31-10-2025, 05:21 PM
(Última modificación: 31-10-2025, 05:32 PM por Mercedes Benz.)
En un delirio de grandeza, claro, porque nadie es más fuerte que yo en mi propio teatro, tuve que tragarme la humillación cuando ese energúmeno logró interceptar mi ataque y me dejó hecha un ocho con un barrido que me sacudió hasta los huesos. Me vi girando, mareada, la visión hecha un molino de viento, pero la furia en mi pecho no se desvaneció con el mareo; al contrario, me espoleó. El mundo me daba vueltas unos segundos, la respiración tiraba y la música en mi cabeza era sólo un tambor insistente, pero el instinto me devolvió la claridad más rápido de lo que esperaba.
Cuando recuperé el foco, no era mi cuerpo el que tenía el control: era él. El bastardo no se conformó con barrerme, sino que, con una asquerosa muestra de fuerza, me agarró por la cintura con esa cola repugnante suya. Sentí el contacto como si me hubieran cogido la cintura con una garra fría, un toque que me provocó tanto asco como fuego. No me bastó con eso: también tensó la cola, creyendo que con eso me dominaría. Pues bien, se equivocó.
Mi instinto y el orgullo, y la furia me empujaron a reaccionar. Con la claridad que me devuelve la rabia, le mordí la cola con todos mis dientes como quien muerde una papa recién cocida y caliente, tiré hacia atrás y apreté como si fuera a exprimirle el alma. No iba a permitir que me arrastrara ni que me tratara como un trapo.
Arranqué mis dientes de la asquerosa cola como quien arranca un trozo de pan duro cuando vi que el marine atacó a la bestia esa y, sin perder un segundo, recurrí a mi maldita Akuma no Mi, me hice pequeña hasta quedarme en cinco centímetros, una miniatura perfecta para escaparme del agarre que me tenía prisionera. El mundo se me agrandó de golpe, pero la libertad volvió conmigo, en ese instante en que la mujer alada se lanzó al ataque, aproveché mi tamaño y mi mala leche para impulsarme con todo: una patada relámpago, toda mi velocidad comprimida en una sola botada contra esa cola que creía dominarme. Fue un golpe limpio y rabioso, pequeño pero lleno de intención —WUAWUAWUAWUA— nada de delicadezas, solo el mensaje claro, no me atrapan, no me manosean y nadie se queda impune cuando toca a los míos.
De inmediato salí disparada, corriendo unos nueve metros lejos de esa cola repugnante de Uoni, todavía con la rabia hirviéndome en la sangre. Me giré justo a tiempo para ver a Bai sujetándose de esa cosa como si intentara domar a una bestia salvaje, sus músculos tensos, el rostro contraído por el esfuerzo. —¡Suelta esa cosa asquerosa, mujer!— le grité, haciendo una mueca de disgusto mientras escupía al suelo. Sabía perfectamente que había soltado su espada para ayudarme, y eso me picó más que cualquier golpe, yo podía hacerme pequeña, escapar, desaparecer si quería, pero ella no tenía esa ventaja y aunque me molestara admitirlo, me había cubierto las espaldas sin pensarlo dos veces.
Cuando recuperé el foco, no era mi cuerpo el que tenía el control: era él. El bastardo no se conformó con barrerme, sino que, con una asquerosa muestra de fuerza, me agarró por la cintura con esa cola repugnante suya. Sentí el contacto como si me hubieran cogido la cintura con una garra fría, un toque que me provocó tanto asco como fuego. No me bastó con eso: también tensó la cola, creyendo que con eso me dominaría. Pues bien, se equivocó.
Mi instinto y el orgullo, y la furia me empujaron a reaccionar. Con la claridad que me devuelve la rabia, le mordí la cola con todos mis dientes como quien muerde una papa recién cocida y caliente, tiré hacia atrás y apreté como si fuera a exprimirle el alma. No iba a permitir que me arrastrara ni que me tratara como un trapo.
Arranqué mis dientes de la asquerosa cola como quien arranca un trozo de pan duro cuando vi que el marine atacó a la bestia esa y, sin perder un segundo, recurrí a mi maldita Akuma no Mi, me hice pequeña hasta quedarme en cinco centímetros, una miniatura perfecta para escaparme del agarre que me tenía prisionera. El mundo se me agrandó de golpe, pero la libertad volvió conmigo, en ese instante en que la mujer alada se lanzó al ataque, aproveché mi tamaño y mi mala leche para impulsarme con todo: una patada relámpago, toda mi velocidad comprimida en una sola botada contra esa cola que creía dominarme. Fue un golpe limpio y rabioso, pequeño pero lleno de intención —WUAWUAWUAWUA— nada de delicadezas, solo el mensaje claro, no me atrapan, no me manosean y nadie se queda impune cuando toca a los míos.
De inmediato salí disparada, corriendo unos nueve metros lejos de esa cola repugnante de Uoni, todavía con la rabia hirviéndome en la sangre. Me giré justo a tiempo para ver a Bai sujetándose de esa cosa como si intentara domar a una bestia salvaje, sus músculos tensos, el rostro contraído por el esfuerzo. —¡Suelta esa cosa asquerosa, mujer!— le grité, haciendo una mueca de disgusto mientras escupía al suelo. Sabía perfectamente que había soltado su espada para ayudarme, y eso me picó más que cualquier golpe, yo podía hacerme pequeña, escapar, desaparecer si quería, pero ella no tenía esa ventaja y aunque me molestara admitirlo, me había cubierto las espaldas sin pensarlo dos veces.
OFF
