24-10-2025, 11:07 PM
(Última modificación: 24-10-2025, 11:22 PM por Max D. Bambú.)
Tanto la guardia real como el propio rey cayeron inevitablemente ante la demoledora presencia del panda. Antes de perder la consciencia, sin embargo, los guardias realizaron un movimiento curioso que el mink no se habría imaginado. Se rebelaron contra su Majestad el monarca de Mogaro y pretendieron apresarle antes de caer por la presión espiritual del portador de la D. —Cielos. —Se hubiera contenido de haber sabido que las cosas se iban a desarrollar de esa manera, pero como no sabía por dónde iban a ir los tiros tampoco se preocupó mucho por el desenlace de la situación. Aún así le hubiera gustado ver la cara del Rey cuando se diera cuenta de lo que estaba pasando. —Honhonhonhon, bueno, a lo hecho pecho. —Se golpeó con el puño en los pectorales para reforzar sus palabras y procedió a caminar entre el mar de cuerpos inconscientes, con cuidado de no pisar a nadie, para recoger al inconsciente soberano con sus dedos índice y pulgar, como si fuera alguna suerte de pañuelo usado que pretendiese tirar a la basura.
Al darse la vuelta, se fijó en que Kisuke estaba revisando el cuerpo de Nottingham por si encontraba algo interesante, pero, austero como era su comandante, decidió dejarlo todo en su sitio y atender la llamada de su Den Den Mushi. Max, sin embargo, sí que deseaba una cosa de Nottingham. Se acercó caminando, pues ya no había prisa, mientras la conversación del samurái se dedarrollaba y este, en última instancia se dirigía hacia las puertas para abrirlas en pos de recibir a los rebeldes, o eso supuso el mink al menos. Don Bambú detuvo su marcha frente al inconsciente capitán de la guardia. Podía sentir el hálito de su vida a través de su kenbunshoku y, por mucha rabia que le diera, su destino ya había sido decidido. El destino de sus armas era otra cosa. Mientras sostenía al rey con su siniestra, la diestra del mink se dirigió hacia la empuñadura de Preypiercer. Sin demasiado esfuerzo, retiró la lanza de la carne de Nottingham y la alzó hacia el cielo, contemplándola cuando larga era. Su ligereza no dejaba de sorprenderle y, curiosamente, el mango despedía un ligero calor. Recordó entonces cómo Kovashi dedicaba sesiones enteras de meditación a conversar con sus espadas. Trataba a sus herramientas de combate como si estuvieran vivas y las consideraba sus más preciadas aliadas. Había visto comportamientos similares en Kisuke, que en su condición de espadachín trataba de igual forma a sus espadas y las llamaba por el nombre como si se dirigiera a ellas en una conversación. Se preguntó entonces si aquella lanza tendría también una voz propia. Si interrumpiría sus sueños más profundos con incontrolables rabietas por culpa de la bestia que la alejó de su amo. Preypiercer. Lo cierto es que Don Bambú ni siquiera conocía su nombre, pues no se lo había escuchado decir al capitán. Si supiera su nombre y la utilidad que le daba Nottingham a la lanza, se reiría a carcajadas ante la ironía del asunto. Una bestia empuñando el arma para cazar bestias. El viejo recurso del animal que se convierte en el cazador de su cazador. Preypiercer tendría ahora una presa diferente: los opresores del pueblo y aquellos que los defienden.
Una sonrisa cruzó el rostro del panda. Le gustaba la idea de aprender a usar aquella cosa. Apoyó parte del mango sobre su hombro derecho y continuó su trayecto hasta donde Kisuke se enfrentaba, con una cara de cansancio evidente, a las puertas que alguien le había pedido que abriese. A su paso, un rastro de sangre dibujaba el camino que el mink había trazado de una punta a otra de la estancia. —Repose comandante, que yo me encargo. —Sin la menor ceremonia dejó caer al rey al suelo y clavó a Preypiercer en el suelo, que onduló ligeramente ante los poderes de su fruta aplicados a través de la lanza. Con ambas manos empezó a empujar las puertas para abrirle paso a la libertad.
Al darse la vuelta, se fijó en que Kisuke estaba revisando el cuerpo de Nottingham por si encontraba algo interesante, pero, austero como era su comandante, decidió dejarlo todo en su sitio y atender la llamada de su Den Den Mushi. Max, sin embargo, sí que deseaba una cosa de Nottingham. Se acercó caminando, pues ya no había prisa, mientras la conversación del samurái se dedarrollaba y este, en última instancia se dirigía hacia las puertas para abrirlas en pos de recibir a los rebeldes, o eso supuso el mink al menos. Don Bambú detuvo su marcha frente al inconsciente capitán de la guardia. Podía sentir el hálito de su vida a través de su kenbunshoku y, por mucha rabia que le diera, su destino ya había sido decidido. El destino de sus armas era otra cosa. Mientras sostenía al rey con su siniestra, la diestra del mink se dirigió hacia la empuñadura de Preypiercer. Sin demasiado esfuerzo, retiró la lanza de la carne de Nottingham y la alzó hacia el cielo, contemplándola cuando larga era. Su ligereza no dejaba de sorprenderle y, curiosamente, el mango despedía un ligero calor. Recordó entonces cómo Kovashi dedicaba sesiones enteras de meditación a conversar con sus espadas. Trataba a sus herramientas de combate como si estuvieran vivas y las consideraba sus más preciadas aliadas. Había visto comportamientos similares en Kisuke, que en su condición de espadachín trataba de igual forma a sus espadas y las llamaba por el nombre como si se dirigiera a ellas en una conversación. Se preguntó entonces si aquella lanza tendría también una voz propia. Si interrumpiría sus sueños más profundos con incontrolables rabietas por culpa de la bestia que la alejó de su amo. Preypiercer. Lo cierto es que Don Bambú ni siquiera conocía su nombre, pues no se lo había escuchado decir al capitán. Si supiera su nombre y la utilidad que le daba Nottingham a la lanza, se reiría a carcajadas ante la ironía del asunto. Una bestia empuñando el arma para cazar bestias. El viejo recurso del animal que se convierte en el cazador de su cazador. Preypiercer tendría ahora una presa diferente: los opresores del pueblo y aquellos que los defienden.
Una sonrisa cruzó el rostro del panda. Le gustaba la idea de aprender a usar aquella cosa. Apoyó parte del mango sobre su hombro derecho y continuó su trayecto hasta donde Kisuke se enfrentaba, con una cara de cansancio evidente, a las puertas que alguien le había pedido que abriese. A su paso, un rastro de sangre dibujaba el camino que el mink había trazado de una punta a otra de la estancia. —Repose comandante, que yo me encargo. —Sin la menor ceremonia dejó caer al rey al suelo y clavó a Preypiercer en el suelo, que onduló ligeramente ante los poderes de su fruta aplicados a través de la lanza. Con ambas manos empezó a empujar las puertas para abrirle paso a la libertad.
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