe directo. Su técnica, Kōken, se descargó con toda la violencia que el Sulong podía ofrecer, chocando contra el pecho de Zhang con la fuerza de una tormenta desatada.
El ruido fue seco, como el estallido de un relámpago al caer sobre metal. La energía luminosa se dispersó en una onda que iluminó brevemente el foso, revelando el rostro del mink completamente fuera de sí, los colmillos al descubierto, el rugido atravesando el aire.
El impulso violento recorría aún su cuerpo, buscando ya su próxima presa con la mirada, respirando con el pecho agitado. No había conciencia, no había estrategia, solo el latido desbocado del instinto.
Probablemente tras aquella "traición" por un momento, todo el cuadrilátero quedó envuelto en un silencio espectral. Solo la luna, que seguía brillando sobre la cabeza de Uoroku, parecía aprobar aquella furia desatada.
Durante un instante, una luz plateada, pura y antinatural, cayó reflejada en línea directa sobre la escena tras rebotar en el espejo que coronaba los muros. Aquello no sería algo que temer ni preocupante, sino fuera por aquel maldito Uoroku. Con una extraña técnica, desde la cabeza del enemigo, en la piel reluciente del gyojin, la luna se reflejó con la precisión de una daga.
Y esa chispa, ese reflejo exacto, bastó. El corazón de Krysser se detuvo un segundo… Y luego se desató.
Conocía bien aquel sentimiento, aquella sensación de la cual ya había advertido a Fyodor, aunque el resto de los presentes no tendrían esa información. Iba a ser peligroso. Iba a ser letal.
La electricidad de su cuerpo rugió con una potencia descomunal, mezclándose con algo más antiguo, algo salvaje. La energía lunar lo atravesó como un torrente divino, transformando el dolor en fuerza y la razón en furia. La piel bajo su abrigo se erizó, el pelaje blanco resplandeció con un fulgor eléctrico, y su mirada se volvió un pozo de luz sin fondo. Era el Sulong. La "bestia" que tanto temía Krysser había despertado.
Un gruñido gutural resonó por todo el foso, un sonido que no era del todo humano ni del todo animal. El aire tembló. La electricidad crepitó en líneas de luz que se curvaban a su alrededor como serpientes azules. Cada respiración parecía vibrar con el peso de un trueno, pero ahora, el de uno desatado.
Si el destino hubiera sido justo, en ese preciso instante, se habría abalanzado sobre Uoroku. Pero aquella bestia no vio enemigos ni aliados. Solo presas. Y entre todas las presencias, una destacaba por encima del resto, tal vez por el recuerdo o el instinto. La más firme, la más sólida, la más veterana.; y sobre todo, la más familiar. Zhang. Su instinto no le dejó dudar. Si debía medirse, sería primero con el guerrero mink.
Con un rugido que quebró el aire, Krysser se impulsó con una violencia imposible. El suelo bajo sus pies se fracturó en el punto de apoyo, levantando esquirlas de piedra que quedaron suspendidas por un instante en la estela de luz que lo rodeaba.
Su figura cruzó la distancia entre ambos, unos dieciocho metros, en apenas un parpadeo. La corriente de aire que dejó tras de sí fue un vendaval que hizo temblar la humedad del aire. Pasó de estar a distancia a respirar frente al otrora compañero. Un destello blanco, un trueno. Y entonces, el impacto.
El tigre se lanzó de lleno, con un movimiento limpio, brutal y preciso, con su brazo disparado en un golpe directo. Su técnica, Kōken, se descargó con toda la violencia que el Sulong podía ofrecer, chocando contra el pecho de Zhang con la fuerza de una tormenta desatada.
El ruido fue seco, como el estallido de un relámpago al caer sobre metal. La energía luminosa se dispersó en una onda que iluminó brevemente el foso, revelando el rostro del mink completamente fuera de sí, los colmillos al descubierto, el rugido atravesando el aire.
El impulso violento recorría aún su cuerpo, buscando ya su próxima presa con la mirada, respirando con el pecho agitado. No había conciencia, no había estrategia, solo el latido desbocado del instinto.
Probablemente tras aquella "traición" por un momento, todo el cuadrilátero quedó envuelto en un silencio espectral. Solo la luna, que seguía brillando sobre la cabeza de Uoroku, parecía aprobar aquella furia desatada.
Off

).