[EVENTO CAMBIO ZONA] El camino para ser alguien; Parte 2 [GRUPO 3]
#6
[personajeinvalido=2283]
Dulce es el viento que agita las olas del mar, como dulce es el olor del salitre al impregnar el aire.
Dulce es la espuma que lame la quilla y el rumor que acompasa al navegante.
Y es que hay algo en esa mezcla —en la ilusión de calma— que adormece el juicio y apacigua el alma.

Sí, definitivamente desde tierra esto sería belleza.

Desde la orilla, los relámpagos serían espectáculo, y el bramido del mar, una nana lejana para los hombres que no conocen su verdadera furia.

Pero ahora, cuando el estruendo te perfora los oídos y el barco tiembla como un cuerpo febril, solo queda el sabor invasivo del miedo —salado, metálico y amargo, tan real como el mar que te traga.

Es entonces cuando, asustado, te preguntas: ¿dónde yaces ahora, razón mía, cuando el mundo ruge?
¿Qué palabra pronuncias, si todo alrededor es ruido? Y te das cuenta, como lo ha hecho Bai Mudai, que —pese a tu buen juicio— hay momentos en los que la mente deja de ser un refugio para convertirse en una casa en llamas.

Relámpagos partían el aire cuando el barco se alzó sobre el mar. Luego, un fogonazo iluminó la escena: un instante de claridad que reveló el horror y la belleza del desastre.
Pero sus ojos no captaban ninguna imagen; se hallaban perdidos, observando las nubes negras como plomo y la proa rasgar el firmamento.

Estaba perdida.

Su cuerpo seguía ahí, respirando y temblando, mientras en su interior algo se rompía en mudo chasquido y su mente recorría un campo de recuerdos rotos.

Luz, ruido, fuego...

Podía olerlo; un olor hiriente que colmaba la memoria y la carne. Como un jardín nocturno de dulzura intoxicante, como almíbar negro que quema la lengua y repta por la garganta, desgarrando a su paso mientras un perfume extraño embriaga los sentidos y se mezcla con la niebla invisible de lo imposible.

Era igual que aquella vez. Pero ahora no flotaba en el aire; no: ella lo olía. Su cerebro lo sentía. Igual que el calor del fuego sobre su bruñida piel.

Y de repente, como si un dios hubiera soltado su mano, el barco descendió en picado. El viento, el mar, los gritos y el trueno se fundieron en un rugido único, un rugido que parecía contener el juicio de los cielos y la colera de los océanos. Pero ella seguía lejos de allí, del bramido y del descenso, temblando por el pútrido olor de la carne quemada y los desgarradores gritos de desesperación.

No se movía, no iba a moverse.
Tan sólo se mantenía apretando el relicario, deslizándose por la proa hacia el abismo y, luego, simplemente, silencio absoluto.

***

Bai sintió el golpe antes de verlo venir —no sabría decir por qué—, pero fue tan fuerte como un presentimiento.
Tal vez porque, para ese entonces, las alucinaciones ya se habían ido. O quizás porque algo en su interior —ese sexto sentido que se despierta justo antes de que todo se vaya a la mierda— trataba de advertirle.

Una descarga le recorrió la base del cráneo, una chispa eléctrica, una voz sin cuerpo que gritaba dentro de su cabeza. Y entonces lo vio.

Una bolsa —no, un zurrón, uno de esos viejos trastos de lona, manchado, torcido— venía directo hacia ella, girando en el aire como si alguien invisible lo hubiera lanzado con odio.

Luego llegó el golpe como una piedra.
Y sintió su cara estallar; el crujido de la mandíbula, el sabor amargo del metal, el dolor punzante en la lengua.
¿Había estado gritando? No podría asegurarlo, pero lo suponía.

Y entonces lo sintió.
Un vórtice negro, sin ruido, sin fondo, que los tragaba a ambos: a ella y al zurrón.
Y supuso que ese sería su final.

Pero Dios es cruel. Tan cruel como un niño que arranca las alas a una mosca solo para ver si todavía puede volar.
Y no, no es porque te considere su mejor guerrero. Es porque no entiende la muerte, y aun así juega a inventarla. Pues, cuando el tedio lo alcanza, simplemente aplasta vidas —como el que pisa hormigas— solo para oír el sonido del silencio que dejan atrás.

Y en ese silencio estaba Bai, huyendo del beso helado de la Parca, cayendo de espaldas —inconsciente por el golpe— hacia una superficie terrosa que se acercaba ansias.
Después, el impacto llegó en tres actos: la espalda, los brazos y la cabeza, para que finalmente su cuerpo rodara dando vueltas ciegas —arrastrado por la inercia— como si el suelo quisiera quedarse con ella.

Unos metros más allá, el zurrón también cayó.
Rebotó contra el suelo, se abrió de golpe y por su boca sus entrañas de lona se volcaron como un cadáver abierto: vendas enrolladas, botiquines reventados, frascos rotos que dejaban escapar líquidos viscosos y olor a antiséptico rancio.
Era un simil grotesco, repugnante, y... fascinante —un cadáver de tela y trastos que escupía su miseria al mundo.

Pero ella seguía incosciente para verlo. O al menos lo estuvo hasta que su cabeza, herida, le permitió escuchar un pitido sordo capaz de apagar cualquier otro.
Luego dolor. Un dolor incipiente por todo su cuerpo entumecido y, finalmente, una visión borrosa.

Había alguien delante de ella, una figura pequeña que parecía gritarle. Pero no podía verla bien; todo estaba demasiado movido.
Intentó hablar. Una burbuja de sangre estalló en su boca, un hilo oscuro corrió por la comisura de sus labios. Tosió, tragando saliva mezclada con hierro oxidado.

Su vista, por suerte, mejoraba poco a poco.
Y entonces lo vio.
No era Han. Era el recuerdo de antiguo su compañero.
De su camiseta salía humo; de su boca, un grito desgarrador. Un destello crepitante iluminó la escena, y la camisa del hombre comenzó a arder ante sus ojos.

—No, no, no… —susurró com los ojos cubiertos por un telar de lágrimas.

Entonces, se incorporó con la rapidez de un resorte.

—¡Bogdan! —gritó, lanzándose hacia Han, con sus manos por delante buscando apagar el incendio que solo existía en su mente.

Pero no había nada allí.

Sus ojos se abrieron, desbordados por el asombro y el mareo.
Y lo volvió a escuchar hablar.
Era Han. No Bogdan. Y estaba bien.

Lágrimas rodaron por su rostro sucio y magullado mientras él pronunciaba un nombre que ella había eschado alguna: Dorothi. No sabía por qué ni a quién se refería, pero, ¿importaba?.

Se limpió la cara, todavía temblando por los recuerdos, e intentó respirar.

—Estoy bien, Han. Perdona —dijo, como si él pudiera entenderla.

Pero, ¿realmente lo estaba?
Sus manos recorrieron su cuerpo tratando de palpar heridas más graves que la contusión generalizada y la mordida de lengua que ya conocía por el palpitante dolor.
Sí, milagrosamente lo estaba.

Entonces llegó el momento de examinar su alrededor.

La cabeza le zumbaba con un murmullo constante y, el pecho, parecía tan oprimido que le dificultaba la respiración. Sin embargo, debía mirar, analizar y comprender, aunque fuera con lentitud, cada detalle de aquel espacio que los contenía por sí misma ya que dudaba que alguno de los presentes la llegara a entender.

Así, pronto se encontró observando a su derredor. Y, aunque las sombras se mezclaban volviendo algunas apenas discernibles, entre ellas pudo intuir figuras humanas a varios metros de distancia; quizás heridas o quizás quietas. Eso la inquietaba. Pues no había nada a mano que le permitiera asistirlas.

De repente, algo silbó cerca de ella, un objeto cruzando el aire. Luego otro. Una lluvia tenue de astillas, y finalmente un golpe metálico resonando contra la pared, que vibró como si aquel sonido hubiera nacido del corazón mismo de la piedra.

Bai se giró en dirección al sonido. Detrás de ella se alzaba una colosal construcción de piedra, megalítica y amenazante, que parecía hecha para engullirlos.

—Han… —musitó com apenas un hilo de voz—.
—Han —repitió, ahora sí, asegurándose de que su llamado atravesara el aire para advertirle.

Sus ojos descendieron por la piedra tratando de encontrar irregularidades o grietas. Nada. Todo parecía artificial. Y entonces, allí, entre la penumbra, reconoció un mandoble y el zurrón bastardo, disperso y abierto.

Así que presta, vació el zurrón y se fijo en lo grande que era —con un poco de suerte incluso le serviría para guardar el arma. Después,  revolvió las tripas del cadaver de lona tratando de juntar todo lo que había sobrevivido al impacto, lo dividió en un dos cajas de madera que parecían resistentes y una de metal, lo guardó en el saco y, asegurándose de no romper nada, metió la espada con cuidado hasta rasgar el fondo en dos. Luego, con la misma suavidad, apretó el cuello para estrangular el arma por debajo de la guarda y evitar cargarla.

—Con esto creo que podríamos ayudarles —musitó, más para sí que para el resto, mientras se incorporaba lentamente.

Ahora sólo necesitaba saber cómo ofrecer ayuda a los demás.

Y entonces se iluminó.
Había escuchado el nombre de Lan, ella debía de poderle ayudar.

—Han, Bai-Lan —intentó expresarse con sus nombres mientras le hacía señales para que le diera el Den den Mushi. —Mierda, Lan. ¿Cómo les digo que puedo ayudarles? —escupió de golpe sin caer en cuenta que ella también podría estar herida —.No soy médico pero tengo los conocimientos. ¿Hay alguna palabra que pueda repetirles para que me entiendan?

Fue ahí cuando cayó. Lan iba con ella y...

—Lan, por favor, dime que estais todo bien ¿Dong? ¿Mahou?

Después, por primera vez en mucho tiempo, grito de rábia e impotencia.

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RE: [EVENTO CAMBIO ZONA] El camino para ser alguien; Parte 2 [GRUPO 3] - por Bai Mudan - 25-10-2025, 01:06 PM

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