26-10-2025, 12:44 AM
[personajeinvalido=2283]
El cielo se cerró como una tapa de caldero aquella noche. Sentí el primer viento en la cara y supe, por el olor a ozono y mar revuelto, que no era una tormenta cualquiera: era una bestia esperando sacudirnos. Me coloqué detrás de mis nakamas, con las manos hundidas en la barandilla como si fuera un ancla propia; prefería que se golpearan contra mi costado antes que irse al vacío. El capitán gritó órdenes y el timón respondió, pero lo que el hombre debe aprender es que nunca podrá dominar a la naturaleza.
Subimos por la corriente ascendente y por un instante todo pareció congelarse en luz cuando un relámpago partió el cielo. Vi las caras de los civiles a través del destello: ojos abiertos, bocas pequeñas, gente que nunca pensó que su viaje terminaría en una muerte abrupta. Vi también el miedo en los ojos de mis compañeros: Jin apretando los dientes, Hyak rigido como poste, Ash con la mirada que intenta planear mil salidas. Y mi propio pecho, que latía fuerte, demasiado caliente; quise decirles algo, una broma, un empujón de ánimo… pero la palabra quedó atascada en la garganta cuando la noche volvió y la máquina del caos se puso en marcha.
Un trueno golpeó con un sabor a hierro y enseguida hubo fuego en la cubierta: un rayo que abrió la madera como si fuera cáscara. Gritos, y luego el mar devorando aun mas gritos. Vi cuerpos volar, vi redes, maletas, cajones; todo flotando conmigo en una escena que no tiene sentido hasta que la vives. Agarré la barandilla hasta que mis nudillos se pusieron blancos, intenté frenar de cualquier forma el movimiento del barco con mi propio peso, con mi voz, con juramentos imposibles. Pero la tormenta no negocia y la caída fue una locura que desgarró el mundo en mil pedazos.
El impacto fue un rumor que se volvió grito. El barco recibió un golpe que partió su costado, como si un gigante invisible lo hubiera partido en dos. El olor a pólvora y madera quemada me llenó los pulmones, y el agua vino con hambre. Mis ojos buscaron, una y otra vez, las siluetas que conocía: Hyak, Jin, MM, Odeth… los llamé con toda la fuerza que había en mi garganta, pero quedé ahogado por el rugido del viento. Vi a Hyak ser arrancado por una ráfaga, a Jin lanzado como un muñeco, y a MM, su rostro, cruzado por el pánico. Intenté estirar la mano, pero mis dedos no alcanzaron sus muñecas, siendo devorados por el vendaval.
Los segundos se hicieron eternos. Pese a mi empeño, uno por uno mis compañeros fueron despegados de la cubierta por el vendaval. Grité sus nombres hasta que la voz me dolió. Clavé los pies en la madera para no irme con ellos, pero cada latigazo de la ola iba arrancando trozos de esperanza. Todo lo que pude sentir fue la impotencia: mis manos, grandes y fuertes en otras noches, se cerraban sobre la nada mientras veía cómo se alejaban en la penumbra. El mar reclamaba a aquellos que osaban desafiarla, recordándonos que no somos mas que juguetes para un dios impasible. La tormenta reclamaba su botín y yo no era más que un vecino impotente viendo su casa incendiada.
Cuando la mayoría ya había desaparecido entre espuma y sombras, seguí agarrado a la barandilla, mirando al abismo, buscando como un condenado lo que la tormenta me había robado. Mi corazón era un tambor enloquecido y mis ojos buscaban formas entre la lluvia. Entonces vi el arrecife emerger como dientes de una boca oceánica. Todo se volvió negro en un segundo. La madera crujió con un sonido que solo anunciaba mas muerte, y me lanzaron como una ficha de madera por los aires.
Desperté como si me hubieran arrojado del sueño en la cubierta de otro mundo. Oí a Jin llamarme por mi nombre:
Di una bocanada de aire que quemó la garganta. Abrí los ojos con la urgencia de quien espera ver a todos a su alrededor respirar, pero lo que vi fueron paredes: piedras, frialdad, un pozo profundo que nos tenía encerrados. No había mar abierto, no había cielo ni antorchas, solo ese encierro. Me incorporé sentado, la cabeza todavía una tormenta de imágenes, y mi primera reacción fue buscar con la mirada a MM. No estaba. No había rastro de Hyak ni de Odeth. Nada salvo eco y polvo.
Salté en pie de un salto, con las piernas temblando por la tensión, y me lancé hacia las paredes del pozo. No conocía a la mayoría de los otros presos; algunos gemían, otros analizaban la situación en silencio, pero no me importó: mi mundo se reducía a los nombres que faltaban. Corrí, tropecé, clavé las palmas en la piedra buscando escalar..... y traté de encontrarlas. La superficie era lisa como la carcasa de un barco nuevo; mis dedos resbalaban sin hallar asidero. La impotencia se convirtió en rabia; el gigante en mí intentó trepar y se topó con la limitación de la roca.
Entonces empecé a golpear. Mis puños, que en mar abierto podían acabar con reyes marinos, golpearon la pared una y otra vez. Cada golpe era una llamada a la tierra, un reclamo de hermano, una pregunta sin respuesta lanzada contra la piedra. Grité nombres. Grité hasta que la voz se rompió:
—¡Lo sabían y aun así…!— Mis lágrimas trazaban surcos salados por las mejillas, mezclándose con la lluvia que de algún modo aún se filtraba en mi memoria. La culpa me mordía el pecho. ¿Cómo no habíamos visto las señales? ¿Cómo dejamos que la gente subiera en barcos que podían convertirse en ataúdes? Recordé las caras de los pasajeros al iniciar la ascensión, la confianza en sus ojos, la música que hubiera servido para una fiesta y que ahora era un ruido fúnebre. Pensé en sus hijos, en manos pequeñas, en las historias que terminaron sin contar. El dolor no era sólo por mis nakamas; era por todos aquellos que confiaron en una travesía y pagaron con su vida. Me retorcía porque no hice suficiente, porque mis brazos no fueron suficientes para detener la marea.
Golpeé la piedra otra vez, con la furia de quien ve su mundo rotar en pedazos.
Repetí, y en esa frase iba todo mi amor, todo mi reproche. Porque lo que más me duele es saber que si alguien con voz hubiese parado el viaje, tal vez muchos seguirían vivos. Las manos me ardían, los nudillos se rasparon, y aun así no podía parar de llamar: mi voz salió como un aullido de gigante, potente y herido.
El dolor me invadió de una forma física: no solo la rabia, sino el vacío. Me imaginé a mi tripulación esparcida por el mar como frutas que se caen de un árbol viejo. Sus risas, sus insultos cariñosos, la cerveza compartida, todo desvanecido. Me sentí pequeño por primera vez en años, como si mi tamaño no valiera para nada frente a la crueldad de un destino que mató sin piedad. Quise llorar hasta quedarme sin lágrimas, y lo hice. Lágrimas grandes, calientes, que caían por mi barba y manchaban la arena que cubría aquel pozo. Me arrodillé, la frente pegada a la roca, sollozando por la perdida y la muerte que ahora llenaban todos los espacios, tanto mente como corazón. No me importaba aparentar fuerza, nunca fuí una persona dura, y esa noche el cielo fue espectador de aquella tragedia.
Una tragedia que logro hacer llorar a un guerrero de Elbaph.
El cielo se cerró como una tapa de caldero aquella noche. Sentí el primer viento en la cara y supe, por el olor a ozono y mar revuelto, que no era una tormenta cualquiera: era una bestia esperando sacudirnos. Me coloqué detrás de mis nakamas, con las manos hundidas en la barandilla como si fuera un ancla propia; prefería que se golpearan contra mi costado antes que irse al vacío. El capitán gritó órdenes y el timón respondió, pero lo que el hombre debe aprender es que nunca podrá dominar a la naturaleza.
Subimos por la corriente ascendente y por un instante todo pareció congelarse en luz cuando un relámpago partió el cielo. Vi las caras de los civiles a través del destello: ojos abiertos, bocas pequeñas, gente que nunca pensó que su viaje terminaría en una muerte abrupta. Vi también el miedo en los ojos de mis compañeros: Jin apretando los dientes, Hyak rigido como poste, Ash con la mirada que intenta planear mil salidas. Y mi propio pecho, que latía fuerte, demasiado caliente; quise decirles algo, una broma, un empujón de ánimo… pero la palabra quedó atascada en la garganta cuando la noche volvió y la máquina del caos se puso en marcha.
Un trueno golpeó con un sabor a hierro y enseguida hubo fuego en la cubierta: un rayo que abrió la madera como si fuera cáscara. Gritos, y luego el mar devorando aun mas gritos. Vi cuerpos volar, vi redes, maletas, cajones; todo flotando conmigo en una escena que no tiene sentido hasta que la vives. Agarré la barandilla hasta que mis nudillos se pusieron blancos, intenté frenar de cualquier forma el movimiento del barco con mi propio peso, con mi voz, con juramentos imposibles. Pero la tormenta no negocia y la caída fue una locura que desgarró el mundo en mil pedazos.
El impacto fue un rumor que se volvió grito. El barco recibió un golpe que partió su costado, como si un gigante invisible lo hubiera partido en dos. El olor a pólvora y madera quemada me llenó los pulmones, y el agua vino con hambre. Mis ojos buscaron, una y otra vez, las siluetas que conocía: Hyak, Jin, MM, Odeth… los llamé con toda la fuerza que había en mi garganta, pero quedé ahogado por el rugido del viento. Vi a Hyak ser arrancado por una ráfaga, a Jin lanzado como un muñeco, y a MM, su rostro, cruzado por el pánico. Intenté estirar la mano, pero mis dedos no alcanzaron sus muñecas, siendo devorados por el vendaval.
Los segundos se hicieron eternos. Pese a mi empeño, uno por uno mis compañeros fueron despegados de la cubierta por el vendaval. Grité sus nombres hasta que la voz me dolió. Clavé los pies en la madera para no irme con ellos, pero cada latigazo de la ola iba arrancando trozos de esperanza. Todo lo que pude sentir fue la impotencia: mis manos, grandes y fuertes en otras noches, se cerraban sobre la nada mientras veía cómo se alejaban en la penumbra. El mar reclamaba a aquellos que osaban desafiarla, recordándonos que no somos mas que juguetes para un dios impasible. La tormenta reclamaba su botín y yo no era más que un vecino impotente viendo su casa incendiada.
Cuando la mayoría ya había desaparecido entre espuma y sombras, seguí agarrado a la barandilla, mirando al abismo, buscando como un condenado lo que la tormenta me había robado. Mi corazón era un tambor enloquecido y mis ojos buscaban formas entre la lluvia. Entonces vi el arrecife emerger como dientes de una boca oceánica. Todo se volvió negro en un segundo. La madera crujió con un sonido que solo anunciaba mas muerte, y me lanzaron como una ficha de madera por los aires.
Desperté como si me hubieran arrojado del sueño en la cubierta de otro mundo. Oí a Jin llamarme por mi nombre:
—Thrym, despierta. —
Di una bocanada de aire que quemó la garganta. Abrí los ojos con la urgencia de quien espera ver a todos a su alrededor respirar, pero lo que vi fueron paredes: piedras, frialdad, un pozo profundo que nos tenía encerrados. No había mar abierto, no había cielo ni antorchas, solo ese encierro. Me incorporé sentado, la cabeza todavía una tormenta de imágenes, y mi primera reacción fue buscar con la mirada a MM. No estaba. No había rastro de Hyak ni de Odeth. Nada salvo eco y polvo.
Salté en pie de un salto, con las piernas temblando por la tensión, y me lancé hacia las paredes del pozo. No conocía a la mayoría de los otros presos; algunos gemían, otros analizaban la situación en silencio, pero no me importó: mi mundo se reducía a los nombres que faltaban. Corrí, tropecé, clavé las palmas en la piedra buscando escalar..... y traté de encontrarlas. La superficie era lisa como la carcasa de un barco nuevo; mis dedos resbalaban sin hallar asidero. La impotencia se convirtió en rabia; el gigante en mí intentó trepar y se topó con la limitación de la roca.
Entonces empecé a golpear. Mis puños, que en mar abierto podían acabar con reyes marinos, golpearon la pared una y otra vez. Cada golpe era una llamada a la tierra, un reclamo de hermano, una pregunta sin respuesta lanzada contra la piedra. Grité nombres. Grité hasta que la voz se rompió:
—¡MM! ¡Hyak! ¡Jin! ¡Ash! ¡Odeth!—
El sonido rebotaba y volvía como un lazo que no atrapaba nada. Entre sollozos y rabia, la verdad se me vino encima como un baldazo de agua fría. —Ellos lo sabían.—Repetí hasta que mi garganta ardió. —¡Lo sabían y aun así…!— Mis lágrimas trazaban surcos salados por las mejillas, mezclándose con la lluvia que de algún modo aún se filtraba en mi memoria. La culpa me mordía el pecho. ¿Cómo no habíamos visto las señales? ¿Cómo dejamos que la gente subiera en barcos que podían convertirse en ataúdes? Recordé las caras de los pasajeros al iniciar la ascensión, la confianza en sus ojos, la música que hubiera servido para una fiesta y que ahora era un ruido fúnebre. Pensé en sus hijos, en manos pequeñas, en las historias que terminaron sin contar. El dolor no era sólo por mis nakamas; era por todos aquellos que confiaron en una travesía y pagaron con su vida. Me retorcía porque no hice suficiente, porque mis brazos no fueron suficientes para detener la marea.
Golpeé la piedra otra vez, con la furia de quien ve su mundo rotar en pedazos.
—¡Ellos lo sabían!—
Repetí, y en esa frase iba todo mi amor, todo mi reproche. Porque lo que más me duele es saber que si alguien con voz hubiese parado el viaje, tal vez muchos seguirían vivos. Las manos me ardían, los nudillos se rasparon, y aun así no podía parar de llamar: mi voz salió como un aullido de gigante, potente y herido.
El dolor me invadió de una forma física: no solo la rabia, sino el vacío. Me imaginé a mi tripulación esparcida por el mar como frutas que se caen de un árbol viejo. Sus risas, sus insultos cariñosos, la cerveza compartida, todo desvanecido. Me sentí pequeño por primera vez en años, como si mi tamaño no valiera para nada frente a la crueldad de un destino que mató sin piedad. Quise llorar hasta quedarme sin lágrimas, y lo hice. Lágrimas grandes, calientes, que caían por mi barba y manchaban la arena que cubría aquel pozo. Me arrodillé, la frente pegada a la roca, sollozando por la perdida y la muerte que ahora llenaban todos los espacios, tanto mente como corazón. No me importaba aparentar fuerza, nunca fuí una persona dura, y esa noche el cielo fue espectador de aquella tragedia.
Una tragedia que logro hacer llorar a un guerrero de Elbaph.
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