26-10-2025, 09:19 PM
La tormenta avanzó llevándose las nubes hacia el South Blue, despejando el cielo y mostrando - para los Tenryuubitos - una enorme luna llena preciosa, clara como la nieve y pura como las gotas del rocío de la mañana. Su luz bañaba levemente la zona y permitía poder ver mejor dentro de los cubículos, pero de ninguna forma la luna era visible desde esa posición para nadie de forma natural.
Qué espectáculo tan… patético. Llevo aquí aproximadamente... oh, qué importa el tiempo cuando uno posee belleza eterna... observando estas paredes artificiales con una mezcla de admiración y tedio. Admiración porque, debo admitirlo, quien creó esta prisión pétrea tiene cierto sentido estético, aunque inferior al mío, por supuesto. Tedio porque la perfección, cuando está sola, no tiene ante quién brillar. Y entonces cayeron. Como sacos de carne descoordinada y grotesca.
Seis criaturas que se estrellaron contra mi escenario con la gracia de cacas arrojadas por simios. Los observé desde el centro de esta arena, inmóvil, envuelto en la penumbra que tan generosamente acaricia mi silueta. Ninguno me vio. Cómo me divierte su incompetencia. Ahí estaban, gritando, llorando, tropezando en la oscuridad mientras yo permanecía a escasos 25 metros, una estatua viviente de perfección que sus ojos mediocres fueron incapaces de distinguir. Dos gigantes – criaturas grotescas de tamaño desproporcionado – unas cuantas alimañas del tamaño corriente, y ahí, esa pequeña fuente de luz... un mechero. Qué pintoresco. Como luciérnagas intentando iluminar un abismo. Los escuché presentarse, llorar por sus perdidos, golpear las paredes con desesperación de infantes que quieren escapar del corral donde sus padres les pusieron. Enrollé mi cola alrededor de mi cintura, dejando que los anillos de oro tintinearan suavemente, un sonido que ninguno de estos incultos pudo apreciar. Mis labios mantuvieron esa sonrisa que tanto me favorece, esa curva púrpura que refleja mi perpetuo deleite ante la inferioridad ajena. Deberían sentirse honrados. No todos los días las criaturas ordinarias comparten espacio con la perfección hecha carne. Supongo que ha llegado el momento de iluminar sus miserables existencias con mi presencia. Después de todo, ¿qué sentido tiene ser glorioso si nadie está ahí para caer de rodillas ante tal magnificencia?
Prepárense, pequeñas criaturas. El verdadero espectáculo está por comenzar.
Avance 10 metros en línea recta, en diagonal rumbo al gigante con el báculo, desde mi posición en el centro del escenario con una elegancia que cualquiera envidiaría, mi cola aun enrollada en mi cintura, y qué cuadro tan deliciosamente lamentable formaban. A la izquierda, separada un metro de la esquina, esa criatura de cabello blanco sostenía un mechero tembloroso. Su luz débil apenas iluminaba su rostro asustado. Qué frágil. A medio metro de ella, esa otra mujer, ella de cabello rojo, la abrazaba. Conmovedor, y completamente débil. Un metro más allá, ese ser con cuernos intentaba discernir formas en la oscuridad. Sus ojos entrecerrados buscaban comprender lo incomprensible. Tan predecible la ignorancia. Y luego... oh, qué horror visual. Veinte metros de carne gigantesca y desproporcionada con un báculo aún más grande que él. La belleza y la sutileza claramente no residen en los de su especia. Y finalmente, otro gigante, sollozando y golpeando la pared como niño perdido. Entre su barba enmarañada, una figura diminuta intentaba aparentar control con ese cigarrillo ridículo. Qué pintoresco espectáculo de mediocridad. Diez metros y medio de pared ocupados por seis almas perdidas, agrupadas como ganado asustado. Y yo, a quince metros de distancia me dirijo hacia ellos por primera vez.
“Ah, la belleza... ese don divino que tan pocos tienen el privilegio de portar. Observen a su alrededor, esas masas grises y opacas que se arrastran por la vida sin jamás comprender lo que significa irradiar perfección. La belleza no es simplemente un rostro agradable o una figura proporcionada, no... es un estado de superioridad. Ustedes, criaturas comunes, se conforman con lo ordinario. Se miran al espejo y se dicen ‘suficiente’, cuando la mediocridad debería avergonzarles. Yo, en cambio, cada mañana contemplo una obra maestra. Cada ángulo de mi rostro, cada línea de mi figura, la forma en que la luz acaricia mi piel... es arte viviente. ¿Acaso creen que la belleza es vanidad? ¡Qué ignorancia tan predecible! La belleza es jerarquía natural. Es la manera en que el universo señala quién merece ser admirado, quién debe estar al frente, quién tiene derecho a ser recordado. Los hermosos no morimos en el olvido como ustedes; nos inmortalizamos en la memoria de quienes tuvieron la fortuna de presenciar nuestra existencia. Así que mírenme bien, grábense esta imagen. No todos los días las criaturas corrientes tienen la oportunidad de estar en presencia de la verdadera perfección. Deberían sentirse... honrados.” – terminé mi monólogo de bienvenida para aquellos 6 lamentables seres llevando la mano derecha hacia mi boca, tapando parcialmente la sonrisa perfecta que mis labios formaban.
Qué espectáculo tan… patético. Llevo aquí aproximadamente... oh, qué importa el tiempo cuando uno posee belleza eterna... observando estas paredes artificiales con una mezcla de admiración y tedio. Admiración porque, debo admitirlo, quien creó esta prisión pétrea tiene cierto sentido estético, aunque inferior al mío, por supuesto. Tedio porque la perfección, cuando está sola, no tiene ante quién brillar. Y entonces cayeron. Como sacos de carne descoordinada y grotesca.
Seis criaturas que se estrellaron contra mi escenario con la gracia de cacas arrojadas por simios. Los observé desde el centro de esta arena, inmóvil, envuelto en la penumbra que tan generosamente acaricia mi silueta. Ninguno me vio. Cómo me divierte su incompetencia. Ahí estaban, gritando, llorando, tropezando en la oscuridad mientras yo permanecía a escasos 25 metros, una estatua viviente de perfección que sus ojos mediocres fueron incapaces de distinguir. Dos gigantes – criaturas grotescas de tamaño desproporcionado – unas cuantas alimañas del tamaño corriente, y ahí, esa pequeña fuente de luz... un mechero. Qué pintoresco. Como luciérnagas intentando iluminar un abismo. Los escuché presentarse, llorar por sus perdidos, golpear las paredes con desesperación de infantes que quieren escapar del corral donde sus padres les pusieron. Enrollé mi cola alrededor de mi cintura, dejando que los anillos de oro tintinearan suavemente, un sonido que ninguno de estos incultos pudo apreciar. Mis labios mantuvieron esa sonrisa que tanto me favorece, esa curva púrpura que refleja mi perpetuo deleite ante la inferioridad ajena. Deberían sentirse honrados. No todos los días las criaturas ordinarias comparten espacio con la perfección hecha carne. Supongo que ha llegado el momento de iluminar sus miserables existencias con mi presencia. Después de todo, ¿qué sentido tiene ser glorioso si nadie está ahí para caer de rodillas ante tal magnificencia?
Prepárense, pequeñas criaturas. El verdadero espectáculo está por comenzar.
Avance 10 metros en línea recta, en diagonal rumbo al gigante con el báculo, desde mi posición en el centro del escenario con una elegancia que cualquiera envidiaría, mi cola aun enrollada en mi cintura, y qué cuadro tan deliciosamente lamentable formaban. A la izquierda, separada un metro de la esquina, esa criatura de cabello blanco sostenía un mechero tembloroso. Su luz débil apenas iluminaba su rostro asustado. Qué frágil. A medio metro de ella, esa otra mujer, ella de cabello rojo, la abrazaba. Conmovedor, y completamente débil. Un metro más allá, ese ser con cuernos intentaba discernir formas en la oscuridad. Sus ojos entrecerrados buscaban comprender lo incomprensible. Tan predecible la ignorancia. Y luego... oh, qué horror visual. Veinte metros de carne gigantesca y desproporcionada con un báculo aún más grande que él. La belleza y la sutileza claramente no residen en los de su especia. Y finalmente, otro gigante, sollozando y golpeando la pared como niño perdido. Entre su barba enmarañada, una figura diminuta intentaba aparentar control con ese cigarrillo ridículo. Qué pintoresco espectáculo de mediocridad. Diez metros y medio de pared ocupados por seis almas perdidas, agrupadas como ganado asustado. Y yo, a quince metros de distancia me dirijo hacia ellos por primera vez.
“Ah, la belleza... ese don divino que tan pocos tienen el privilegio de portar. Observen a su alrededor, esas masas grises y opacas que se arrastran por la vida sin jamás comprender lo que significa irradiar perfección. La belleza no es simplemente un rostro agradable o una figura proporcionada, no... es un estado de superioridad. Ustedes, criaturas comunes, se conforman con lo ordinario. Se miran al espejo y se dicen ‘suficiente’, cuando la mediocridad debería avergonzarles. Yo, en cambio, cada mañana contemplo una obra maestra. Cada ángulo de mi rostro, cada línea de mi figura, la forma en que la luz acaricia mi piel... es arte viviente. ¿Acaso creen que la belleza es vanidad? ¡Qué ignorancia tan predecible! La belleza es jerarquía natural. Es la manera en que el universo señala quién merece ser admirado, quién debe estar al frente, quién tiene derecho a ser recordado. Los hermosos no morimos en el olvido como ustedes; nos inmortalizamos en la memoria de quienes tuvieron la fortuna de presenciar nuestra existencia. Así que mírenme bien, grábense esta imagen. No todos los días las criaturas corrientes tienen la oportunidad de estar en presencia de la verdadera perfección. Deberían sentirse... honrados.” – terminé mi monólogo de bienvenida para aquellos 6 lamentables seres llevando la mano derecha hacia mi boca, tapando parcialmente la sonrisa perfecta que mis labios formaban.
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