28-10-2025, 10:39 AM
El aire olía a miedo, a sudor. Era un olor denso, pegajoso, que se quedaba en la nariz aunque casi pudiera incluso tocarse. La aparición de Uogo hizo que todo cambiase en el ambiente. En ese sitio sin luz, todo se sentía distinto… el mundo ya no se dibujaba solo con formas, sino sobre todo con fragancias, ecos y texturas. Aun así, allí estaba: de pie, sobre Gwen, confiando en que el sonido de su voz bastaría para no perderse del todo—. No sé a dónde nos llevará todo esto, querida.
La joven había dicho que no podía pelear, pero su canción… su canción era un milagro. Mientras la escuchaba, sentí cómo el miedo se transformaba en impulso. Las notas subían y bajaban como el oleaje de un mar que conocía bien. Cada palabra era una mano que me sostenía en pie y me incitaba a avanzar, cada vibración, una guía invisible.
El suelo retumbó. A la derecha, reconoció por el sonido el golpe seco del arma de Dong; su olor tenía algo metálico. Con él, Maki rugía; su presencia era inconfundible. El sudor, la sal, y un aroma salvaje que se mezclaba con el de su propia sangre. El rugido de su transformación la atravesó como un trueno.
Más lejos, Uogo... su voz se alzaba grave, reverberando entre las paredes como un tambor lejano. Daba terror solo verle, pero la mezcla con sus palabras no mejoraba la situación. Quizás si me quedase tan solo con su gestos, otro gallo cantaría, pero no estaba sorda, no por el momento.
Ladeé la cabeza, siguiendo cada estímulo olfativo, como si el mundo entero fuera una fragancia que solo yo podía sentir con la nariz. Alguna ventaja debía traer consigo la extraña anatomía Tontatta. Me llevé un mechón de cabello tras la oreja, un gesto reflejo, pequeño y casi tierno, una manía que aparecía cada vez que intentaba concentrarme.
— Concéntrate, Alana… no pierdas el ritmo —murmuré para mí, mientras los sonidos y olores se entrelazaban en mi mente como un mapa invisible. Mis nuevos compañeros no titubeaban en querer atacar pero ¿verdaderamente esa era la mejor estrategia? No juzgaba. Aunque no creyese que atacar fuese la mejor medida, desde luego el Uogo me tenía en estado de alerta, sus palabras no habían sido las más simpáticas. Estaba a la defensiva. ¿Cómo podía ayudar y proteger a Gwen a la vez? Diantres. Todo reverbera a mi alrededor a causa de los golpes de unos y otros.
Entonces me moví. Con el instinto como brújula, me deslicé hacia atrás hasta sentir los cabellos de Gwen rozarle el brazo, que me cubriesen como una cascada fina. Aproveché el contacto, y con un leve impulso de su propio poder, mi ropa se fundió con los tonos de su cabello: un reflejo tenue. No desaparecería del todo, pero me difuminaría lo suficiente como para pasar desapercibida entre el caos.
Cada inhalación me daba información: la distancia a la que estaba cada uno, el hierro del arma de Dong, la carne caliente de Maki. Todo. Solo necesitaba concentración. Algo. Tenía que haber algo que pasara por alto.
Mi cuerpo temblaba, no por miedo, sino por la tensión de todos los sentidos encendidos. Gwen se alejó, no demasiado pero sí lo suficiente. Quizás de un salto podría acudir al auxilio de mis compañeros en momento de necesidad. Sin pretensiones de ser pesimista, una parte de mí creyó que la medicina sería necesaria en esta situación tan tensa, aunque ojalá no fuera así, pero de serlo, no debía ser yo la última en caer.
Cada músculo estaba tenso, listo para reaccionar al menor movimiento. Con la voz de Gwen aún resonando en el pecho, me preparé para moverme, aunque fuera a tientas, aunque no viera ni un solo rayo de luz. No lo haría. No aún. Pero siempre hay que estar lista para la batalla.
La joven había dicho que no podía pelear, pero su canción… su canción era un milagro. Mientras la escuchaba, sentí cómo el miedo se transformaba en impulso. Las notas subían y bajaban como el oleaje de un mar que conocía bien. Cada palabra era una mano que me sostenía en pie y me incitaba a avanzar, cada vibración, una guía invisible.
El suelo retumbó. A la derecha, reconoció por el sonido el golpe seco del arma de Dong; su olor tenía algo metálico. Con él, Maki rugía; su presencia era inconfundible. El sudor, la sal, y un aroma salvaje que se mezclaba con el de su propia sangre. El rugido de su transformación la atravesó como un trueno.
Más lejos, Uogo... su voz se alzaba grave, reverberando entre las paredes como un tambor lejano. Daba terror solo verle, pero la mezcla con sus palabras no mejoraba la situación. Quizás si me quedase tan solo con su gestos, otro gallo cantaría, pero no estaba sorda, no por el momento.
Ladeé la cabeza, siguiendo cada estímulo olfativo, como si el mundo entero fuera una fragancia que solo yo podía sentir con la nariz. Alguna ventaja debía traer consigo la extraña anatomía Tontatta. Me llevé un mechón de cabello tras la oreja, un gesto reflejo, pequeño y casi tierno, una manía que aparecía cada vez que intentaba concentrarme.
— Concéntrate, Alana… no pierdas el ritmo —murmuré para mí, mientras los sonidos y olores se entrelazaban en mi mente como un mapa invisible. Mis nuevos compañeros no titubeaban en querer atacar pero ¿verdaderamente esa era la mejor estrategia? No juzgaba. Aunque no creyese que atacar fuese la mejor medida, desde luego el Uogo me tenía en estado de alerta, sus palabras no habían sido las más simpáticas. Estaba a la defensiva. ¿Cómo podía ayudar y proteger a Gwen a la vez? Diantres. Todo reverbera a mi alrededor a causa de los golpes de unos y otros.
Entonces me moví. Con el instinto como brújula, me deslicé hacia atrás hasta sentir los cabellos de Gwen rozarle el brazo, que me cubriesen como una cascada fina. Aproveché el contacto, y con un leve impulso de su propio poder, mi ropa se fundió con los tonos de su cabello: un reflejo tenue. No desaparecería del todo, pero me difuminaría lo suficiente como para pasar desapercibida entre el caos.
Cada inhalación me daba información: la distancia a la que estaba cada uno, el hierro del arma de Dong, la carne caliente de Maki. Todo. Solo necesitaba concentración. Algo. Tenía que haber algo que pasara por alto.
Mi cuerpo temblaba, no por miedo, sino por la tensión de todos los sentidos encendidos. Gwen se alejó, no demasiado pero sí lo suficiente. Quizás de un salto podría acudir al auxilio de mis compañeros en momento de necesidad. Sin pretensiones de ser pesimista, una parte de mí creyó que la medicina sería necesaria en esta situación tan tensa, aunque ojalá no fuera así, pero de serlo, no debía ser yo la última en caer.
Cada músculo estaba tenso, listo para reaccionar al menor movimiento. Con la voz de Gwen aún resonando en el pecho, me preparé para moverme, aunque fuera a tientas, aunque no viera ni un solo rayo de luz. No lo haría. No aún. Pero siempre hay que estar lista para la batalla.
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