24-10-2025, 12:01 AM
El camino de vuelta a la ciudad fue largo, pero más ligero que la subida. El sol ya caía sobre las cumbres nevadas, tiñendo de naranja los tejados lejanos de Pushkin. Joss silbaba una melodía entre dientes mientras avanzaban por el sendero, con la botella vacía colgando de su mano. Fillo, sentado sobre el hombro de Kibai, gesticulaba con entusiasmo, repitiendo por quinta vez cómo Joss había adelantado al gyojin justo después de que este tropezara.
“¡Y entonces le gritaste que volviese al mar! ¡Ja! Tendrías que haber visto su cara, parecía una sardina furiosa.”
Joss soltó una carcajada.
“¡EH, no necesitaba empujarlo! Él se cayó por su propio peso, ¡yo solo le señalé el camino!”
Kibai caminaba detrás de ambos, con las manos metidas en los bolsillos y una ligera sonrisa en el rostro. La escena le resultaba familiar de algún modo; aquel tono entre camaradas, las bromas tras un esfuerzo compartido... Durante un instante recordó a los jóvenes de su generación, riendo igual después de alguna travesura nocturna en los bosques de Zou.
"Lo cierto es que casi ganamos... bueno que casi gano, ya que habría llegado primero"
"Si claro, sigue soñando, Marine!" exclamó Joss. "Habría ganado yo, claramente."
"En lo único que has ganado es en beber más de la botella que debías proteger" respondió Fillo entre carcajadas.
Los tres rieron al unísono, y así continuaron bajando hasta que sus pies caminaron por las calles adoquinadas de Pushkin. La ciudad bullía de vida, y desde las ventanas abiertas se escapaban risas, humo y olor a comida. El aire estaba lleno del eco de campanas y música: la celebración de la cosecha estaba en su punto álgido.
Cuando doblaron la esquina y el letrero dorado del Golden Lion apareció balanceándose al viento, Joss se detuvo solemnemente ante la puerta.
“Bueno,” dijo adoptando un gesto teatral, “nuestro altar nos espera.”
Empujó las puertas con ambas manos, y el sonido que los recibió fue ensordecedor. El Golden Lion estaba a reventar. Los tres pisos estaban llenos de gente: marineros, campesinos, soldados, músicos, incluso algunos comerciantes bien vestidos que habían abandonado por una noche la compostura. El aire olía a sake, sudor y comida caliente. En el centro, la banda tocaba una melodía frenética mientras varias parejas giraban torpemente entre carcajadas.
Nada más entrar, una ola de gritos los envolvió. Un grupo de reclutas de a base, liderados por ROlf y Jeren, los compañeros de Kibai se les echaron encima de inmediato, agitando sus jarras en alto.
“¡Eh, mirad quiénes han vuelto!”
“¡Pensábamos que os había tragado la montaña!”
"¡Traed al pequeñajo también! Ese Tontatta es la bomba”
Fillo alzó la mano desde el hombro Kibai, saludando con una sonrisa enorme y estrechando dedos con sus dos manos.
"Creo que te acabas de hacer famoso..." Le susurró el mink, tratando de contener la risa.
La multitud se abrió lo justo para que pudieran avanzar hasta una mesa en la galería inferior, donde alguien ya había pedido jarras rebosantes. Antes de que se sentaran, un marinero con un gorro de lana roja larga barba gris los interceptó.
“¡Otros corredores dicen que vosotros sois los que hicisteis rodar al gyojin montaña abajo! ¡Tendríais que haber visto su cara cuando volvió a la ciudad, parecía una ballena mareada!”
Joss, que en ese momento hacía equilibrios para repartir las jarras de la mesa, casi dejó caer toda la bebida de la risa.
“¿De verdad volvió? Pensé que se habría enterrado en la nieve.”
“Volvió, sí,” dijo el hombre, alzando su jarra. “Y juró que el año que viene va a traeros a todos como trofeo. ¡Brindo por eso!”
Las jarras entrechocaron. El sake era dulce, fuerte, y corría fácil garganta abajo. Al poco rato, los tres ya estaban contando historias exageradas de la carrera. Joss hacía gestos amplios, jurando que había saltado “un abismo de cinco metros”, mientras Fillo asentía con la solemnidad de un testigo. Kibai, más reservado, solo intervenía para corregir con calma los detalles más fantasiosos.
“Serían tres metros, a lo sumo, y solo porque tenías a ese gigantón detrás y el miedo te dio alas.”
"Bah, detalles técnicos..."
En un rincón cercano, un grupo de músicos improvisaba con flautas y tambores, y pronto la multitud comenzó a aplaudir al ritmo. Jeren y Rolf, ya colorados por el alcohol, se levantaron tambaleantes.
“¡Vamos, Kibai! ¡Es tu turno de bailar!”
“Paso,” respondió el mink sin moverse.
“¡Vamos, que no muerde!” insistió Fillo, tirándole del mechón de la oreja.
“¡Yo sí que te voy a morder a ti!” gruñó Kibai, enseñando los colmillos entre las risas del grupo.
Pero ya era tarde. Entre risas, Jeren y Rolf lo empujaron hacia la pista, llevándolo a girar con torpeza entre ellos. Kibai trató de mantener el equilibrio, pero resbaló un poco, y terminó chocando contra una pareja que también bailaba al ritmo de la música. La jarra del hombre voló por los aires, cayendo justo sobre la cabeza de otro cliente, que reaccionó con una exclamación furiosa. Un segundo después, un chorro de cerveza surcó el aire y alcanzó a Fillo, que había bajado al suelo para escapar del alboroto. El tontatta, soltando un bufido, le lanzó una jarra entera al responsable. En cuestión de segundos, el Golden Lion se convirtió en un pequeño campo de batalla de espuma y ruido de jarras rotas. Los camareros intentaban restablecer el orden mientras los músicos, en lugar de detenerse, aceleraban el ritmo para acompañar la escena.
Cuando por fin las cosas se calmaron ante la amenaza del dueño del local de avisar a la guardia (amenaza ignorada) y de no servir más sake a nadie (amenaza my tenida en cuenta), Kibai volvió a su asiento con unas cuantas manchas de sake en la camisa y una expresión de resignación.
“Supongo que eso cuenta como bailar,” dijo Joss, dándole una palmada en el hombro.
“Repite eso, y te lanzo por la ventana,” respondió el mink, aunque sin tono real de amenaza.
El ambiente fue volviéndose más relajado a medida que la noche avanzaba. Fillo se subió sobre la barra y comenzó a contar chistes a todos los que lo rodeaban, que estallaban en carcajadas cada vez más sonoras, y Joss, con la mirada algo vidriosa, intentaba seguirle el ritmo bebiendo más de la cuenta. Kibai, en cambio, bebía con calma. Había aprendido en el cuartel que un poco de sake ayudaba a calentar el cuerpo, pero demasiado solo nublaba los reflejos. En un momento, miró hacia las ventanas empañadas y vio caer los primeros copos de una nueva nevada.
El bullicio del Golden Lion parecía una burbuja aparte del mundo, cálida y luminosa, pero el mink sabía que no podía quedarse mucho más. Si lo descubrían borracho, los oficiales no serían indulgentes. Apurando su jarra, se levantó despacio y recogió su capa.
“¿Ya te vas?” preguntó Joss, sin levantar mucho la cabeza de la mesa.
“Sí. Mañana tengo turno de guardia al amanecer.” respondió Kibai.
Fillo se estiró sobre el culo del vaso en el que había estado sentado.
“¿Seguro? ¡La noche es joven!”
El mink esbozó una sonrisa cansada.
"Vosotros seguid, pero no hagáis que tengamos que venir a sacaros de aquí por la mañana.”
Los dos lo despidieron con un gesto perezoso mientras el Kibai recogía su capa, palmeaba la espalda de Rolf y Jeren y cruzaba el local hacia la salida. Varias personas lo saludaron o lo felicitaron al pasar; algunos incluso levantaron las jarras hacia él. Kibai correspondió con una inclinación leve de cabeza, agradecido, antes de empujar la puerta principal.
El aire frío lo golpeó de inmediato. La música quedó atrás, amortiguada por la madera y la nieve. Las calles estaban casi vacías a esas horas, salvo por algún borracho que cantaba en la distancia. El mink ajustó el abrigo y emprendió el camino hacia la base, con la nieve recíen caída crujiendo bajo sus botas. Por un momento, levantó la mirada al cielo: entre las nubes, las estrellas brillaban sobre el puerto. Su mente voló rauda muy lejos, hacia Zou, hacia las noches en las que los jóvenes minks competían en carreras bajo la luna. Ahora, mientras caminaba por las calles silenciosas de Pushkin, se dio cuenta de que, pese a estar lejos de su hogar, ya no se sentía un extraño. Había reído con humanos, compartido sake con un tontatta, corrido entre tejados y montañas como si aquel lugar también le perteneciera un poco.
"Quizás" pensó "esto no esté tan mal. Maldita sea, voy a echarlos de menos cuando partamos de la base..." Si lo que el sargento Redgrave le había dicho era cierto, no le quedaba mucho tiempo en aquel frío, pero a su manera acogedor rincón del mundo.
Poco después, las murallas de la base naval aparecieron ante él, cubiertas de una fina capa de escarcha. Dos faroles iluminaban la puerta principal, donde uno de los dos oficiales de guardia, un hombre de rostro adusto que se erguía embozado firmemente en su capa para protegerse del frío, lo observó acercarse.
“¿Y bien?” dijo el guardia cuando el mink llegó ante él. “¿Te parecen horas decentes para volver al cuartel, recluta?”
Kibai se detuvo, enderezando la espalda.
"Disculpe señor. He participado hoy en la carrera anual dle Fin de la Cosecha. Me temo que me he retrasado un poco"
El oficial entrecerró los ojos, evaluando el tono sereno del mink.
“¿La carrera, eh? Me dijeron que casi haces rodar una taberna entera.”
Kibai parpadeó unas cuantas veces. Juraría no haber visto a ningún superior en el Golden Lion, pero tampoco había estado atento a los tres pisos del local
“Exageraciones, señor. La taberna ya rodaba por sí sola.”
Por un instante, el silencio se mantuvo. Luego, el oficial bufó y apartó la mirada.
“Entra antes de que cambie de opinión. Y procura que mañana tu uniforme no huela ni por asomo a sake, o limpiarás letrinas un mes.”
Kibai le dio las gracias al oficial, hizo un saludo breve y cruzó la puerta. Dentro, el cuartel estaba casi en penumbra cosa que para él era perfecta, ya que veía igual que si fuese pleno día. Recorrió silenciosamente el patio, acompañado solo el sonido del viento se colaba entre las rendijas. Cuando consigió llegar a su habitación y se tumbó en el catre, el cuerpo le pesaba, pero la mente seguía despierta. A través de la ventana, veía cómo la nieve seguía cayendo sobre Pushkin, cubriendo la ciudad poco a poco en un manto de calma.
Cruzando los brzos detrás de la nuca, Kibai cerró los ojos, y antes de quedarse dormido, una última imagen cruzó su mente: la de Joss y Fillo riendo junto al fuego del Golden Lion, levantando la botella vacía que había sobrevivido a la montaña.
"Quizás pueda volver en alguna ocasión" se dijo. "Y esta vez, pienso llegar hasta la cima."
“¡Y entonces le gritaste que volviese al mar! ¡Ja! Tendrías que haber visto su cara, parecía una sardina furiosa.”
Joss soltó una carcajada.
“¡EH, no necesitaba empujarlo! Él se cayó por su propio peso, ¡yo solo le señalé el camino!”
Kibai caminaba detrás de ambos, con las manos metidas en los bolsillos y una ligera sonrisa en el rostro. La escena le resultaba familiar de algún modo; aquel tono entre camaradas, las bromas tras un esfuerzo compartido... Durante un instante recordó a los jóvenes de su generación, riendo igual después de alguna travesura nocturna en los bosques de Zou.
"Lo cierto es que casi ganamos... bueno que casi gano, ya que habría llegado primero"
"Si claro, sigue soñando, Marine!" exclamó Joss. "Habría ganado yo, claramente."
"En lo único que has ganado es en beber más de la botella que debías proteger" respondió Fillo entre carcajadas.
Los tres rieron al unísono, y así continuaron bajando hasta que sus pies caminaron por las calles adoquinadas de Pushkin. La ciudad bullía de vida, y desde las ventanas abiertas se escapaban risas, humo y olor a comida. El aire estaba lleno del eco de campanas y música: la celebración de la cosecha estaba en su punto álgido.
Cuando doblaron la esquina y el letrero dorado del Golden Lion apareció balanceándose al viento, Joss se detuvo solemnemente ante la puerta.
“Bueno,” dijo adoptando un gesto teatral, “nuestro altar nos espera.”
Empujó las puertas con ambas manos, y el sonido que los recibió fue ensordecedor. El Golden Lion estaba a reventar. Los tres pisos estaban llenos de gente: marineros, campesinos, soldados, músicos, incluso algunos comerciantes bien vestidos que habían abandonado por una noche la compostura. El aire olía a sake, sudor y comida caliente. En el centro, la banda tocaba una melodía frenética mientras varias parejas giraban torpemente entre carcajadas.
Nada más entrar, una ola de gritos los envolvió. Un grupo de reclutas de a base, liderados por ROlf y Jeren, los compañeros de Kibai se les echaron encima de inmediato, agitando sus jarras en alto.
“¡Eh, mirad quiénes han vuelto!”
“¡Pensábamos que os había tragado la montaña!”
"¡Traed al pequeñajo también! Ese Tontatta es la bomba”
Fillo alzó la mano desde el hombro Kibai, saludando con una sonrisa enorme y estrechando dedos con sus dos manos.
"Creo que te acabas de hacer famoso..." Le susurró el mink, tratando de contener la risa.
La multitud se abrió lo justo para que pudieran avanzar hasta una mesa en la galería inferior, donde alguien ya había pedido jarras rebosantes. Antes de que se sentaran, un marinero con un gorro de lana roja larga barba gris los interceptó.
“¡Otros corredores dicen que vosotros sois los que hicisteis rodar al gyojin montaña abajo! ¡Tendríais que haber visto su cara cuando volvió a la ciudad, parecía una ballena mareada!”
Joss, que en ese momento hacía equilibrios para repartir las jarras de la mesa, casi dejó caer toda la bebida de la risa.
“¿De verdad volvió? Pensé que se habría enterrado en la nieve.”
“Volvió, sí,” dijo el hombre, alzando su jarra. “Y juró que el año que viene va a traeros a todos como trofeo. ¡Brindo por eso!”
Las jarras entrechocaron. El sake era dulce, fuerte, y corría fácil garganta abajo. Al poco rato, los tres ya estaban contando historias exageradas de la carrera. Joss hacía gestos amplios, jurando que había saltado “un abismo de cinco metros”, mientras Fillo asentía con la solemnidad de un testigo. Kibai, más reservado, solo intervenía para corregir con calma los detalles más fantasiosos.
“Serían tres metros, a lo sumo, y solo porque tenías a ese gigantón detrás y el miedo te dio alas.”
"Bah, detalles técnicos..."
En un rincón cercano, un grupo de músicos improvisaba con flautas y tambores, y pronto la multitud comenzó a aplaudir al ritmo. Jeren y Rolf, ya colorados por el alcohol, se levantaron tambaleantes.
“¡Vamos, Kibai! ¡Es tu turno de bailar!”
“Paso,” respondió el mink sin moverse.
“¡Vamos, que no muerde!” insistió Fillo, tirándole del mechón de la oreja.
“¡Yo sí que te voy a morder a ti!” gruñó Kibai, enseñando los colmillos entre las risas del grupo.
Pero ya era tarde. Entre risas, Jeren y Rolf lo empujaron hacia la pista, llevándolo a girar con torpeza entre ellos. Kibai trató de mantener el equilibrio, pero resbaló un poco, y terminó chocando contra una pareja que también bailaba al ritmo de la música. La jarra del hombre voló por los aires, cayendo justo sobre la cabeza de otro cliente, que reaccionó con una exclamación furiosa. Un segundo después, un chorro de cerveza surcó el aire y alcanzó a Fillo, que había bajado al suelo para escapar del alboroto. El tontatta, soltando un bufido, le lanzó una jarra entera al responsable. En cuestión de segundos, el Golden Lion se convirtió en un pequeño campo de batalla de espuma y ruido de jarras rotas. Los camareros intentaban restablecer el orden mientras los músicos, en lugar de detenerse, aceleraban el ritmo para acompañar la escena.
Cuando por fin las cosas se calmaron ante la amenaza del dueño del local de avisar a la guardia (amenaza ignorada) y de no servir más sake a nadie (amenaza my tenida en cuenta), Kibai volvió a su asiento con unas cuantas manchas de sake en la camisa y una expresión de resignación.
“Supongo que eso cuenta como bailar,” dijo Joss, dándole una palmada en el hombro.
“Repite eso, y te lanzo por la ventana,” respondió el mink, aunque sin tono real de amenaza.
El ambiente fue volviéndose más relajado a medida que la noche avanzaba. Fillo se subió sobre la barra y comenzó a contar chistes a todos los que lo rodeaban, que estallaban en carcajadas cada vez más sonoras, y Joss, con la mirada algo vidriosa, intentaba seguirle el ritmo bebiendo más de la cuenta. Kibai, en cambio, bebía con calma. Había aprendido en el cuartel que un poco de sake ayudaba a calentar el cuerpo, pero demasiado solo nublaba los reflejos. En un momento, miró hacia las ventanas empañadas y vio caer los primeros copos de una nueva nevada.
El bullicio del Golden Lion parecía una burbuja aparte del mundo, cálida y luminosa, pero el mink sabía que no podía quedarse mucho más. Si lo descubrían borracho, los oficiales no serían indulgentes. Apurando su jarra, se levantó despacio y recogió su capa.
“¿Ya te vas?” preguntó Joss, sin levantar mucho la cabeza de la mesa.
“Sí. Mañana tengo turno de guardia al amanecer.” respondió Kibai.
Fillo se estiró sobre el culo del vaso en el que había estado sentado.
“¿Seguro? ¡La noche es joven!”
El mink esbozó una sonrisa cansada.
"Vosotros seguid, pero no hagáis que tengamos que venir a sacaros de aquí por la mañana.”
Los dos lo despidieron con un gesto perezoso mientras el Kibai recogía su capa, palmeaba la espalda de Rolf y Jeren y cruzaba el local hacia la salida. Varias personas lo saludaron o lo felicitaron al pasar; algunos incluso levantaron las jarras hacia él. Kibai correspondió con una inclinación leve de cabeza, agradecido, antes de empujar la puerta principal.
El aire frío lo golpeó de inmediato. La música quedó atrás, amortiguada por la madera y la nieve. Las calles estaban casi vacías a esas horas, salvo por algún borracho que cantaba en la distancia. El mink ajustó el abrigo y emprendió el camino hacia la base, con la nieve recíen caída crujiendo bajo sus botas. Por un momento, levantó la mirada al cielo: entre las nubes, las estrellas brillaban sobre el puerto. Su mente voló rauda muy lejos, hacia Zou, hacia las noches en las que los jóvenes minks competían en carreras bajo la luna. Ahora, mientras caminaba por las calles silenciosas de Pushkin, se dio cuenta de que, pese a estar lejos de su hogar, ya no se sentía un extraño. Había reído con humanos, compartido sake con un tontatta, corrido entre tejados y montañas como si aquel lugar también le perteneciera un poco.
"Quizás" pensó "esto no esté tan mal. Maldita sea, voy a echarlos de menos cuando partamos de la base..." Si lo que el sargento Redgrave le había dicho era cierto, no le quedaba mucho tiempo en aquel frío, pero a su manera acogedor rincón del mundo.
Poco después, las murallas de la base naval aparecieron ante él, cubiertas de una fina capa de escarcha. Dos faroles iluminaban la puerta principal, donde uno de los dos oficiales de guardia, un hombre de rostro adusto que se erguía embozado firmemente en su capa para protegerse del frío, lo observó acercarse.
“¿Y bien?” dijo el guardia cuando el mink llegó ante él. “¿Te parecen horas decentes para volver al cuartel, recluta?”
Kibai se detuvo, enderezando la espalda.
"Disculpe señor. He participado hoy en la carrera anual dle Fin de la Cosecha. Me temo que me he retrasado un poco"
El oficial entrecerró los ojos, evaluando el tono sereno del mink.
“¿La carrera, eh? Me dijeron que casi haces rodar una taberna entera.”
Kibai parpadeó unas cuantas veces. Juraría no haber visto a ningún superior en el Golden Lion, pero tampoco había estado atento a los tres pisos del local
“Exageraciones, señor. La taberna ya rodaba por sí sola.”
Por un instante, el silencio se mantuvo. Luego, el oficial bufó y apartó la mirada.
“Entra antes de que cambie de opinión. Y procura que mañana tu uniforme no huela ni por asomo a sake, o limpiarás letrinas un mes.”
Kibai le dio las gracias al oficial, hizo un saludo breve y cruzó la puerta. Dentro, el cuartel estaba casi en penumbra cosa que para él era perfecta, ya que veía igual que si fuese pleno día. Recorrió silenciosamente el patio, acompañado solo el sonido del viento se colaba entre las rendijas. Cuando consigió llegar a su habitación y se tumbó en el catre, el cuerpo le pesaba, pero la mente seguía despierta. A través de la ventana, veía cómo la nieve seguía cayendo sobre Pushkin, cubriendo la ciudad poco a poco en un manto de calma.
Cruzando los brzos detrás de la nuca, Kibai cerró los ojos, y antes de quedarse dormido, una última imagen cruzó su mente: la de Joss y Fillo riendo junto al fuego del Golden Lion, levantando la botella vacía que había sobrevivido a la montaña.
"Quizás pueda volver en alguna ocasión" se dijo. "Y esta vez, pienso llegar hasta la cima."
