30-10-2025, 02:42 PM
El calor corporal de Develio envolvía al joven recluta Petyr, y sus temblores comenzaban a remitir. El silencio de la tundra fue rasgado por una voz autoritaria. La figura llamada Amaro Pargo se había presentado como un nuevo factor en la ecuación de supervivencia.
Develio observó al hombre. Vio sus ojos oscuros como el abismo. Vio el gesto peculiar de morder y comer el pelaje de su propia chaqueta, un acto que su mente catalogó instantáneamente como un síntoma de un estrés profundo o una carencia nutricional crónica, quizá solo el tipo era raro de cojones. Ansiedad, pensó Dev, posible manifestación en un acto de pica.
Luego, escuchó las palabras del extraño. Había una narración, un pensamiento interno del hombre sobre amputaciones y un pasado doloroso, pero las palabras que Develio oyó fueron una insinuación, una duda sobre su competencia: "Parece que tienes bastante claro tu objetivo y sin embargo pareciera que no conoces lo que la Tundra le hace a cuerpos menores al tuyo..."
Era un desafío a su juicio médico, seguido de una pregunta cargada de sospecha sobre el contenido del trineo y su propósito, con la palabra "noble" lanzada con un sarcasmo deliberado. Quería provocar una reacción, desnudar una posible incompetencia o una lealtad corrupta.
Develio permaneció inmóvil. La provocación del hombre se deslizó sobre su impasible calma como el agua sobre la piedra. Continuó con su tarea, ajustando la capa sobre el recluta Petyr con una mano del tamaño de un escudo. Lentamente, como si tuviera toda la eternidad, se llevó la pipa de Elbaf a la boca. La calada fue profunda. El humo que exhaló fue una densa nube con olor a mango que se mezcló con el aire helado, un velo momentáneo entre él y el mundo.
Cuando el humo comenzó a disiparse, sus ojos, serenos detrás de las gafas, se encontraron con los del hombre. Su respuesta no abordó el insulto velado. Se centró en los hechos, en la ciencia, con la voz tranquila de un médico explicando un diagnóstico a un familiar escéptico.
-Sé exactamente lo que la tundra le hace al cuerpo. Sé que el corazón ralentiza sus latidos para conservar energía. Sé que el flujo sanguíneo se retira de las extremidades para proteger los órganos vitales, causando vasoconstricción periférica. Y sé que si esa etapa no se revierte con calor externo y calorías internas, lo siguiente es la cristalización del tejido. Y después de eso... la necrosis.
Su voz era un retumbar bajo, desprovisto de emoción, una lección de anatomía en medio de la nada helada. Mientras hablaba, rebuscó en su alforja con su mano libre y sacó un paquete envuelto en tela encerada. Lo abrió, revelando una gruesa porción de pescado ahumado, del tamaño de la cabeza del extraño. Lo dejó en la nieve, a medio camino entre ellos. No un regalo, sino una pieza de evidencia.
-El caldo caliente," continuó, haciendo un gesto hacia Petyr, -es para el calor interno. Mi cuerpo, para el externo. Este pescado... es para las calorías que necesitará cuando se estabilice. Y lo que hay en ese trineo- su mirada se movió hacia el vehículo volcado-son analgésicos para el dolor del deshielo, vendajes estériles y una alta dosis de antibióticos de amplio espectro para prevenir infecciones oportunistas en su estado debilitado. Todo destinado a un dispensario en Tabjin, para gente corriente. No para 'nobles'.
Volvió a dar una calada a su pipa. El resplandor iluminó brevemente sus gafas.
-Comerse el abrigo puede calmar la ansiedad momentáneamente, hombre de las dos nieves- dijo, reconociendo el tic del extraño con una precisión clínica. -Pero la proteína real hará un mejor trabajo. Te sugiero que lo aceptes. Tu cuerpo parece necesitarlo tanto como él.
No había hostilidad ni defensa en su tono. Simplemente había desarmado las insinuaciones con una demostración abrumadora de conocimiento y propósito. Le había dado al extraño un diagnóstico, un tratamiento para sí mismo en forma de pescado, y una respuesta clara a sus sospechas. La pelota, o en este caso, el pescado, estaba ahora en el campo de Amaro Pargo. Podía seguir con las provocaciones, o podía aceptar los hechos. Develio simplemente esperaría, fumando su pipa, una montaña de calma en medio de la tormenta.
Develio observó al hombre. Vio sus ojos oscuros como el abismo. Vio el gesto peculiar de morder y comer el pelaje de su propia chaqueta, un acto que su mente catalogó instantáneamente como un síntoma de un estrés profundo o una carencia nutricional crónica, quizá solo el tipo era raro de cojones. Ansiedad, pensó Dev, posible manifestación en un acto de pica.
Luego, escuchó las palabras del extraño. Había una narración, un pensamiento interno del hombre sobre amputaciones y un pasado doloroso, pero las palabras que Develio oyó fueron una insinuación, una duda sobre su competencia: "Parece que tienes bastante claro tu objetivo y sin embargo pareciera que no conoces lo que la Tundra le hace a cuerpos menores al tuyo..."
Era un desafío a su juicio médico, seguido de una pregunta cargada de sospecha sobre el contenido del trineo y su propósito, con la palabra "noble" lanzada con un sarcasmo deliberado. Quería provocar una reacción, desnudar una posible incompetencia o una lealtad corrupta.
Develio permaneció inmóvil. La provocación del hombre se deslizó sobre su impasible calma como el agua sobre la piedra. Continuó con su tarea, ajustando la capa sobre el recluta Petyr con una mano del tamaño de un escudo. Lentamente, como si tuviera toda la eternidad, se llevó la pipa de Elbaf a la boca. La calada fue profunda. El humo que exhaló fue una densa nube con olor a mango que se mezcló con el aire helado, un velo momentáneo entre él y el mundo.
Cuando el humo comenzó a disiparse, sus ojos, serenos detrás de las gafas, se encontraron con los del hombre. Su respuesta no abordó el insulto velado. Se centró en los hechos, en la ciencia, con la voz tranquila de un médico explicando un diagnóstico a un familiar escéptico.
-Sé exactamente lo que la tundra le hace al cuerpo. Sé que el corazón ralentiza sus latidos para conservar energía. Sé que el flujo sanguíneo se retira de las extremidades para proteger los órganos vitales, causando vasoconstricción periférica. Y sé que si esa etapa no se revierte con calor externo y calorías internas, lo siguiente es la cristalización del tejido. Y después de eso... la necrosis.
Su voz era un retumbar bajo, desprovisto de emoción, una lección de anatomía en medio de la nada helada. Mientras hablaba, rebuscó en su alforja con su mano libre y sacó un paquete envuelto en tela encerada. Lo abrió, revelando una gruesa porción de pescado ahumado, del tamaño de la cabeza del extraño. Lo dejó en la nieve, a medio camino entre ellos. No un regalo, sino una pieza de evidencia.
-El caldo caliente," continuó, haciendo un gesto hacia Petyr, -es para el calor interno. Mi cuerpo, para el externo. Este pescado... es para las calorías que necesitará cuando se estabilice. Y lo que hay en ese trineo- su mirada se movió hacia el vehículo volcado-son analgésicos para el dolor del deshielo, vendajes estériles y una alta dosis de antibióticos de amplio espectro para prevenir infecciones oportunistas en su estado debilitado. Todo destinado a un dispensario en Tabjin, para gente corriente. No para 'nobles'.
Volvió a dar una calada a su pipa. El resplandor iluminó brevemente sus gafas.
-Comerse el abrigo puede calmar la ansiedad momentáneamente, hombre de las dos nieves- dijo, reconociendo el tic del extraño con una precisión clínica. -Pero la proteína real hará un mejor trabajo. Te sugiero que lo aceptes. Tu cuerpo parece necesitarlo tanto como él.
No había hostilidad ni defensa en su tono. Simplemente había desarmado las insinuaciones con una demostración abrumadora de conocimiento y propósito. Le había dado al extraño un diagnóstico, un tratamiento para sí mismo en forma de pescado, y una respuesta clara a sus sospechas. La pelota, o en este caso, el pescado, estaba ahora en el campo de Amaro Pargo. Podía seguir con las provocaciones, o podía aceptar los hechos. Develio simplemente esperaría, fumando su pipa, una montaña de calma en medio de la tormenta.
