01-11-2025, 01:21 AM
Día 42 del año 16, Primavera - 03:17 a.m.
Mazmorras del castillo, Reino Mogaro
Otra rata se coló por un agujero que había en la parte alta de la pared que había a mi izquierda. Hizo esos ruiditos tan incómodos que hacen siempre esos asquerosos animales, antes de irse por donde había venido. El mero hecho de pensar en aquella horrenda criatura me enfermaba, por lo que me limitaba a mantener los ojos cerrados y esperar. Para mi desgracia, no había nada que pudiera hacer por cambiar aquella situación.
Los guardias se habían asegurado de repetirme varias veces, entre burlas y risas, que me iba a pudrir en esta celda durante lo que me quedara de vida. Suponía que al Rey Juan le habían dicho algo parecido, pues desde que desperté no había dejado de llorar cual niño pequeño, repitiendo cosas como 'Mi Corona'. De hecho, los guardias que vigilaban en el pasillo se reían y entonaban improvisados cánticos acerca de cómo el que hasta hacía unos horas había sido su monarca se había orinado encima al encontrarse en aquella situación.
Me llevé la mano derecha a la cicatriz que aquel animal me había causado en el rostro. Ya no sangraba, pero sí que seguía escociendo. Esperaba que no se me hubiera infectado, porque no tenía ninguna duda de que aquellos deshechos que nos tenían encerrados a su anterior rey y a mí no se iban a molestar lo más mínimo por tratarme una infección. ¿Y cómo lo sabía? Tampoco hacía falta tampoco ser muy inteligente para llegar a esa conclusión, viendo que ni siquiera se habían dignado en traernos nada de comida. Y eso que de la hora de la cena habían pasado ya unas cuantas horas, y qué decir de la hora del té. Seguro que esos indigentes ni siquiera sabían qué era la hora del té, ni tampoco la importancia que ésta tenía
Para la sorpresa de seguramente más de uno de los presentes, era la primera vez que bajaba a esta parte del castillo. Conocía de la existencia de este lugar, como todo el mundo. Y el que no lo conocía la intuía, para que negarlo. A pesar de conocer de la existencia de las mazmorras y de que durante algún tiempo el 'no tan querido' Rey Juan había invitado forzosamente a alguna persona a pasar una temporada en estas, yo me negaba en rotundo a bajar a un lugar tan sucio y húmedo como este sin una buena razón, y la verdad es que nunca me habían dado una. Bueno, nunca hasta ahora.
Pensándolo bien, el encontrarme ahora tirado en este deplorable camastro encerrado en una oscura y húmeda celda de diez pies de ancho por dieciseis pies de largo era completamente culpa mía. Había sido yo el que se había confiado peleando contra Kageyama y el otro, y por culpa de eso no sólo tenía pinta de que me pasaría encerrado lo que me quedaba de vida, si no que poco más y ni siquiera hubiera llegado a entrar en esta celda.
De nada servía lamentarme en este momento. Podía martirizarme pensando en cómo hubieran cambiado las cosas si hubiera hecho esto otro u aquello, pero imaginar situaciones ficticias no me ayudaría a salir de aquel lugar. De hecho, sólo me serviría para que el tiempo pasara más lentamente todavía. Cerré entonces los ojos, intentando abstraerme de todo lo que me rodeaba para tratar de pasar la noche lo más rápido posible. Poco a poco los ruidos que hacían las alimañas, los sollozos de Juan y las palabras de los borrachos guardias fueron quedando en un segundo plano.
Estaba cerca de quedarme dormido cuando un sonido extraño llamó mi atención. Abrí los ojos inconscientemente, pues me había parecido escuchar el sonido de un cuenco caer al suelo. Traté de afinar mi oído para ver si escuchaba algo más, pero parecía estar todo en silencio. Cerré los ojos, pues todo parecía estar como antes. Bueno, todo no, pues ya no se escuchaban sollozos. Me senté, en el camastro, frotándome levemente los ojos, algo cansado - ¿Qui... quién eres? - el antiguo rey parecía estar hablando con alguien - Si... si me sacas de aquí... te daré todo lo que quieras - hablaba el hombre, desesperado - Dinero, joyas... de todo - traté de identificar a su interlocutor, sin suerte - No me interesa. No eres tú a quien busco - aquella voz era inconfundible.
- ¿Elizabeth? - pregunté. No cabía duda - Sí, mi amor - aquellas palabras provocaron en mí un indescriptible alivio - Elizabeth - le llamé, preocupado - ¿Qué haces aquí? Es peligroso - escuché como caminaba hacia la puerta de mi celda - Da igual lo peligroso que sea. He venido a sacarte de aquí, amor - en sus palabras se notaba cierto cansancio - ¿Estás bien? No te han herido los guardias, ¿no? - a pesar del breve silencio, podía escuchar sus jadeos al otro lado de la puerta, seguramente causados por la reciente pelea - Estoy bien, estoy bien. Estos patanes estaban borrachos como una cuba. Tú aguanta un poco, ahora te saco de ahí... y podremos escapar juntos - aquella voz me cautivaba al punto de que las palabras del rey, quien se encontraba a no más de tres celdas de distancia, no eran más que un ligero eco en mi cabeza.
Me aparté de la puerta, mientras escuchaba como mi amada rebuscaba y probaba con varias llaves, antes de dar con la correcta. Cerré los ojos, pues a pesar de ser poca la luz de las velas que iluminaban el pasillo, era suficiente para cegarme levemente por el contraste con la oscuridad de la celda. Di un par de pasos mientras trataba de acostumbrarme a la nueva iluminación, cubriendo levemente mis ojos con mi diestra. Busqué a Elizabeth con la mirada, cuando de pronto sentí una fuerte punzada en mi espalda. El dolor era tal que proferí un alto grito. O por lo menos lo hubiera hecho si hubiera podido, pues parecía que el aliento escapara de mis pulmones. Antes de que pudiera siquiera saber qué estaba sucediendo, sentí otra punzada, la cual me llevó al suelo. No comprendía nada de lo que estaba pasando.
- Mi hermana te envía recuerdos - traté de girar la cabeza para mirar a aquel malnacido a la cara, pero no podía moverme lo más mínimo - Ah, perdona. Tal vez me esperabas a mí - ¿Cómo podía ese hombre imitar con tanta habilidad la voz de Elizabeth? - ¿Sabes? Tan pronto como se ha enterado de que te habían encerrado, tu amiguita ha venido corriendo a pedirnos ayuda para liberarte. Parece que la amaestraste bien. Aunque creo que se te olvidó hablarle de mí. Quizá así no hubiera venido suplicando que salváramos a su amado - se rio - Aunque si le hubieras contado nos hubiéramos quedado sin tan suculento premio - el hombre se quedó en silencio - Seguro que te preguntas cómo es que puedo poner esta voz. Pues he tenido mucho tiempo para aprenderla a la perfección, mientras tu mujer se divertía con ella. Si quieres, puedo también enseñarte como grita - sentí como me agarraba de la cabeza, levantándola del suelo - Por cierto, entiendo a la perfección por qué elegiste a esa perra. Solo hace falta ver lo mucho que puede dar de sí y lo bien que aguanta las cosas grandes - si ya estaba lleno de ira aquellas últimas palabras hacían que me hirviera la sangre. Deseaba con todas mis fuerzas acabar con ese desgraciado. Daría lo que fuera por poder levantarme y pisarle esa horrible cara de la que tanto presumía hasta que su cabeza terminara hecha puré. Pero mi cuerpo se negaba a responder. Trataba con todas mis fuerzas de apoyarme con mis manos para levantarme, pero nada sucedía. La impotencia me invadía más y más, y con ella venían la rabia y la desesperación.
De pronto, sentí un duro golpe en la cabeza, y antes de que pudiera recomponerme del golpe, otra punzada. A esa punzada en la espalda le siguió otra, y otra más a esa, hasta que pronto todo se tornó negro.
Mazmorras del castillo, Reino Mogaro
Otra rata se coló por un agujero que había en la parte alta de la pared que había a mi izquierda. Hizo esos ruiditos tan incómodos que hacen siempre esos asquerosos animales, antes de irse por donde había venido. El mero hecho de pensar en aquella horrenda criatura me enfermaba, por lo que me limitaba a mantener los ojos cerrados y esperar. Para mi desgracia, no había nada que pudiera hacer por cambiar aquella situación.
Los guardias se habían asegurado de repetirme varias veces, entre burlas y risas, que me iba a pudrir en esta celda durante lo que me quedara de vida. Suponía que al Rey Juan le habían dicho algo parecido, pues desde que desperté no había dejado de llorar cual niño pequeño, repitiendo cosas como 'Mi Corona'. De hecho, los guardias que vigilaban en el pasillo se reían y entonaban improvisados cánticos acerca de cómo el que hasta hacía unos horas había sido su monarca se había orinado encima al encontrarse en aquella situación.
Me llevé la mano derecha a la cicatriz que aquel animal me había causado en el rostro. Ya no sangraba, pero sí que seguía escociendo. Esperaba que no se me hubiera infectado, porque no tenía ninguna duda de que aquellos deshechos que nos tenían encerrados a su anterior rey y a mí no se iban a molestar lo más mínimo por tratarme una infección. ¿Y cómo lo sabía? Tampoco hacía falta tampoco ser muy inteligente para llegar a esa conclusión, viendo que ni siquiera se habían dignado en traernos nada de comida. Y eso que de la hora de la cena habían pasado ya unas cuantas horas, y qué decir de la hora del té. Seguro que esos indigentes ni siquiera sabían qué era la hora del té, ni tampoco la importancia que ésta tenía
Para la sorpresa de seguramente más de uno de los presentes, era la primera vez que bajaba a esta parte del castillo. Conocía de la existencia de este lugar, como todo el mundo. Y el que no lo conocía la intuía, para que negarlo. A pesar de conocer de la existencia de las mazmorras y de que durante algún tiempo el 'no tan querido' Rey Juan había invitado forzosamente a alguna persona a pasar una temporada en estas, yo me negaba en rotundo a bajar a un lugar tan sucio y húmedo como este sin una buena razón, y la verdad es que nunca me habían dado una. Bueno, nunca hasta ahora.
Pensándolo bien, el encontrarme ahora tirado en este deplorable camastro encerrado en una oscura y húmeda celda de diez pies de ancho por dieciseis pies de largo era completamente culpa mía. Había sido yo el que se había confiado peleando contra Kageyama y el otro, y por culpa de eso no sólo tenía pinta de que me pasaría encerrado lo que me quedaba de vida, si no que poco más y ni siquiera hubiera llegado a entrar en esta celda.
De nada servía lamentarme en este momento. Podía martirizarme pensando en cómo hubieran cambiado las cosas si hubiera hecho esto otro u aquello, pero imaginar situaciones ficticias no me ayudaría a salir de aquel lugar. De hecho, sólo me serviría para que el tiempo pasara más lentamente todavía. Cerré entonces los ojos, intentando abstraerme de todo lo que me rodeaba para tratar de pasar la noche lo más rápido posible. Poco a poco los ruidos que hacían las alimañas, los sollozos de Juan y las palabras de los borrachos guardias fueron quedando en un segundo plano.
Estaba cerca de quedarme dormido cuando un sonido extraño llamó mi atención. Abrí los ojos inconscientemente, pues me había parecido escuchar el sonido de un cuenco caer al suelo. Traté de afinar mi oído para ver si escuchaba algo más, pero parecía estar todo en silencio. Cerré los ojos, pues todo parecía estar como antes. Bueno, todo no, pues ya no se escuchaban sollozos. Me senté, en el camastro, frotándome levemente los ojos, algo cansado - ¿Qui... quién eres? - el antiguo rey parecía estar hablando con alguien - Si... si me sacas de aquí... te daré todo lo que quieras - hablaba el hombre, desesperado - Dinero, joyas... de todo - traté de identificar a su interlocutor, sin suerte - No me interesa. No eres tú a quien busco - aquella voz era inconfundible.
- ¿Elizabeth? - pregunté. No cabía duda - Sí, mi amor - aquellas palabras provocaron en mí un indescriptible alivio - Elizabeth - le llamé, preocupado - ¿Qué haces aquí? Es peligroso - escuché como caminaba hacia la puerta de mi celda - Da igual lo peligroso que sea. He venido a sacarte de aquí, amor - en sus palabras se notaba cierto cansancio - ¿Estás bien? No te han herido los guardias, ¿no? - a pesar del breve silencio, podía escuchar sus jadeos al otro lado de la puerta, seguramente causados por la reciente pelea - Estoy bien, estoy bien. Estos patanes estaban borrachos como una cuba. Tú aguanta un poco, ahora te saco de ahí... y podremos escapar juntos - aquella voz me cautivaba al punto de que las palabras del rey, quien se encontraba a no más de tres celdas de distancia, no eran más que un ligero eco en mi cabeza.
Me aparté de la puerta, mientras escuchaba como mi amada rebuscaba y probaba con varias llaves, antes de dar con la correcta. Cerré los ojos, pues a pesar de ser poca la luz de las velas que iluminaban el pasillo, era suficiente para cegarme levemente por el contraste con la oscuridad de la celda. Di un par de pasos mientras trataba de acostumbrarme a la nueva iluminación, cubriendo levemente mis ojos con mi diestra. Busqué a Elizabeth con la mirada, cuando de pronto sentí una fuerte punzada en mi espalda. El dolor era tal que proferí un alto grito. O por lo menos lo hubiera hecho si hubiera podido, pues parecía que el aliento escapara de mis pulmones. Antes de que pudiera siquiera saber qué estaba sucediendo, sentí otra punzada, la cual me llevó al suelo. No comprendía nada de lo que estaba pasando.
- Mi hermana te envía recuerdos - traté de girar la cabeza para mirar a aquel malnacido a la cara, pero no podía moverme lo más mínimo - Ah, perdona. Tal vez me esperabas a mí - ¿Cómo podía ese hombre imitar con tanta habilidad la voz de Elizabeth? - ¿Sabes? Tan pronto como se ha enterado de que te habían encerrado, tu amiguita ha venido corriendo a pedirnos ayuda para liberarte. Parece que la amaestraste bien. Aunque creo que se te olvidó hablarle de mí. Quizá así no hubiera venido suplicando que salváramos a su amado - se rio - Aunque si le hubieras contado nos hubiéramos quedado sin tan suculento premio - el hombre se quedó en silencio - Seguro que te preguntas cómo es que puedo poner esta voz. Pues he tenido mucho tiempo para aprenderla a la perfección, mientras tu mujer se divertía con ella. Si quieres, puedo también enseñarte como grita - sentí como me agarraba de la cabeza, levantándola del suelo - Por cierto, entiendo a la perfección por qué elegiste a esa perra. Solo hace falta ver lo mucho que puede dar de sí y lo bien que aguanta las cosas grandes - si ya estaba lleno de ira aquellas últimas palabras hacían que me hirviera la sangre. Deseaba con todas mis fuerzas acabar con ese desgraciado. Daría lo que fuera por poder levantarme y pisarle esa horrible cara de la que tanto presumía hasta que su cabeza terminara hecha puré. Pero mi cuerpo se negaba a responder. Trataba con todas mis fuerzas de apoyarme con mis manos para levantarme, pero nada sucedía. La impotencia me invadía más y más, y con ella venían la rabia y la desesperación.
De pronto, sentí un duro golpe en la cabeza, y antes de que pudiera recomponerme del golpe, otra punzada. A esa punzada en la espalda le siguió otra, y otra más a esa, hasta que pronto todo se tornó negro.
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