26-10-2025, 09:21 PM
(Última modificación: 26-10-2025, 09:21 PM por Uosan Sakana.)
La tormenta avanzó llevándose las nubes hacia el South Blue, despejando el cielo y mostrando - para los Tenryuubitos - una enorme luna llena preciosa, clara como la nieve y pura como las gotas del rocío de la mañana. Su luz bañaba levemente la zona y permitía poder ver mejor dentro de los cubículos, pero de ninguna forma la luna era visible desde esa posición para nadie de forma natural.
El sonido de mis pasos retumbaba por todo el cubículo, como si cada golpe hiciera temblar las paredes de piedra. Era un sitio enorme, húmedo, y olía a encierro, aunque no sabría decir cuánto medía exactamente… quizá ciento cincuenta metros. No me importaba mucho. Nunca me había importado dónde estaba, sino con quién. Aquella vez, en aquel lugar éramos siete, y yo los miraba a todos, uno por uno, intentando entenderlos, pero me parecía complicado hacerlo. Algunos estaban nerviosos, otros simplemente resignados. Yo no. Yo solo observaba. Mis ojos rojos se movían despacio, atentos, atrapando cada gesto, cada respiración. Me gustaba mirar. Miré durante un segundo mi pecho, y el reflejo azul celeste de mi gema me recordaba a mis hermanos, a los días en el agua, cuando todo parecía tener sentido. Pero ellos no estaban allí. Solo esos seis desconocidos. Entre ellos, había uno que destacaba. El de las alas. No tan grande como podría esperarse, pero con unas plumas que parecían respirar por sí solas. Lo miré fijo, sin pestañear, y algo dentro de mí se encendió. ”Si hay que cazar, se caza, pero hay que cazar cazando. De nada sirve ser cazador para no cazar.” Pensaba, mientras notaba cómo mi sonrisa se estiraba, esa misma sonrisa que tantos habían llamado “perturbadora”, aunque realmente no se que significaba esa palabra. Yo no lo entendía. Sonreía porque me gustaba hacerlo, porque me sentía vivo. Los dedos me temblaban con impaciencia, y la cola parecía querer moverse sola.
Los miraba desde mi posición, a unos dos metros de la pared del norte, con la espalda recta y los brazos colgando a los lados. El aire del cubículo seguía siendo pesado, cargado de un silencio que parecía observarnos tanto como yo lo hacía a ellos. Desde donde estaba, veía con claridad cada forma, cada sombra. Frente a mí, a solo dos metros, se encontraba el tipo con alas (Einarr). Me llamaban la atención aquellas alas, que seguían cada movimiento de aquel tipo, como si tuvieran vida propia, respirando a un ritmo distinto al suyo. No podía dejar de mirarlas; eran bonitas, pero también daban la sensación de ser frágiles. Y cuando algo parece frágil, me daban ganas de romperlo. Giré la cabeza despacio, observando al resto. A mi izquierda, cerca de la pared oeste, una mujer con cola de mono estaba tirada en el suelo boca arriba (Mahou). Parecía agotada, o quizá simplemente resignada. Su cola se movía de un lado a otro, lenta, como si aún le quedara algo de energía que su cuerpo no sabía gastar. Unos cinco metros más arriba, tocando esa misma pared, había un hombre de cabellos negros (Kiyoshi). Tocaba la piedra con la palma, como si esperara que le respondiera. Me pareció tonto, pero lo observaba con curiosidad. Quizás buscaba una salida. Quizás no. Yo no la buscaba. No me gustaban las paredes, pero tampoco me molestaban. Del otro lado, cerca de la pared este, yacía una mujer gigante con cuernos (Odeth). Su cuerpo ocupaba más espacio del que parecía posible, y sus respiraciones lentas resonaban en el cubículo. En la pared del sur, justo pegada a la piedra, había una criatura enana que no lograba definir (Eros). No parecía humano, ni gyojin, ni nada que conociera. Me daban ganas de tocarlo, para saber si era real. Y en el centro, un mink con manchas se mantenía inmóvil (Kibai), observando a todos, sin moverse ni un centímetro. Me recordaba a una estatua viva.
Sin hablar con nadie, recorrí la distancia que había entre el tipo con alas y yo con pasos tan rápidos como me fueran posible que marcaban un compás extraño en aquel cubículo. No sentía prisa pero sí una curiosidad punzante que me obligaba a acercarme más. Cuando estaba a una distancia considerable (A un metro), mi torso comenzó a girar sobre sí mismo rápidamente, como si la cintura fuera el eje de un molino que no dejaba de dar vueltas, y seguía girando hasta que la inercia se estaba acumulando en cada fibra de mi cuerpo, cargando el puño derecho, dispuesto para golpear. Aprovechando la velocidad que mi cuerpo estaba adquiriendo, propicié un golpe potente con mi puño derecho directo a la cara del tipo alado, un golpe que se estaba diseñando en la precisión de mi giro, y el impacto hacía que su figura se doblara y que cayera derribado sobre el suelo del cubículo. Lo miré un segundo con la sonrisa tonta que siempre me salía en momentos así, una mueca que a otros les resultaba perturbadora pero que a mí me acompañaba como un viejo hábito, y luego volví a mirar a todos los presentes como si quisiera demostrar que no estaba siendo cruel sino funcional. Luego apoyé mi pie derecho sobre su pecho, sintiendo el temblor de su cuerpo debajo de mi peso, y con la cola que nacía en mi espalda baja propicié otro golpe directo a su cara, maniobra que ejecuté con la misma naturalidad con la que respiraba.
Alcé la mirada y los miré a todos otra vez con la calma densa que siempre me estaba marcando, notando cómo la sonrisa tonta se me estaba quedando pegada sin que yo la estuviera reglamentando. Mi voz era aguda y chillona y yo la estaba dejando brotar sin avergonzarme, porque para mí la vergüenza no estaba siendo una preocupación tan grande como la necesidad de establecer algo claro entre nosotros, y por eso hablaba en voz alta para que no hubiera malentendidos. -Yo soy Uosan Sakana-uo.- Decía con mi voz, sabiendo que a muchos les estaba pareciendo ridícula, y aun así la sonrisa se me estaba alargando con esa mezcla infantil y tétrica que siempre me salía cuando pensaba en mis hermanos y en la caza, porque ellos eran mi norte y la idea de divertirme sin ellos no estaba siendo algo que me llenara del todo. Hice un barrido rápido, mirando a absolutamente todos, y me estaba pareciendo como un tablero con piezas que estaba queriendo ordenar a mi manera. -¿Os vais a dejar vencer, o vamos a jugar? Yo quiero jugar con mis hermanos, pero no se donde están, así que sereis quienes me entretengan-uo.- Terminé diciendo, mientras notaba que la cola me estaba picando y que mis manos estaban temblando, no de miedo sino de impaciencia que siempre tenía cuando algo interesante se estaba por decidir.
El sonido de mis pasos retumbaba por todo el cubículo, como si cada golpe hiciera temblar las paredes de piedra. Era un sitio enorme, húmedo, y olía a encierro, aunque no sabría decir cuánto medía exactamente… quizá ciento cincuenta metros. No me importaba mucho. Nunca me había importado dónde estaba, sino con quién. Aquella vez, en aquel lugar éramos siete, y yo los miraba a todos, uno por uno, intentando entenderlos, pero me parecía complicado hacerlo. Algunos estaban nerviosos, otros simplemente resignados. Yo no. Yo solo observaba. Mis ojos rojos se movían despacio, atentos, atrapando cada gesto, cada respiración. Me gustaba mirar. Miré durante un segundo mi pecho, y el reflejo azul celeste de mi gema me recordaba a mis hermanos, a los días en el agua, cuando todo parecía tener sentido. Pero ellos no estaban allí. Solo esos seis desconocidos. Entre ellos, había uno que destacaba. El de las alas. No tan grande como podría esperarse, pero con unas plumas que parecían respirar por sí solas. Lo miré fijo, sin pestañear, y algo dentro de mí se encendió. ”Si hay que cazar, se caza, pero hay que cazar cazando. De nada sirve ser cazador para no cazar.” Pensaba, mientras notaba cómo mi sonrisa se estiraba, esa misma sonrisa que tantos habían llamado “perturbadora”, aunque realmente no se que significaba esa palabra. Yo no lo entendía. Sonreía porque me gustaba hacerlo, porque me sentía vivo. Los dedos me temblaban con impaciencia, y la cola parecía querer moverse sola.
Los miraba desde mi posición, a unos dos metros de la pared del norte, con la espalda recta y los brazos colgando a los lados. El aire del cubículo seguía siendo pesado, cargado de un silencio que parecía observarnos tanto como yo lo hacía a ellos. Desde donde estaba, veía con claridad cada forma, cada sombra. Frente a mí, a solo dos metros, se encontraba el tipo con alas (Einarr). Me llamaban la atención aquellas alas, que seguían cada movimiento de aquel tipo, como si tuvieran vida propia, respirando a un ritmo distinto al suyo. No podía dejar de mirarlas; eran bonitas, pero también daban la sensación de ser frágiles. Y cuando algo parece frágil, me daban ganas de romperlo. Giré la cabeza despacio, observando al resto. A mi izquierda, cerca de la pared oeste, una mujer con cola de mono estaba tirada en el suelo boca arriba (Mahou). Parecía agotada, o quizá simplemente resignada. Su cola se movía de un lado a otro, lenta, como si aún le quedara algo de energía que su cuerpo no sabía gastar. Unos cinco metros más arriba, tocando esa misma pared, había un hombre de cabellos negros (Kiyoshi). Tocaba la piedra con la palma, como si esperara que le respondiera. Me pareció tonto, pero lo observaba con curiosidad. Quizás buscaba una salida. Quizás no. Yo no la buscaba. No me gustaban las paredes, pero tampoco me molestaban. Del otro lado, cerca de la pared este, yacía una mujer gigante con cuernos (Odeth). Su cuerpo ocupaba más espacio del que parecía posible, y sus respiraciones lentas resonaban en el cubículo. En la pared del sur, justo pegada a la piedra, había una criatura enana que no lograba definir (Eros). No parecía humano, ni gyojin, ni nada que conociera. Me daban ganas de tocarlo, para saber si era real. Y en el centro, un mink con manchas se mantenía inmóvil (Kibai), observando a todos, sin moverse ni un centímetro. Me recordaba a una estatua viva.
Sin hablar con nadie, recorrí la distancia que había entre el tipo con alas y yo con pasos tan rápidos como me fueran posible que marcaban un compás extraño en aquel cubículo. No sentía prisa pero sí una curiosidad punzante que me obligaba a acercarme más. Cuando estaba a una distancia considerable (A un metro), mi torso comenzó a girar sobre sí mismo rápidamente, como si la cintura fuera el eje de un molino que no dejaba de dar vueltas, y seguía girando hasta que la inercia se estaba acumulando en cada fibra de mi cuerpo, cargando el puño derecho, dispuesto para golpear. Aprovechando la velocidad que mi cuerpo estaba adquiriendo, propicié un golpe potente con mi puño derecho directo a la cara del tipo alado, un golpe que se estaba diseñando en la precisión de mi giro, y el impacto hacía que su figura se doblara y que cayera derribado sobre el suelo del cubículo. Lo miré un segundo con la sonrisa tonta que siempre me salía en momentos así, una mueca que a otros les resultaba perturbadora pero que a mí me acompañaba como un viejo hábito, y luego volví a mirar a todos los presentes como si quisiera demostrar que no estaba siendo cruel sino funcional. Luego apoyé mi pie derecho sobre su pecho, sintiendo el temblor de su cuerpo debajo de mi peso, y con la cola que nacía en mi espalda baja propicié otro golpe directo a su cara, maniobra que ejecuté con la misma naturalidad con la que respiraba.
Alcé la mirada y los miré a todos otra vez con la calma densa que siempre me estaba marcando, notando cómo la sonrisa tonta se me estaba quedando pegada sin que yo la estuviera reglamentando. Mi voz era aguda y chillona y yo la estaba dejando brotar sin avergonzarme, porque para mí la vergüenza no estaba siendo una preocupación tan grande como la necesidad de establecer algo claro entre nosotros, y por eso hablaba en voz alta para que no hubiera malentendidos. -Yo soy Uosan Sakana-uo.- Decía con mi voz, sabiendo que a muchos les estaba pareciendo ridícula, y aun así la sonrisa se me estaba alargando con esa mezcla infantil y tétrica que siempre me salía cuando pensaba en mis hermanos y en la caza, porque ellos eran mi norte y la idea de divertirme sin ellos no estaba siendo algo que me llenara del todo. Hice un barrido rápido, mirando a absolutamente todos, y me estaba pareciendo como un tablero con piezas que estaba queriendo ordenar a mi manera. -¿Os vais a dejar vencer, o vamos a jugar? Yo quiero jugar con mis hermanos, pero no se donde están, así que sereis quienes me entretengan-uo.- Terminé diciendo, mientras notaba que la cola me estaba picando y que mis manos estaban temblando, no de miedo sino de impaciencia que siempre tenía cuando algo interesante se estaba por decidir.
Narrador
RESUMEN
DEN DEN MUSHI
BÉLICO
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