31-10-2025, 09:58 AM
La agobiante situación se vio interrumpida cuando el llamado de auxilio de Maggy fue respondido por la mujer de hebras blanquecinas. Como un coloso alzándose entre las nubes, la de piel morena se levantó de su asiento, sorprendiendo a los dos hombres que la veían por primera vez. Aquellas dimensiones no eran algo que se presenciara todos los días, y mucho menos la imponente visión de unas alas extendiéndose a su espalda.
Vlad tragó saliva en cuanto la vio posarse frente a él. Intentó sostener su mirada, pero sus ojos se desviaban con temor ante la imponente figura que lo superaba por más de cuatro metros de altura. Parecía querer negarse o expresar algo ante el sutil regaño de Ravenna, pero solo se obligó a guardar silencio con una expresión que combinaba la timidez con la impotencia.
“Vlad, escúchala, ella es buena chica”, intercedió Maggy con gesto amable, para que el hombre se decidiera a compartir la información.
“Mmmmm… de acuerdo… pero en serio, deberías ir armada, ¡son personas muy peligrosas! Y ¡por favor te pido que traigas a mi hija sana y salva!” Imploró Vlad, casi rogando por la seguridad de su hija, aunque en su gesto parecía aliviado de no haber tenido que recurrir a tales extremos.
Los dos hombres le dieron a Ravenna la dirección de “Las garras del gatito”, una barbería clandestina ubicada en el sótano de un edificio en la zona sur de la ciudad. Aquel parecía ser el lugar que actuaba de tapadera para que O’Malley hiciera sus negocios.
La zona sur era tan concurrida como cualquier otra parte de la ciudad, pero sus habitantes se mostraban más reservados, temerosos unos de otros. Era la clásica dicotomía social de quienes habitan en los sectores más vulnerables: la norma tácita de mantenerse al margen, de no inmiscuirse en los asuntos ajenos. Los edificios, aunque similares a los del resto de la capital, tenían un aire más envejecido, con fachadas gastadas que parecían llevar encima el peso de los años y de las miradas cansadas que los habitaban.
Al llegar, Ravenna notó que, frente a las escaleras que descendían al sótano, donde el nombre de la barbería resplandecía en un elegante letrero de neón, se encontraban tres hombres. Los tres llevaban bufandas y abrigos gruesos, vestimenta de invierno que evocaba el porte clásico y refinado de los gánsteres de diferentes historietas.
Los tres no pudieron ocultar su asombro, cautivados por la figura de Ravenna, cuya belleza exótica emanaba una presencia tan singular como inusual en la ciudad de Pushkin.
“Buenas tardes señorita” Expreso uno de ellos, el más joven, de tez blanca y cabellos rubios, quien incluso se quitó el sombrero algo apenado. “No le recomiendo pasar mucho tiempo por esta parte de la ciudad, señorita”, advirtió, con una cortesía rara para simples vándalos de mala muerte.
“Es verdad, señorita, ¿está buscando algún lugar? Si gusta, podríamos ayudarla a encontrarlo.” Acompaño otro con la misma educación, era un chico más regordete de pecas en el rostro y ojos achinados.
Los tres gánsteres se quedaron esperando respuesta de la señorita, mientras más allá de las escaleras el sonido de una botella rompiéndose resonó alarmantemente. “Parece que el jefe tiene problemas con la mercancía de hoy.” Comentó el chico rubio, con media sonrisa, a sus compañeros.
“Eso parece, ojalá que no pierda sus estribos.” Continuó el chico regordete mientras el más callado, un chico más delgado, simplemente asentía.
Vlad tragó saliva en cuanto la vio posarse frente a él. Intentó sostener su mirada, pero sus ojos se desviaban con temor ante la imponente figura que lo superaba por más de cuatro metros de altura. Parecía querer negarse o expresar algo ante el sutil regaño de Ravenna, pero solo se obligó a guardar silencio con una expresión que combinaba la timidez con la impotencia.
“Vlad, escúchala, ella es buena chica”, intercedió Maggy con gesto amable, para que el hombre se decidiera a compartir la información.
“Mmmmm… de acuerdo… pero en serio, deberías ir armada, ¡son personas muy peligrosas! Y ¡por favor te pido que traigas a mi hija sana y salva!” Imploró Vlad, casi rogando por la seguridad de su hija, aunque en su gesto parecía aliviado de no haber tenido que recurrir a tales extremos.
Los dos hombres le dieron a Ravenna la dirección de “Las garras del gatito”, una barbería clandestina ubicada en el sótano de un edificio en la zona sur de la ciudad. Aquel parecía ser el lugar que actuaba de tapadera para que O’Malley hiciera sus negocios.
La zona sur era tan concurrida como cualquier otra parte de la ciudad, pero sus habitantes se mostraban más reservados, temerosos unos de otros. Era la clásica dicotomía social de quienes habitan en los sectores más vulnerables: la norma tácita de mantenerse al margen, de no inmiscuirse en los asuntos ajenos. Los edificios, aunque similares a los del resto de la capital, tenían un aire más envejecido, con fachadas gastadas que parecían llevar encima el peso de los años y de las miradas cansadas que los habitaban.
Al llegar, Ravenna notó que, frente a las escaleras que descendían al sótano, donde el nombre de la barbería resplandecía en un elegante letrero de neón, se encontraban tres hombres. Los tres llevaban bufandas y abrigos gruesos, vestimenta de invierno que evocaba el porte clásico y refinado de los gánsteres de diferentes historietas.
Los tres no pudieron ocultar su asombro, cautivados por la figura de Ravenna, cuya belleza exótica emanaba una presencia tan singular como inusual en la ciudad de Pushkin.
“Buenas tardes señorita” Expreso uno de ellos, el más joven, de tez blanca y cabellos rubios, quien incluso se quitó el sombrero algo apenado. “No le recomiendo pasar mucho tiempo por esta parte de la ciudad, señorita”, advirtió, con una cortesía rara para simples vándalos de mala muerte.
“Es verdad, señorita, ¿está buscando algún lugar? Si gusta, podríamos ayudarla a encontrarlo.” Acompaño otro con la misma educación, era un chico más regordete de pecas en el rostro y ojos achinados.
Los tres gánsteres se quedaron esperando respuesta de la señorita, mientras más allá de las escaleras el sonido de una botella rompiéndose resonó alarmantemente. “Parece que el jefe tiene problemas con la mercancía de hoy.” Comentó el chico rubio, con media sonrisa, a sus compañeros.
“Eso parece, ojalá que no pierda sus estribos.” Continuó el chico regordete mientras el más callado, un chico más delgado, simplemente asentía.
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